Desde las entrañas de Catia: La solidaridad como primer escudo
El dolor en los sectores La Casilla, Las Palmas y el Pasaje 17 tras el doble terremoto
En el barrio Isaías Medina Angarita, el doblete sísmico causó daños en estructuras residenciales.
03/07/26.- En el laberinto de cemento y laderas que conforma el barrio Isaías Medina Angarita de Catia, al oeste de la capital, el tiempo se detuvo el pasado miércoles 24 de junio. El demoledor doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudió a Venezuela no fue solo un rugido de la naturaleza; para los habitantes del sector La Casilla, la calle Las Palmas y el Pasaje 17, se convirtió en el día en que sus hogares colapsaron ante sus ojos.
El estruendo que sorprendió a Caracas no vino acompañado del cierre de un atardecer, sino de una nube de polvo que tiñó de gris el cielo de la mencionada localidad, donde se sintió como una fuerza implacable que retó la gravedad de las zonas de alto riesgo.
Bramido subterráneo que llegó con el final de la tarde
Eran pasadas las 6:00 p. m. de ese día miércoles. En las empinadas calles del sector La Casilla, la rutina se quebró con un bramido subterráneo. No fue un temblor común; fueron dos sacudidas brutales con apenas 39 segundos de diferencia. “¡Salgan por la ventana!” gritaban los vecinos en medio de la densa nube de polvo gris que asfixiaba el pasaje. Al disiparse la polvareda, el panorama en La Casilla era desgarrador. La estructura de cuatro pisos se había reducido a uno.
“En el momento que ocurrió el temblor, yo estaba con mi esposo, mis hijos y mi hija. Cuando estábamos allí, nunca nos dimos cuenta de que la casa había cedido hasta que nos asomamos y estaban los vecinos diciendo que saliéramos por la ventana. No tenía conocimiento de que la casa cedió; yo decía: Si nos están diciendo que salgamos al lado de la ventana, ¿cómo si estamos en un tercer piso?, pero cuando me asomé, obviamente ya no era tercer piso, sino el primero. Sacaron a los niños, luego nos sacaron a nosotros. Mi suegra estuvo tapiada durante tres horas en los escombros; gracias a la colaboración de los vecinos, la pudieron sacar”, relató Mayra González, con una mirada de tristeza tras las ruinas de lo que fue su vivienda.
El sector "La Casilla" quedó marcado por el colapso estructural.
El desplome de una vida entera
En el sector Las Palmas, una modesta vivienda multifamiliar de cinco niveles desafiaba la gravedad de la colina. Treinta y nueve segundos bastaron para que, con un desplome, tres de sus pisos se hundieran por completo en la tierra, compactando los recuerdos de toda una vida en un amasijo de bloques, cabillas y polvo. Bajo esos escombros se apagó la existencia de Gisela y William Mora, ambos de 62 años. Eran dos abuelos de la tercera edad que no lograron salir a tiempo cuando las placas tectónicas decidieron crujir.
“Tuvimos dos pérdidas familiares: una casa de cinco pisos, uno de mis cuñados, una de mis cuñadas, 62 años cada uno. Gracias a Dios hemos tenido ayuda de Protección Civil, policías, bomberos, guardias nacionales; yo por lo menos tuve la dicha de salir, hubo rescates, pero bueno, aquí estamos y lo importante es la vida", relató con la voz entrecortada Yamilet Chávez, familiar de las víctimas, mientras contemplaba el vacío donde antes se erigía su hogar. El luto corre por las veredas de Catia en silencio, roto únicamente por el martilleo manual de los vecinos.
El desplome de una vivienda multifamiliar en "Las Palmas" cobró la vida de dos personas.
El drama del Pasaje 17: Dormir junto a la puerta
Más adelante, en el pasaje 17, el peligro no ha pasado. Dos icónicos edificios de la comunidad, conocidos popularmente como el "Edificio Rojo" y el "Edificio Azul", crujen con cada una de las más de 300 réplicas que azotan la región capital. Al menos 40 familias se encuentran en una situación de vulnerabilidad extrema.
