Psicosoma | Volcánicas repeticiones
Por Rosa Anca
30/06/2026.- Al llegar por primera vez a Venezuela, al aeropuerto internacional de Maiquetía, en Catia La Mar, la palabra "Guaira" me atrapó en cuanto la oí. En quechua significa "vientos" o "la diosa del viento", y precisamente ese día había ráfagas que casi me lanzaban al piso. Yo era una chica de apenas cuarenta kilos que se abrazaba de unos pilotes mientras las olas del mar Caribe azotaban las rocas y las explanadas. En las calles, el calor era irresistible, pero el viento me alentaba como siempre. Me imaginaba volando sobre las terrazas y montañas de Picure. Era un sueño ver el mar Caribe desde la comunidad de Vista al Mar, de Arrecifes, pero evitaba girar la cabeza para no tener que encontrarme con la imponente termoeléctrica y sus característicos colores y rugidos.
Al principio, vivíamos en la quebrada La Iguana, frente al Castillo de Tacoa, al lado de esa planta termoeléctrica. Evitaba mirar las tres chimeneas gemelas pintadas de rojo y blanco, pero, a pesar del miedo, iba con regularidad a la playa. Hice muchas amistades con pescadores, comerciantes y maquinistas de lanchas y barcos. El fútbol era mi gran pasión, junto con la atención y esparcimiento que le brindaba a mi niño, nacido en el hospital José María Vargas, y a mi hija mayor, nacida en el Clínico Universitario de Caracas. Para entonces, ya era estudiante de la Universidad Central de Venezuela y formaba parte de un grupo sureño que se armó en la UCV y convirtió La Parroquia en su patio de operaciones.
Surgen recuerdos y más recuerdos bajo el volcán. Para colmo, el 27 de junio es el día más caluroso en Costa Rica, con vientos fortísimos que me quieren derribar. Logro sostenerme de una baranda, en espera del pedido de un pollo a la brasa, y siento en esos vientos los broncos rugidos de las chimeneas, en esta noche de mil noches que trasladan mi mente a un país de guerras nucleares. En esos tiempos, era capaz de afirmar: "La escritura o la vida", una promesa juvenil a la larga incumplida y con todas sus secuelas, pero eso es historia para otro capítulo.
El instinto maternal me alejaba de esas playas contiguas a la planta. Preferíamos ir por la quebrada Wenke en busca del pez gato, de sus olas inmensas, las cuevas y las fogatas nocturnas danzando a nuestro alrededor. En el balneario de Picure había tanta gente como en Macuto.
Llegó el mes de la Navidad, con los arreglos del nacimiento, el arbolito, los regalos y las listas de la cena, pero entonces, ¡zuas!, estalló el volcán. Caían bolas de fuego. Me sentía en Hiroshima. Comenzó en la madrugada del 18 de diciembre de 1982, con la primera explosión de la termoeléctrica Ricardo Zuloaga, y, al día siguiente, otro estruendo nos arrancó de nuestra casa en Vista al Mar. Eran oleajes de vapores que hacían el cuerpo arder. Había calor, ruido, humo, fuego, gases, petróleo y hollín. Al grito de los bomberos, salimos cual bachacos bombardeados. En la avenida, fue imposible que mi esposo y mi hermano prendieran el carro, porque la turba se les abalanzaba con niños que gritaban que "el fuego viene de debajo de la tierra". El pánico, el terror y la urgencia por salvarse ponía a la gente en riesgo de que los atropelláramos. Recuerdo que mi hermano me levantó junto con mis hijos y nos movió rápidamente a la camioneta de un vecino. Partió a toda velocidad y nos dejó en la medicatura Gustavo H. Machado para que los atendieran.
El hospital estaba colapsado. Había niños con caritas inflamadas como globos, todos quemados. Mis hijos estaban envueltos en toallas húmedas, algo ardidos y llorando, mientras más gente entraba en condiciones dantescas. Comencé a correr con mis hijos en brazos; tenía que escapar del desastre y conseguir una cola hacia Caracas. Realmente no sé cómo llegué a Chacao, al Centro Perú, donde vivía mi tía, quien ya intentaba ubicarnos.
Hoy, al ver las imágenes aéreas del colapso catastrófico provocado por los dos terremotos del 24 de junio de 2026, recuerdo a la perfección la bahía en la costa. Hasta creo ver la casa que abandonamos por los deslaves de la tormenta Bret de 1993, y luego miro el hospital Vargas, las personas heridas y los campamentos médicos...
La solidaridad y la unión sin distingos políticos nos encuentran en estas circunstancias, aunque nunca faltan los agoreros y amarillistas, que buscan culpables con insólitas hipótesis como el robo de materiales en la fabricación de ladrillos, fallas estructurales o edificios sin mantenimiento.
Lo cierto es que zonas como esta son altamente vulnerables y por los efectos de la licuefacción del suelo, los sismos causan desastres. El suelo arenoso y húmedo pierde su consistencia y actúa como un líquido, lo que provoca el hundimiento o colapso de edificios enteros. Influye, además, la interacción de la placa del Caribe y la sudamericana.
¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Cuáles serán las políticas de reconstrucción psicoemocional y económica, a la vista del ojo imperial? La supuesta amistad y la cooperación gringa nunca han sido de gratis; nos han invadido en todos los espacios, bajo la marca del "modelo venezolano exitoso". Sin un solo disparo ni una gota de sangre, secuestraron al presidente y a toda Venezuela. Así, el King Trump desempolvó la maquiavélica frase "América para los americanos", aunque Asia les haya trancado el serrucho en el estrecho de Ormuz.
La adrenalina futbolera enajena los sentidos y los rituales o catarsis artísticas acarician los egos. Mientras tanto, los bombardeos y las guerras siguen de viento en popa. Han repotenciado la doctrina Monroe y el decreto de Obama, que en 2015 declaraba a Venezuela como una "amenaza inusual y extraordinaria" para la seguridad nacional estadounidense. Esto derivó en sanciones individuales a las que luego se sumaron los embargos comerciales y económicos. El 5 de agosto de 2019 se decretó el congelamiento total de todos los activos del gobierno venezolano en territorio estadounidense y se prohibió en forma explícita cualquier transacción comercial o financiera con el país.
Si no nos quebramos cuando secuestraron al presidente Maduro fue porque nos mantenemos con pies de plomo, carácter oriental y fortaleza mestiza. Pero ahora nos cae el equivalente a más de 260 bombas atómicas debido a la fuerza de dos terremotos de más de siete grados.
¿Saben qué? Manejemos las dudas, la curiosidad y la malicia; quizás luego salgamos en archivos desclasificados como los primeros sujetos de experimentación telúrica. Dentro de un siglo sabremos si esto fue como las guerras climáticas del HAARP usadas en Saigón, Vietnam o Lagos, hechos ya confirmados por los archivos desclasificados de la CIA.
He escuchado a científicos y geólogos hablar acerca del doblete sísmico, porque es algo muy raro. Además, lo que antes era la teoría del HAARP, ahora se comprueba con la manipulación de vibraciones, estudiada en la Universidad de Maranhão, en Brasil, en relación con los monzones, el calentamiento, las lluvias y los sismos.
Así pues, todo puede pasar, desde una cacería de brujas hasta creer que por ser la "hija predilecta" de Trump, estamos bien protegidos, pero no contaban con la astucia de un pueblo bravo y rebelde.
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