Vitrina de nimiedades | Ayudar(nos)
Por Rosa E.Pellegrino
28/06/2026.- Frente al asombro y la sorpresa, la primera reacción es sentirnos impulsados a la acción. Después de los aciagos segundos que cambiaron nuestro rumbo este 24 de junio —no sabemos aún si agradecer o no que fuera día feriado—, sentimos la urgencia de ser útiles. Es razonable: la naturaleza nos demuestra nuevamente que somos seres mínimos ante la fuerza de sus poderes. Luego de esta sacudida, solo queda pensar cómo podemos contribuir no solo en favor de quienes nos necesitan, sino de nosotros mismos.
En medio de la devastación, ¿quién no quiere tener la fuerza y el ingenio para levantar toneladas de escombros y permitirle a la vida respirar de nuevo? ¿Cómo no desear tener los recursos para poner nuevamente de pie edificios y casas? ¿Quién puede frenar el impulso de ir a brindarle ayuda a quien lucha por seguir vivo? ¿Es posible seguir adelante, aunque estemos enteros, sanos y salvos, cuando se tiene conciencia del sufrimiento de hermanos y hermanas? ¿Cómo hacer para evitar el choque entre un “Gracias a Dios” y un “Cómo lo permitiste”?
Quienes aún están de pie solo desean darle sentido a la nueva oportunidad que les brinda la vida. Casi nadie puede caminar por este mundo con el peso de pensar que no le tocaba esta vez. Sobrevivir debe tener un porqué, una razón, una justificación ante quienes se fueron trágicamente. Encontrar ese motivo atizará nuestras angustias por meses o años, mientras lidiamos con los nuevos traumas, como ese pito raro que sonó en miles de teléfonos y parecía un error de software mientras la sacudida estaba por llegar.
Ante las paradojas que se resumen en un terremoto, ayudar parece ser la única forma de darle sentido a este nuevo chance de seguir en este planeta, eso sí, sin cuestionar sus designios. Ese “Estoy vivo”, a nuestros ojos, no es gratuito, implica un sacrificio, dejar el pellejo por quien se aferra por volver a ver más amaneceres. Sobrevivir no es gratuito.
Socorrer es loable, pero también exige mesura y humildad. Implica aceptar que, por mucha voluntad que se tenga, eso no basta para levantar toneladas de escombros, permitirle a la vida respirar de nuevo, poner nuevamente de pie edificios y casas y anteponer un “Gracias a Dios” para fulminar un “Cómo lo permitiste”.
Cuando esta patria golpeada, la que vio caer bombas hace casi seis meses, la misma que tiene pruebas de nuestra resistencia ante amenazas y provocaciones, exige la máxima organización, nos toca reconocer cuáles son nuestros límites. Saber hasta dónde podemos actuar, cómo podemos ser útiles y en qué punto debemos dejarle la cancha libre a quienes saben. Eso también implica valorar el gesto sencillo: el “¿Estás bien?” que nos recuerda que estamos acompañados, el abrazo que contiene al angustiado, la comida que se comparte en el fragor de la reconstrucción.
Hoy, a horas de esa trampa de la naturaleza llamada “doblete sísmico”, nuestro poder está en sostenernos en lo mínimo, en el gesto simple, en la sencillez de la mera compañía. Socorrer no es solo voluntad: es saber cómo y dónde ser soporte. En medio del aturdimiento, las cosas sencillas suman para ayudar(nos).
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