Caracas, 01 de julio 2026
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Historia viva | Lo que nos queda por hacer

Por Aldemaro Barrios Romero

01/07/2026.- Pasado el desastre del terremoto del 24 de junio de 2026, nos queda resistir el dolor por la pérdida de los compatriotas que no sobrevivieron, y a los que quedamos, continuar y seguir el camino de reconstrucción y moralización, transitando firmes sobre esta prueba que nos colocó la naturaleza. Interpretaciones engañosas repican afuera y adentro como retumba desde el pasado; nos confronta con la avalancha de descalificaciones que la derecha perversa ha rodado en las redes; no lo mencionaré porque es demasiada perfidia en medio de tanta tristeza.

Viene a la memoria una frase atribuida al Libertador: “Si se opone la naturaleza a nuestros designios, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca…”, en el terremoto de 1812. Al parecer, tenía el sello malévolo del periodista realista José Domingo Díaz, director de la Gaceta de Caracas y editor de Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, publicado en 1839, quien desde entonces conspiraba contra los patriotas; se hizo experto en manipulación y forja de documentos para engañar al público y descalificar a los patriotas sobre los sucesos trágicos de la guerra de Independencia.

Nos queda evaluar y diagnosticar este doloroso aprendizaje, pero sobre todo valorar las muestras de una solidaridad inconmensurable que el pueblo venezolano manifestó en toda su dimensión humana y en medio de severas medidas coercitivas y amenazas imperialistas que llevan más de una década de asedio financiero y que ha sido enfrentada con dignidad, una agresión militar el 3 de enero de 2026 y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama.

Esta solidaridad se expresó en los miles de voluntarios rescatistas nacionales y extranjeros que, de manera organizada, se constituyeron en la cadena de mando del Estado Mayor de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, a la que se dispuso cada legación de especialistas en tratamiento de desastres y calamidades catastróficas. Vale recordar las antiguas palabras bíblicas: "Procuren la paz de la ciudad a la que permití que fueran llevados. Rueguen al Señor por ella, porque si ella tiene paz, también tendrán paz ustedes”.

En momentos como estos, la serenidad y la racionalidad deben imponerse tanto en el plano individual como colectivo. El despliegue de la fatalidad y la tragedia se ha hiperviralizado por cuanto las emociones saltan en una suerte de competencia morbosa digital, que debe ser contenida por la capacidad de cada quien para controlar la emocionalidad extrema que nos permita pensar cómo cada uno de nosotros es útil desde cada trinchera para dar el siguiente paso hacia la recuperación del sentido común. Así como fuimos víctimas de un designio de la naturaleza, también debemos estar conscientes de no caer en el devorador digital del amarillismo morboso.

Lo que sacudió la tierra venezolana con un terremoto de 7.5 en calidad de ruinoso, ha sido soportado por la entereza de un pueblo, un Estado y una sociedad estructurada en comunas, que observamos desde el todo; a pesar de tener debilidades de insumos médicos y técnicos por el bloqueo, como la importación de repuestos para maquinaria pesada, vimos cómo desde el oriente, en la zona de influencia petrolera, centenares de retroexcavadoras recién llegadas desde China se dirigían a la zona de desastres; desde todos los rincones del país, comunidades organizadas se dispusieron a recolectar insumos de primera necesidad para socorrer a los sobrevivientes.

Lo que nos queda por hacer ya se está haciendo. La fuerza de un Dios y la entereza de los principios de fe y la ética de solidaridad nos dan la fortaleza para seguir el Plan Simón Bolívar, que es nuestro mayor orientador hacia un mañana que deberá ser de felicidad, seguridad social y estabilidad política. Mantengamos el rumbo.