Caracas 26, de Mayo de 2026
Image

Nada está escrito | Argenis Rodríguez, ese maldito yo

Por Jesús Ernesto Parra 

Un libro debe ser un peligro.

Emil Cioran

26/05/2026.- Hay escritores que conciben la página en blanco como un salón de espejos donde la sociedad se admira; algunos prefieren que esa lámina refractante los mire a sí mismos, pero están los que asumen la creación literaria como un paredón de fusilamiento. Argenis Rodríguez, ese fantasma genial, rabioso e insoportable de las letras venezolanas, pertenece sin duda a la última estirpe. Su obra y su vida no son más que el testimonio de un hombre que decidió hacer de la negatividad ontológica su trinchera, resistiéndose a comulgar con la rueda de un país experto en anestesiar sus propias tragedias.

Leer a Argenis es someterse a una autopsia sin anestesia. En él, reverbera esa gloriosa maldición de los escritores "insoportables" de nuestra literatura. Hablamos de la estirpe colérica de Juan Vicente González o Rufino Blanco Fombona; del desgarro íntimo de Teresa de la Parra y la neurosis trágica de Andrés Mariño Palacio. Todos ellos padecieron, como diría Pizarnik, el castigo de "mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos". Vieron demasiado. Argenis heredó de ellos esa incapacidad fisiológica para la complacencia, erigiéndose como el gran aguafiestas del banquete democrático de la Venezuela contemporánea.

Mientras sus coetáneos escribían para ser premiados, Argenis escribía para ofender. Nos recuerda aquella máxima de Roberto Arlt: su literatura era un cross a la mandíbula de la hipocresía nacional. Su pluma no perdonaba la impostura de quienes ayer empuñaban el fusil en la montaña y hoy brindaban con whisky en los salones del poder. Se convirtió en el hereje absoluto: repudiado por la derecha tradicional y excomulgado por la izquierda biempensante.

Para entender la dimensión trágica de Rodríguez, es imperativo situarnos en el fango de la década de los setenta. La izquierda venezolana, tras el fracaso estrepitoso de la lucha armada, comenzó su lento pero inexorable peregrinaje hacia las instituciones del Estado. Los antiguos guerrilleros, tras la pacificación de Caldera, en célebres casos fueron mutados a burócratas, agregados culturales y editores de Estado; mientras, en el otro espectro, fueron silenciados por sus propios contemporáneos.

Frente a esta claudicación, Argenis Rodríguez esgrimió el libro político no como un manifiesto panfletario, sino como una disección moral. En Entre las breñas, desnudó la miseria de la guerrilla, la naturaleza humana fracturando la utopía y la condición quebradiza del romanticismo de izquierdas. Rodríguez denunció que el Estado, "el más frío de todos los monstruos fríos", como decía Nietzsche, contenía un pacto que implicaba la castración del intelecto.

En el vasto mapa de las letras latinoamericanas, Argenis Rodríguez es un precursor innegable del realismo sucio. Se sitúa en las antípodas del "boom". Mientras sus contemporáneos exportaban mitos y mariposas amarillas a Europa, él se dedicó a cartografiar la derrota.

Su lugar natural está junto a los francotiradores de la marginalidad. Se hermana con la angustia porteña y la asfixia de Roberto Arlt. Nos atrevemos, inclusive, a decir que, por su condición de retrato y de periodismo hipertrófico, su literatura tiene algo que lo homologa al grito suicida de Rodolfo Walsh. Y, si miramos hacia adelante, su pesimismo radical anticipa la rabia iconoclasta del colombiano Fernando Vallejo.

Argenis no esculpe la palabra; la dispara. Su prosa es de una sequedad implacable, directa y visceral. Hay en su escritura una urgencia ética que aplasta cualquier veleidad estética. Mientras gran parte del continente se dejaba seducir por los artificios y las frondosidades del realismo mágico, Rodríguez optó por una literatura lacónica y sentenciosa, una que huye del adjetivo complaciente para clavar el sustantivo como un puñal.

Al final, la insoportabilidad de Argenis Rodríguez radicaba en que tenía razón. Y no hay nada que una sociedad perdone menos que a un profeta que acierta en sus peores presagios. La dialéctica exige fricción, y él fue la piedra de amolar contra la que se rasgó el cinismo de toda una generación intelectual.

Leerlo hoy, rescatarlo del ostracismo, no es un mero ejercicio de arqueología literaria; es un acto de resistencia. Significa aceptar que, en el fondo del laberinto venezolano, siempre habrá una voz áspera y genial dispuesta a recordarnos que la verdad, por dolorosa que sea, es nuestro único refugio ontológico frente a la barbarie.