Caracas, 21 de junio 2026
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Las dos orillas | El agua y el poder

La transformación urbana y geohistórica de Caracas


Por Armando Carrieri



Mucho antes que llegaran los españoles / mucho antes que llegaran blancos y negros / ya en América los indios dominaban las estrellas / ya en América los indios dominaban la belleza / y en las tardes puedo verlo reflejados en el cieloen el cielo / el cielo del tiempo

Evio Di Marzo Selva del tiempoCré Crédito: El Cojo Ilustrado.

21/06/2026.- Esta referencia me la hace mi pana Grillo, quien leyó el artículo anterior publicado en esta columna titulado: La plaza de las tres plazas. También de las conversaciones mediadas por las pantallas con mi buen amigo Igor “El Crucigrameitor” Collazos. Lo primero que debo decir es que esa imagen tradicional de Caracas, fundada bajo el orden idílico de una cuadrícula perfecta, trazada por la espada de Diego de Losada, es un mito que la ciencia ha comenzado a desmantelar. Una mirada transdisciplinaria, que combina la arqueología urbana, la geohistoria y la antropología, fue desarrollada por los profes Mario Sanoja e Iraida Vargas Arenas, quienes revisaron los cimientos de eso que llamamos nuestra identidad urbana. Este texto rescata los hallazgos de los profes en su libro, El agua y el poder: Caracas y la formación del estado colonial caraqueño (1567-1700), donde revelan que el origen de la capital fue, lejos de la idealización, una estrategia militar condicionada por la geografía y una lucha por el control del recurso más vital: el agua. 

El mito de la "planicie idílica" y la realidad geográfica

Históricamente, se ha difundido la idea de que Caracas ser conformó como una ciudad perfectamente diseñada en un valle plano. Lejos de eso, el relieve original del pie de monte caraqueño, en los siglos XVI y XVII, era una zona de imprevistas pendientes, cañadones profundos—montañas invertidas—  y suelos quebrados. Lejos de la planicie que recrean las acuarelas del siglo XVIII, Camille Pissarro junto a los fundadores debieron vencer un terreno que solo la ingeniería urbana, siglos más tarde, lograría "matizar" mediante rellenos masivos que llegaron a alcanzar los cuatro metros de espesor en algunos sectores. 

Este paisaje no era un lugar deshabitado, tampoco era una “tierra baldía”. Antes de la llegada de los castellanos, los grupos caribes (Toromaimas, Mariches, Teques y Caracas) y otras etnias ya habían establecido asentamientos estratégicos. Ni Francisco Fajardo ni Losada fundaron una ciudad en terreno estéril. Al contrario, se aprovecharon de los asentamientos indígenas preexistentes y su conocimiento ancestral sobre el manejo de la tierra y los cauces de agua. Posteriormente, la arqueología moderna demostró que el lugar no fue elegido por su belleza, sino por su capacidad de defensa natural y el acceso controlado a los nacientes de agua que bajaban, y aún bajan, del Waraira Repano. 

Crédito: Anton Goering.

La villa-campamento, una estrategia de guerra permanente

La Caracas de 1567 no fue concebida inicialmente como una ciudad administrativa, sino como una villa que tenía la función de campamento. La elección del lugar, en el eje de las actuales esquinas de Carmelitas, Santa Capilla y Veroes, no fue azarosa. Este sitio permitía controlar las entradas y salidas hacia el litoral y servía como una base militar elevada para la defensa de la constante resistencia de los pueblos caribes que controlaban las zonas bajas y el sur del valle. 

Crédito: Manuel Cabré. El Río Guaire. 1918

La "fundación" fue un proceso largo y complejo de lucha por el territorio. Sanoja y Vargas Arenas argumentan que el Cabildo de Caracas, núcleo del incipiente poder colonial, no solo reguló el uso del suelo, sino que asumió el control monopólico del agua. En un entorno donde el acceso a este recurso era escaso, quien controlaba los cauces —como el río Catuche y sus quebradas asociadas— controlaba, de hecho, la economía y la capacidad de producción de la comunidad. Esta dinámica convirtió al agua en la primera "mercancía" política de la ciudad, donde el acceso estaba determinado por el rango social y la cercanía al poder colonial. 

