Aquí les cuento | El abuelo Celso (IV)
Ni la dignidad ni la soberanía de nuestra patria están en venta. Ténganlo claro.
25/04/2026.-
—¡Quédate a cenar conmigo! —le dijo el amo Facundo Almada a mi abuelo, la segunda tarde de haber empezado a hacer aquel hueco en la habitación, donde, con cuidado, el joven Celso había desprendido cada uno de los ciento cuatro ladrillos que cubrirían, una vez realizado el entierro, de nuevo aquella superficie del piso.
La invitación heló la columna vertebral de mi abuelo. Recuerdo cuando me contó mi papá Sergio que el abuelo le dijo:
—¡Eso fue como si me hubieran sacado el espinazo y lo dejaran sumergido, durante toda la noche, en un pozo de agua helada!
—¡Siéntese y coma suficiente, que el trabajo es fuerte! Además, esta comida es especial, ya que usted es "el elegido" —sentenció el amo, mientras las dos sirvientas que atendían la mesa cruzaban miradas misteriosas.
El abuelo, inicialmente, sintió que las ganas de comer habían desaparecido, pero al mirar aquellos platos servidos con suculentas viandas, cuyo aroma inundaba el ambiente, se dispuso con gula a devorar todo lo que le ofrecían.
Después de la cena, acudió a proseguir la faena del trabajo encomendado. Toda la tierra extraída la iba almacenando en sacos de fique, de los cuales, según las indicaciones de Facundo, tendría que sacar de la habitación solamente una docena de fardos que, de acuerdo a los cálculos, igualaban el volumen del baúl donde realizaría el entierro.
Transcurrían las dos primeras décadas del siglo bajo el gobierno de Juan Vicente Gómez. En esos tiempos, las condiciones (régimen de producción, explotación y propiedad de la tierra) se replicaban en todo el territorio venezolano. No faltaban pronunciamientos y revueltas que eran sofocadas por el aparato represivo del gobierno.
A lomo de burro llegaban las noticias. Se hablaba fuerte en los periódicos, relatos y mensajes que enviaban los proveedores de los almacenes, ubicados en el puerto y otras ciudades, de las turbulencias políticas que amenazaban al gobierno establecido. Especulaban que se propiciarían cambios radicales dependiendo de si a las montoneras, representantes de los intereses en pugna, les alcanzaban, o no, los cartuchos para revertir el orden establecido.
En ninguno de los pueblos tocados por las facciones quedaba piedra sobre piedra. No había rincón, muros de ladrillos, escaparates o pisos sin ser revueltos, en la búsqueda de los tesoros escondidos por los terratenientes, negociantes y pulperos, quienes, durante años de negocios y explotación a los campesinos, lograron amasar fortunas. Era mucho esfuerzo para que llegaran los autoproclamados generales a llevárselo todo con el argumento de avituallar a "los soldados y oficiales" que apoyaban sus causas.
En la hacienda, todo transcurría con normalidad, aunque al abuelo le sonaba como un hachazo en el oído la frase: "Usted es 'el elegido'", proferida por Almada.
Las consejas eran lejanas, pero no menos ciertas: el abuelo había escuchado que, cuando realizaban entierros de dinero y joyas, históricamente llevados a cabo por los amos acaudalados, elegían a un peón para cavar el hoyo. Luego lo dejaban como guardián del entierro, eso sí, previamente hecho cadáver para que con su espíritu impenitente repeliera a los ladrones que intentaran sacar el alijo millonario.
Le atormentaba la posibilidad de esa probable condena a muerte, decretada por el silencio y las atenciones que el amo le dispensaba en esos días.
El joven Celso trabajaba muy lentamente. Cada noche que ingresaba a la habitación, sabía que debía demorar lo más posible aquella labor, arguyendo alguna salida que le salvara de tan fatal elección.
—¡Descuida, Celso, que, por los momentos, no tenemos prisa!
Eran pocas las palabras que Facundo Almada dirigiera al joven campesino. Fíjate que el abuelo no contestaba nada, ya que, además de un "sí, señor" con el amo, nadie establecía conversación alguna por el obligado distanciamiento que existía entre los dos polos opuestos del sistema de explotación vigente en aquel primer cuarto del siglo que, tan lento y pausado, transcurría sobre los lomos del campesino empobrecido por el régimen semifeudal prevaleciente en todo el país.
Transcurrieron tres semanas para que, en su silenciosa y nocturna labor, el joven Celso Blanquez culminara aquella fosa, atendiendo a las medidas ordenadas por el amo. Ojalá mi abuelo hubiese escurrido junto al sudor el terror que sentía ante el inminente sacrificio al que sería sometido, en aras de preservar el patrimonio del amo, el cual en incontables oportunidades había mermado.
¿Sospecharía el amo las traviesas operaciones de Celso? Si muriera el abuelo, a sus veinticinco años, ¿qué pasaría con el entierro de su tinaja de morocotas?
El amo Facundo Almada continuaba haciéndose acompañar a la cena por el joven campesino.
Una tarde, luego de haber regresado del puerto de Píritu, donde acababa de recibir un motor a gasoil (toda una novedad para la época) que sería incorporado a la molienda de caña para la producción de las panelas en el trapiche de Las Palomas de Arena, le entregó a Celso una bolsa contentiva de una chaqueta, una camisa, una guardacamisa, un pantalón, un par de medias y un cinturón.
El abuelo recibió aquella percha y, a la orden del amo, se la probó. Le quedaban ajustadas a su talla. Con una sonrisa, Celso le comentó al amo Facundo:
—¡Caramba, mi don, solamente faltaron los zapatos y el sombrero!
—¡No te preocupes, bordón! ¡En el lugar donde los vestirás, no los necesitarás!
Aquiles Silva
