Rostro de mujer | El arte de hacer aparecer el mundo

La alquimia de Osiris Moreno

18/04/2026.- Hay seres que no solo habitan una casa, sino que la convierten en un organismo vivo. En la parroquia Altagracia de Caracas nació una mujer que aprendió, antes de saber leer, que nada es estático y que todo —absolutamente todo— tiene una segunda oportunidad sobre la Tierra. Para Osiris Moreno, la vida no ha sido una línea recta, sino un proceso de "batik": capas de cera, color y resistencia, que terminan revelando una imagen asombrosa.

Su infancia fue un taller de encanto cotidiano. Mientras otros niños veían objetos, ella percibía posibilidades. Creció bajo el ala de padres transformadores: una madre que dominaba el hilo y el fuego de la cocina, y un padre capaz de reconstruir un auto quemado o de convertir los rieles del ferrocarril de Cúa en los muebles donde la familia se sentaba a soñar.

En una conversación con el equipo de Rostro de mujer, Osiris confesó con esa nostalgia lúcida de quien sabe que allí se fundó su visión del mundo: "Ver toda la vida cómo se transformaban las cosas". Esa economía del afecto y el esfuerzo, donde la ropa pasaba de un hermano a otro y el jabón nacía de las manos de la abuela, le otorgó un valor a los materiales que hoy, en un mundo de descarte, parece un acto de rebeldía.

El camino hacia su identidad como artista tuvo sus sombras. Atraída por la música, el destino le impuso una barrera física: una condición auditiva que fue apagando los sonidos externos, pero encendiendo los internos. Se alejó de la coral de Otilio Galíndez no por falta de talento, sino porque su cuerpo pedía otra forma de expresión. Por un tiempo, intentó encajar en la rigidez de la Estadística para complacer el temor amoroso de sus padres, pero la sangre llama. A escondidas, cambió los números por el lienzo en la Universidad Central de Venezuela, y financiaba sus propios talleres con la venta de las tortas que horneaba junto a su madre.

Hoy, Osiris es una creadora multifacética. Domina el batik con una paciencia ancestral, maneja la aerografía, el dibujo y la cerería. Su casa no es un hogar convencional; es un taller compartido con sus hermanos, un espacio donde los dioramas que recientemente se expusieron en el Museo Alejandro Otero nacieron como cuentos contados a través de escalas y recortes.

Pero su mayor obra no es un objeto, sino el acto de enseñar. En la docencia personalizada, Osiris encuentra el gozo de poner "la mano en la espalda" del alumno, guiándolo no solo en la técnica, sino en la pérdida del miedo al ridículo. Para ella, el arte es un juego serio donde, si no te diviertes, no estás creciendo. A sus años, desafía la idea de los límites cronológicos y proyecta llevar su filosofía a hospitales y ancianatos, para que otros se sientan también transformadores de su propia realidad.

"Venezuela nos necesita desde todo punto de vista", afirmó con la contundencia de quien ha visto partir a grandes maestros, pero se queda para mantener encendida la antorcha. Osiris Moreno es esa niña que siempre quiso ser artista y que hoy se reconoce realizada. Su mensaje, capturado por Rostro de mujer, es una invitación a "perder el miedo a vivir; si no, no creces". Al final del día, ella sigue siendo como los muebles de su padre: una estructura firme, hecha de materiales nobles, capaz de sostener la belleza de lo que está por venir.

El alma en las manos

Nirman García Berbeo

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