La ecología del miedo y la resistencia indígena

La construcción de la ciudad no ocurrió en el vacío social. Por décadas, los pueblos indígenas mantuvieron una resistencia tenaz contra el establecimiento de la villa. Esta "ecología del miedo" obligó a los colonizadores a concentrarse en núcleos habitacionales densos y protegidos, impidiendo una dispersión agrícola que habría sido natural en otras latitudes. La ciudad era, en esencia, una fortaleza amurallada por la propia orografía y la tensión política constante. Esta presión externa moldeó la forma de la arquitectura colonial: casas cerradas, patios interiores como refugios y una planificación que priorizaba el control visual sobre el entorno. 

El agua como moneda de poder y estatus

La verdadera encrucijada en la historia de la ciudad llega a finales del siglo XVII, cuando se pasa de un sistema de canales abiertos a la construcción de acueductos de calicanto. Este no fue un proyecto de bienestar general, sino una obra financiada por los "mantuanos" y la Iglesia para revalorizar sus propiedades y terrenos agrícolas. 

Al dominar el flujo de agua, la élite colonial caraqueña consolidó su estatus como grupo de poder territorial. El acceso privilegiado a este recurso permitió la expansión de plantaciones de cacao, café y caña de azúcar en sus áreas de su influencia en el valle caraqueño, sentando las bases económicas que llevarían, en 1811, a la proclamación del Estado nacional. El urbanismo fue, por tanto, una herramienta política para estructurar una sociedad profundamente desigual, donde las clases populares dependían de las "fuentes públicas" o las sobras de las propiedades privadas de los señores de la tierra. 

Fotografía de principios del sigloXX.

La herencia invisible bajo el asfalto

La importancia de la investigación de los profes Mario e Iraida radica en que cuestionan las visiones acartonadas de nuestra historia. Al reconocer que Caracas se formó sobre una red de quebradas que han sido embauladas y olvidadas, pero que siguen allí, bajo las calles de asfalto, los profes nos invitan como habitantes de la ciudad a observar su entorno con otros lentes. Cada vez que una zona de la ciudad se inunda o sufre problemas de infraestructura, estamos viendo el resultado de una lucha de siglos contra la geografía que los antiguos habitantes no pudieron —ni quisieron— dominar completamente. 

La herencia de este período no es solo un conjunto de fechas y nombres de conquistadores, sino un proceso de mutación geohistórica que ocurrió mucho más rápido de lo que pensamos comunmente. La rápida transformación del paisaje, la biodiversidad y los sistemas de consumo durante el siglo XVI dejaron huellas que aún perduran en nuestra forma de habitar la ciudad contemporánea. 

El urbanismo como campo de batalla

El agua y el poder son un recordatorio de que las ciudades no son entes inertes. Son el resultado de procesos de resistencia, negociación y conflicto por los recursos. Al estudiar el origen de Caracas, Sanoja y Vargas Arenas nos proveen de una herramienta significativa para comprender el poder actual: entender que detrás de cada trazado urbano, hay siempre un interés soterrado por controlar los flujos que hacen posible la vida. 

Hoy, cuando discutimos el derecho a la ciudad, el urbanismo insurgente y la soberanía tecnológica, estamos, en el fondo, repitiendo las mismas preguntas que se hicieron los fundadores de la villa: ¿Quién tiene derecho al agua?, ¿cómo se organiza el territorio para el beneficio común y no para la exclusión?, y ¿cómo podemos, desde una mirada crítica, recuperar la memoria del paisaje que el concreto ha intentado borrar?. Caracas no es solo un valle entre montañas; es un palimpsesto de luchas, donde el agua sigue siendo el hilo conductor de nuestra historia política.