Letra fría | El ron ha sido esencial en esta historia
17/04/2026.- El gordo José Tovar era definitivamente habilidoso, aquí hablando al garete. Recuerdo un día que me llega diciendo: ¡Poeta, necesito esas faramallas que tú has inventado! ¿Cuál de ellas? ¿El club de fumadores o el club del ron? Los dos, me dijo, y cuando vine a ver, estaba en un bar recién inaugurado en la Torre Europa de la avenida Francisco de Miranda o en el edificio de al lado; no recuerdo mucho, ni siquiera el nombre del local, pero me montó un concierto con músicos de Buena Vista Social Club. Yo nunca supe si eran hijos de los ya fallecidos o los músicos que quedaron; de pana que ni pendiente, y me hicieron quedar muy bien ante mis amigas y amigos. ¡Cubanos eran, y tocaron muy bien! Como siempre, otro de mis fotógrafos favoritos, Girman Bracamonte, hizo una excelente reseña gráfica.
Mis clubes eran como franquicias relancinas, daban para todo; hasta fui candidato a la Constituyente por el Panaf, partido nacional de fumadores. La consigna era: ¡Vota humo! Y la lírica de la campaña era: ¡Querida constituyente, aquí estamos nosotros! Gozamos una bola; yo agarraba a ese poco de poetas con Caupolicán Ovalles al frente y nos íbamos de gira por todo el país en hoteles 5 estrellas, y caña pareja porque, en ese momento, iniciaba relaciones con Santa Teresa y me apoyaban con el ron. Recuerdo un día en Maturín, en un hotelazo de esos, nos sobró una habitación que se pagaba por adelantado, y me compré medio kilo de merey, pedí tres bolsas de hielo y puse en la puerta de la habitación un cartel: Bar Pilar Romero, nuestra querida hermana del bolero, el teatro y la TV, que no pudo ir por una recaída de la enfermedad con que luchaba. Se desternillaba de la risa cuando le contaba después. Pero el cuento bueno fue en la sesión plenaria, con un panel de primera, Caupolicán Ovalles, por supuesto; el poeta Enrique Hernández D’ Jesús, un galerista de Bogotá, amigo suyo de apellido Parra, hoy creo que consuegro; el poeta Tarek William Saab, y me suena que hasta Gustavo Pereira, y, por supuesto, los poetas de la zona, que tampoco recuerdo ahora ni creo que les convenga por nuestros comportamientos traviesos. Sospecho que íbamos a bautizar un poemario de Tarek, quien estaba un poco incómodo por la botella de ron en la mesa, obviamente por cuestiones de imagen, y de pronto El Caupo peló por la botella y dijo: La ceremonia comienza con el bautizo de la botella de Santa Teresita del Niño Jesús, y seguimos con el libro. ¡Todavía recuerdo la imagen de Caupo con un vasito de café, recogiendo el ron derramado sobre el libro! Jajaja.
Eran tiempos geniales, pero más allá de la rumba y aquellos eventos espectaculares, me encantó mucho la historia de Santa Teresa, sobre todo la parte de Panchita Ribas. Siempre pensé que, por eso, estos carajitos son tan sencillos. Una vez en el pueblo, no recuerdo el motivo, pero yo llevé a Víctor Cuica y al guitarrista Girón, y en eso nos saluda Alberto Cristóbal, y también con mucho afecto por su nombre y apellido, con su respectivo abrazo, a un borrachito de la plaza ¡que me endosó, por cierto, el resto de la noche! Jeje. En un artículo que titulé Viaje a la semilla del ron, aunque pareciera rebuscado traer el título de Alejo Carpentier, no lo es tanto, si nos sirve para abordar el origen de la familia del ron de Aragua. Eso fue para la revista Poder, creo, que dirigía, o mi pana Manuel Felipe Sierra o mi profesor Eleazar Díaz Rangel.
Con la llegada de la guerra de independencia, Santa Teresa fue escenario de refriegas y sus tierras tomadas por los vencedores patriotas, tocándole a José Félix Ribas como trofeo de guerra. No obstante, con la caída de la Segunda República, las tierras fueron tomadas de nuevo por los invasores y aquí entra uno de los episodios más hermosos de la hacienda. Cuando matan a José Félix Ribas, cuya cabeza frieron en aceite y la tuvieron colgada durante siete años en la Puerta de Caracas, la única sobreviviente fue su sobrina Panchita Ribas, que huye con la negra Juana, quien había sido su nodriza. Al fragor de los caminos, un jinete español atrapó por la cintura a Panchita y la montó sobre la grupa de su caballo. Cuenta Jorge Olavarría, en aquella memorable edición aniversaria de El Carabobeño, que la negra Juana llevaba amarradas en un pañuelo y escondidas en su pecho las monedas que había logrado reunir para comprar su libertad. Al percatarse de la situación, “Juana corrió hacia él, tomó las riendas del caballo, mientras gritaba insultos al jinete reclamando a la niña y alegando que era su hija. En la confusión, Panchita logró zafarse de su captor y se lanzó del caballo. Pero el captor había logrado agarrar a Panchita por una pierna, y Negra y jinete halaban cada uno por su lado el cuerpo de la aterrada niña que gritaba a todo pulmón. Cuando Juana vio que llevaba las de perder, sacó su pañuelo de monedas y se las tiró al jinete. —¡Toma! —le dijo— ¡Te la compro! Lo cierto fue que el jinete soltó la pierna de Panchita, tomó el pañuelo de monedas, picó espuelas y se marchó”.
Para no hacer el cuento largo —Olavarría dixit—, se fueron caminando hasta las montañas de Barlovento, donde no les fue difícil hallar una "cumbé" o "rochela" de negros cimarrones que vivían aislados de todo lo que estaba sucediendo en el resto del país. Ya para 1822, un año después de la batalla por la independencia, retornaron a los valles de Aragua y, después de muchas dificultades, recuperó sus tierras y las puso a trabajar con el temple que había adquirido durante su vida en Barlovia. En eso andaba cuando —sigue contando Olavarría— conoció a un alemán de Hamburgo llamado Gustav Julius Vollmer, que había llegado a Venezuela sin otra riqueza que su capacidad para el trabajo y su deseo de prosperar. La negra Juana vivió para ver cómo su hija de leche, que había estado siete años en una cumbé de negros, se casaba con un alemán de piel rosada y pelo amarillo y le daba unos nietos de ojos azules que la besaban y la llamaban abuela. Al poco tiempo, los cañamelares habían sido sembrados, y los trapiches molían sus cañas. En tanto que llegaba de Europa uno de los más avanzados alambiques de la época. Allí comenzó la estirpe ronera más antigua del país.
¡Sin embargo, en las Memorias de Alberto J. Vollmer encontramos otra versión que revisaremos en la próxima entrega!
Humberto Márquez
