Caracas 05, de Junio de 2026
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Aquí les cuento | El primer diyei (2)

Por Aquiles Silva


Los pueblos sueñan.

Cumbia, café.

El imperio decide.

Heavy metal, Coca-Cola.


05/06/2026.- Cuatro horas serían suficientes para revisar, minuciosamente, todas las tiendas, quincallas y baratillos existentes en la Barcelona en esos años. La casa fuerte permanecía en ruinas; su restauración no se había realizado. Al parecer, la actitud guerrera de Pedro María Freites intimidaba a los gobernantes, con aquella espada al vuelo, amenazando separarle la cabeza de los hombros al primero que se atreviese. Al otro extremo, Eulalia, aún con la pistola humeante apuntando al sur, indicando el rumbo a seguir en la defensa de la patria.

El vale Pedro caminaba. A él no le importaban la historia ni los héroes. Desconocía el sentido que tienen los símbolos patrios para quienes nos preocupábamos por la tierra que nos dio la vida.

Una iglesia, tal vez, le llamaría la atención, pero para encontrarla había que derivar hacia la plaza Boyacá, donde se encuentra la catedral de Barcelona. Ahí adentro permanecía una momia de un viejo guerrero español, convertida en amuleto por la tradición de los barceloneses para afianzar la dependencia espiritual de quienes adoptaron por la fuerza el catolicismo, blindado por mallas y morriones y transmitido, amorosamente, por el filo de la espada, la pólvora y los empalamientos.

—¡Entre, baisano!

Caminó en silencio por aquel almacén sin estanterías donde el colorido de los envases de plástico (toda una novedad para la época) atraía la atención de cualquier transeúnte.

En el mostrador, atendido por un musiú gordo con unos enormes bigotes en forma de cornamenta bufalina y una barba de un par de semanas, estaba un campesino bien vestido. Por el pelo'e guama, calado hasta las sienes y su bien afeitado rostro, se notaba que era un ganadero con recursos.

El musiú le mostraba la novedad. Le explicaba cómo funcionaba el aparato que tenía en sus manos.

Era un artefacto cuadrado que se separaba en dos partes. Una era la tapa que estaba cubierta por una tela porosa que dejaba ver, en el centro, la circunferencia de la sonora corneta. La otra era la base del motor. Visiblemente, el brazo del plato completaba aquella maravilla que reproducía el sonido de los discos de acetato. Además, la palanquita selectora indicaba las posiciones 33, 45 y 73 RPM (revoluciones por minuto).

En la parte inferior del aparato estaba el compartimiento de las baterías: dos surcos tubulares, con capacidad para tres pilas cada uno, el par de resortes y el polo positivo al extremo opuesto.

—¡Son seis tacos, baisano, y le recomiendo que sean de esas que llaman Rayobac, qui son muy buenas, baisano!

El vale Pedro observaba la operación que conduciría a la venta de aquel tocadiscos, marca Philips.

El vendedor le explicó cómo debía operarlo, además de entregarle el manual de uso, que en esa época venía en inglés solamente, pero cuyos dibujos facilitaban la comprensión de los procedimientos.

—¡Está garantizado, baisano! ¡Ya verá usted que pronto se harán colas grandes de gente comprando esos abaratos! ¡Yo traje nada más una docena y me quedan este que usted se lleva y uno más aquí, debajo del mostrador!

El comprador pagó los cuatrocientos que le costaba el aparato y salió a la calle con su paquete sonoro.

El vale Pedro se acercó al musiú. Le dijo, sin mediar regateo alguno:

—¡Yo quiero uno!

—¿Destos, baisano? ¡Claro, claro, baisano, y mire que queda uno solo! ¡De dos docenas que me enviaron la semana pasada, este es el único que queda!

Al vale Pedro no le interesaba el discurso del árabe. Estaba seguro de que la decisión era la correcta. Nada le apartaría de la elección que había tomado minutos antes.

Atrás había quedado la idea de rehacer el rebaño que tuviese el musiú Augusto, aquel diligente francés que fundara El Placer, y que, según los comentarios de los vecinos, un año le había bastado para hacerse rico.

Claro, los seiscientos bolívares de la venta del tabaco le alcanzaban para comprar dos novillas preñadas y recomenzar la hacienda.

Aún permanecían en pie algunas de las cercas y al corral le faltaban apenas unas pocas astillas de acapro, que en los años de su infancia había construido su padre con la fuerza de Manuel Ruiz, esposo de Eloísa, su hermana.

Ahí tendría el pie de cría. Con ello les demostraría a la Morocha y a sus hijas mayores que no era un vago ni un aventurero, que se pasó por la bragueta todo lo que el musiú Augusto había logrado edificar con su ingenio y trabajo constante.

La tentación era insostenible. Tenía ante sus ojos la maravilla y no la dejaría escapar. Además, pensaba: "El año que viene sembraré de nuevo tabaco; ya guardé suficiente semilla en una botella de vidrio, que es mejor que la tapara y la camaza, porque no le entran gorgojos".

Estaba decidido y en pocos momentos ya había realizado la compra.

—¡Venga, baisano, le explico cómo funciona! —le dijo el turco bigotón que le atendía.

El vale Pedro había observado en silencio la previa explicación recibida por el cliente anterior y le respondió al turco:

—¡No es menester!

En minutos salió del establecimiento con la maravilla que llenaría de música el bahareque de sus sueños campesinos.