“En esta ocasión queremos dar a entender que hay personas que tienen muchísima necesidad más que nosotros; están muy abocados en ciertos sitios, están muy abocados en La Guaira. Sí, lo entendemos, también necesitamos ayuda, que nos digan qué se va a hacer con este edificio. Lo único que dicen es que no se puede entrar, pero hay personas que tenemos pertenencias allí. Yo no he podido sacar nada de mi apartamento, la mayoría de las cosas están allá arriba, hay mucha gente que tiene sus pertenencias allí. Todos estamos pasando por una tragedia, porque la mayoría aquí estamos en la calle. En este preciso momento, si nosotros no tuviéramos a un vecino, a un familiar, a un tío... estamos quedándonos en la misma zona, pero en zona de calle”, comenta angustiada Nelly Varela, vecina del Edificio Rojo.
Los habitantes de esta estructura tuvieron que evacuar de emergencia y ahora duermen en las aceras o refugiados en salas de familiares, y quienes residen en el Edificio Azul describen un terror perenne, "sentimos que esto se mueve a cada rato". En las plantas bajas, las familias han arrastrado sus colchones hasta la entrada principal. Dormimos aquí pegaditos a la puerta porque, ante cualquier corrientazo de la tierra, tenemos que saltar a la calle.
Al menos 40 familias se encuentran en una situación de vulnerabilidad en el "Pasaje 17".
Solidaridad comunitaria
A falta de maquinaria pesada, el barrio Isaías Medina Angarita activó su propio motor: la solidaridad comunitaria. Decenas de jóvenes y vecinos organizados se han convertido en rescatistas improvisados, removiendo pedazos de concreto con sus propias manos para despejar la zona afectada.
Los mismos habitantes han improvisado centros de acopio comunitarios, recolectando ropa, alimentos y agua no solo para las 40 familias desplazadas, sino para los voluntarios que levantan paredes y escarban entre el concreto.
El barrio se sostiene a sí mismo. Las historias de resiliencia se multiplican, desde el vecino que presta su teléfono para avisar que está vivo, hasta las cuadrillas informales que organizan demoliciones controladas para evitar que el peso de una estructura termine aplastando la casa vecina.
Las marcas del sismo en este populoso sector del oeste caraqueño se suman a la larga memoria sísmica del país. En el barrio, el riesgo constante y el trabajo voluntario han dejado claro que, incluso en las peores tragedias, la red de apoyo vecinal es la verdadera salvaguarda de la comunidad.
Un clamor que sube el cerro
A pesar de las evaluaciones preliminares de algunos ingenieros independientes, la comunidad del barrio Isaías Medina Angarita pide en clamor la colaboración para la demolición de viviendas que pueden llegar a ceder y ocasionar la afectación de más familias, lo que puede provocar un mayor número de damnificados. A este lamento se une la solicitud del envío de camiones y maquinaria para la recolección de escombros, a través de la presencia urgente de comisiones oficiales de Protección Civil y de la Alcaldía de Caracas. También necesitan dictámenes técnicos definitivos: saber si sus hogares serán demolidos, si hay un plan de reubicación inmediata o si recibirán subsidios para reconstruir lo que las fallas de San Sebastián o la de Boconó les arrebataron en un pestañeo.
“Estamos esperando una ayuda, de verdad de todo corazón se lo decimos, vivimos un momento muy desesperante, eso fue horrible, lo peor que he vivido en mi vida, conseguirme atrapada. Mi apartamento quedó totalmente inservible, todo se me dañó; por favor, vengan y nos presten esa ayuda que estamos necesitando”, solicitó Elba Gonzales, una de las damnificadas del sector.
La topografía y el tipo de construcción informal en los barrios de Caracas representan un reto enorme ante desastres naturales. En el Isaías Medina Angarita, muchas de las viviendas han sido levantadas progresivamente sin estudios de suelo o permisos de construcción adecuados.
EFRAÍN SEQUERA / FOTOGRAFÍA: AMÉRICO MORILLO / CIUDAD CCS
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