Las dos orillas | Arquitectura hostil
El diseño de la exclusión en el corazón de las ciudades
Por Armando Carrieri Hernández

19/07/2026.- Soy un paseante. Disfruto las caminatas pausadas en los espacios públicos, donde el tiempo parece dilatarse. Una especie de placer por la contemplación urbana y el ocio creativo me acompaña en esos tránsitos a pie por calles y aceras que, aunque a veces resultan caóticas, guardan la esencia de la vida colectiva. Cuando el cansancio pega, encuentro el mejor pretexto para parar y entablar conversación con otras personas que deambulan por la ciudad o que viven de ella en diversos puntos del caos.
Así conocí esta semana al zapatero que trabaja en la esquina noreste de la plaza El Venezolano. A él tampoco le gusta esa escultura telescópica que llama "obelisco" y a la que yo, bajo una mirada más crítica, le tengo otro nombre.
Ya en un artículo anterior hablé de la ciudad como palimpsesto: un lugar donde las capas de historia se superponen, pero donde también, lamentablemente, las huellas de la exclusión resaltan con mayor nitidez.
Sin embargo, resulta que los espacios destinados al descanso están disminuyendo y, cuando los hay, suelen evidenciar una intencionalidad insana en su diseño. Uno pasa sus rabias en ese deambular y si no fuera por los soliloquios, sería un transeúnte silente que se va comiendo las vísceras mientras recibe la agresión constante de lo que hoy conocemos como arquitectura hostil.
En el debate contemporáneo sobre el espacio público, la arquitectura dejó de ser un servicio orientado a la convivencia para transformarse en un instrumento silencioso de segregación. La proliferación de estos elementos físicos, diseñados específicamente para disuadir comportamientos "indeseables", nos obliga a preguntarnos cómo estamos construyendo nuestras ciudades: ¿son de verdad para el encuentro humano o se han convertido en máquinas de control y exclusión para los más vulnerables? Desde una perspectiva sociológica, estas intervenciones no son meros errores de planificación; son estrategias deliberadas de control socioespacial, como las que el sociólogo Robert Rosenberger denomina "objetos insensibles". Estos dispositivos, pensados para agredir a las poblaciones sin hogar, transforman el mobiliario urbano en una barrera física que prioriza la estética estéril y la seguridad de la propiedad privada por encima del derecho humano fundamental a habitar la ciudad.

Mirar la ciudad con otros ojos
En medio de una urbe que nos exige rapidez, inmediatez y productividad, surge la figura del flâneur: ese caminante que recorre las calles sin prisas ni destino, movido nada más por la curiosidad. Aunque la palabra tiene raíces antiguas que solían asociarla con la vagancia, escritores como Charles Baudelaire la transformaron en una forma de arte en sus pequeños poemas en prosa. Para él, este personaje es un "espectador apasionado" que encuentra belleza en lo cotidiano, en el ir y venir de la gente y en el ritmo cardíaco de las avenidas.

Más tarde, Walter Benjamin, en sus agudas reflexiones sobre las ciudades europeas, vio en este personaje a un investigador urbano que, al caminar sin la intención de comprar o producir, nos regala un acto puro de resistencia frente a la lógica del consumo masivo. En esencia, ser un flâneur hoy es una invitación a disfrutar del presente, observando la comedia humana con una mente abierta y el deseo de descubrir la magia oculta en los rincones olvidados de nuestra ciudad. Es, en última instancia, un ejercicio de soberanía sobre el propio tiempo.
La geometría del rechazo en nuestras plazas
¿Cuándo fue la última vez que miraste un banco en una plaza de Caracas y en verdad pudiste sentarte a descansar en él? Si la respuesta te tomó tiempo es porque, quizás, ese asiento estaba lleno de protuberancias metálicas o tenía una inclinación diseñada para que cualquier intento de reposo fuese un acto de equilibrio imposible. No es una casualidad descuidada; es una decisión política grabada justo en el concreto.
En las calles que recorremos a diario, el mobiliario urbano dejó de ser una cortesía para transformarse en un mecanismo de expulsión. Los pinchos en los alféizares de las ventanas, las estructuras cortantes bajo los puentes y los bancos rígidamente divididos son evidencias físicas de que el espacio público ya no es para todos. Si no eres un sujeto que consume o que circula rápido, tu presencia se convierte en una molestia que las autoridades y los comercios intentan erradicar con violencia pasiva.
La frialdad del concreto y la crisis de empatía
Esta hostilidad en el diseño responde a una profunda crisis de empatía, propia del capitalismo tardío. Cuando instalamos un bloque de cemento con púas en el rincón donde alguien solía esperar que escampara un aguacero, no estamos "limpiando" o sanitizando la ciudad —como les gusta decir a los expertos de oficina—, sino borrando la humanidad del otro. Es una violencia silenciosa que terminamos normalizando porque estamos demasiado ocupados en esquivar el tráfico o resolver el día a día como para cuestionar la agresividad de las aceras. La ciudad moderna ha preferido el diseño como arma de castigo, un ejercicio de poder donde los planificadores prefieren gastar recursos en estructuras que impiden la estancia, en lugar de invertir en refugios o espacios dignos de integración real.

La tecnificación del control y la anatomía de la fragmentación
El fenómeno se ha sofisticado a nivel global. Hoy se utilizan simulaciones avanzadas y estudios de flujos peatonales para optimizar la capacidad disuasoria del mobiliario urbano, logrando que el rechazo pase casi desapercibido bajo un manto de modernidad. El verdadero desafío para los diseñadores radica en ocultar su naturaleza excluyente bajo una estética contemporánea, y así facilitar su aceptación social.
En Caracas, esta fragmentación se manifiesta con violencia física en el eje Petare-La Urbina, donde la autopista Gran Cacique Guaicaipuro (antigua Francisco Fajardo) actúa como una cicatriz impermeable. Petare representa un tejido vivo de autoconstrucción, mientras que La Urbina encarna la planificación formal. Esta segregación, descrita por Teresa Pires do Rio Caldeira como "la ciudad de muros", construye un imaginario de desconexión social que normaliza la desigualdad.
Hacia un urbanismo humano
Estamos construyendo un entorno donde la desconfianza es el material principal. Si la arquitectura nos prohíbe habitar la calle, nos quita la posibilidad de hacer barrio. Para revertir esto, necesitamos un urbanismo táctico que transforme los espacios residuales en núcleos de convivencia, inspirándonos en modelos como el de San Agustín o las experiencias regionales de Medellín y Río de Janeiro.
La verdadera seguridad no nace del concreto afilado, sino de la cohesión social. Es momento de abandonar la arquitectura defensiva y abrazar un diseño humano, donde recuperemos la calle como un espacio de refugio, dignidad y encuentro.
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