La locura y las letras | Rato en la plataforma escondida
del árbol de jobo de frutillas amarillas
Por Humberto Castillo Gallegos
26/05/2026.- Un día, Rato jugaba un ratico en el jardín, porque ya su madre lo había llamado para almorzar. El almuerzo era para él un fastidioso rato necesario; prefería estar en el jardín observando a los grillos saltar por toda la grama, las mariposas posándose en hojas y flores de las distintas plantas, los colibríes absorbiendo el néctar azucarado de las flores y, de rato en rato, una lagartija correteando entre las hojas del suelo.
Pensaba: "¿Por qué no tener mi casa en el jardín? o ¿el jardín por casa?". Se fue a almorzar y se quedó pensando en esa posibilidad. Estuvo por ratos durante todo el almuerzo dándole vueltas a lo mismo; se imaginaba una casa-árbol donde las gruesas ramas fueran las habitaciones y se pudiera convivir con habitantes variados de los árboles.
Terminó de almorzar, se devolvió al jardín y se recostó del tronco grueso del árbol de jobo de huesito. De tanto en tanto y por rato miraba hacia el follaje algo tupido del árbol lleno de jobos amarillos y pensaba en cómo disfrutar más y mejor de ese prodigio de la naturaleza. Se le ocurrió hablar con su primo Régulo para construir una casa en el árbol, y desde allí ser uno más de los habitantes del árbol y vivir de la ingesta de esa sabrosa frutilla amarilla, para no tener que comer esas ramas verdes de sabor amargo y desagradable que le daba su madre, mamá Camila, como la llamaban sus primas.
A Rato le agradaba más lo amarillo y, si era la concha del jobo con más razón la degustaba hasta dejar solo el huesito pelado de la fruta. En una oportunidad, hablando con Régulo, acordaron emprender la construcción de la casa del árbol, entre el follaje de la mata de jobo, utilizando como soporte las gruesas ramas de esta para apoyar la construcción.
La primera tarea consistía en buscar todos los materiales requeridos para cumplir tal cometido: tablas gruesas y resistentes, clavos, serrucho, taladro, martillo y cualquier otro implemento necesario en el curso del desarrollo de la obra. Todo tenía que ser por la vía del préstamo u obsequio, pues no contaban con nada de dinero.
Régulo sabía dibujar muy bien y Rato le pidió que hiciera un boceto de lo que pretendían construir; le dio algunas ideas a partir de las cuales trabajar, pero acordaron en primera instancia buscar los materiales para definir el alcance de la obra, sobre todo las tablas y tablones para construir la estructura, que era lo más importante. Rato y Régulo se encontraron en el jardín, hicieron un inventario de los materiales recabados y llegaron a la conclusión de que, con suerte y aprovechando muy bien el material, solo tendrían la posibilidad de realizar una plataforma techada, sin paredes ni ventanas, con unos parales adosados a la plataforma que le sirvieran de soporte al techo.
Bajo este criterio iniciaron la construcción. Se plantearon revisar en el árbol el espacio donde podrían colocar la plataforma techada; se subieron, observaron un espacio apropiado entre ramas gruesas y fuertes cerca de la copa de este, midieron y decidieron construir abajo en el jardín la estructura básica del piso, subirla al árbol, hacer los ajustes necesarios e ir completando progresivamente la plataforma.
Todo el proceso demoró dos semanas de trabajo en jornadas de 6 horas intensas y continuas. Una vez concluida la plataforma, ambos primos se instalaron en esta para probar la resistencia de la madera y su perfecto acoplamiento, sujeción y ensamblaje a las ramas seleccionadas. Reforzaron algunos amarres a las ramas e hicieron presión sobre la plataforma, a fin de probar su capacidad de aguante sin perder el acoplamiento al ramaje seleccionado y observando si hubo fisuras o desajustes al entramado de madera construido. No ocurrió ni lo uno ni lo otro y dieron por finalizada la construcción de la plataforma.
Esta construcción se hizo dentro del mayor sigilo posible a fin de no revelar la existencia de su escondite secreto y poder disfrutar de un refugio seguro y difícil de descubrir, apropiado para esconderse en los momentos complicados de la vida familiar o cuando se iniciaban las exigencias sobre los primos para hacer esto o aquello y fastidiarles el día. Ambos primos se ponían de acuerdo para verse a una hora determinada del día, echar cuentos y los últimos chistes aprendidos. Todos en la casa ignoraban adónde iban los primos; pensaban que estarían en alguna de las casas con los amigos de la cuadra y ellos, viendo todo el panorama desde arriba y oyendo todo lo que decían en la casa, se oía perfectamente lo que hablaban en la mayoría de los espacios de la casa desde la plataforma escondida en el árbol de jobo.
Fueron muchos los días que disfrutaron Rato y Régulo, las horas que pasaban en su plataforma escondida, sin que nadie se enterara dónde se encontraban. Hasta que un día Régulo no pudo subir porque su mamá lo tomó de sorpresa y lo puso a ayudarla en faenas del hogar.
Rato estaba solo, se acostó en la plataforma y observaba con deleite el árbol forrado de las sabrosas frutillas amarillas que parecían estrellas titilantes en el firmamento. Se acordó en ese momento en que lo envolvía mucho el sueño de una de las estrofas de la Oda de Pablo Neruda a las flores amarillas:
Estalla
sobre la arena el oro
de una sola
planta amarilla
y se amarran
tus ojos
a la tierra
De repente se sintió cayéndose del árbol agarrado de una rama repleta de las frutillas amarillas, y sus ojos casi amarrados a la tierra a la cual veía mientras caía precipitadamente al suelo. En ese momento, empezó a gritar desesperadamente y se despertó, pero todos en su casa oyeron los gritos y salieron al jardín a ver qué ocurría y vieron a Rato todo asustado y temblando montado sobre unas tablas en el árbol de jobo.
Hasta ese momento existió la plataforma escondida del árbol de jobo de frutillas amarillas.
Había ocurrido un nuevo accidente en la vida de Rato, pero, afortunadamente, por poco rato, porque este fue de naturaleza mental. Fue solo un sueño accidentado, por no decir un mal rato. Sin embargo, la sensación de caída al vacío fue tan real que se vio en el suelo con las tablas de la plataforma en la cabeza.
Esto le ocurre a muchas personas en la vida, sobre todo a aquellos incursos en delitos de corrupción y políticos inescrupulosos, codiciosos y narcisistas que dirigen un país y/o lo roban, como si estuvieran en una plataforma elevada en el aire, sin ver la realidad que efectivamente tienen enfrente, hasta que todo se derrumba y terminan con las tablas en la cabeza como si fuese un mal sueño, solo que en muchos casos resulta ser real.
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