Letra fría | ¡Calle de la Veracruz!

03/04/2026.- Calle de la Veracruz, decía un poema de Felipe Luciano en el segundo álbum de Eddie Palmieri en la cárcel de Sing Sing, que se convirtió en casi himno del nuevo apartamento en Las Mercedes, enfrente precisamente del vivero Veracruz.

Como les he venido contando, el salto a Las Mercedes implicó, obviamente, un cambio; ya tenía tiempo en Mavesa como coordinador del proyecto de la guitarra clásica, tenía La Noche, un encarte dominical de 4 páginas centrales en Reporte Diario de la economía, que dirigía Rodolfo Schmidt, recientemente fallecido, y en la subdirección Laurentzi Odriozolla. Tenía la disquera HM Records que, mal que bien, movía la caja registradora, lo que es un decir, porque nunca tuve una; también dirigía la revista Alimentos Hoy de Cavidea, pero lo que sí es cierto es que mi situación económica había mejorado sensiblemente. De La Noche hay historias buenísimas para contar; esos fueron tres años de rumba sostenida, viajes, fiestas y todo lo que hay que hacer para llenar semanalmente 4 páginas centrales, aunque me ayudaban en el área gastronómica mi comadre Tamara Rodríguez, hoy vive en Australia, y el difunto Pedro Espinoza Troconis, gran amigo de copas y manjares. Yo resolvía las centrales con entrevistas a embajadores, artistas y amigas de la cultura como Patty Phelps de Cisneros o Sofia Imber, que me llamaba cada cierto tiempo. Mira, Humberto, entrevístame, que me están echando vainas por ahí; hazme una de esas entrevistas sabrosas que tú me haces. Y así, mucha gente importante, hasta a mamá la entrevisté un día, porque nos fuimos de rumba y al día siguiente no tenía nada que poner, y me la inventé a ella, con todo lo que habíamos hecho en casa de dos amigas, en el restaurante Montmartre, Juan Sebastian Bar y un bar de boleros que tenía Alfredo González Amaré, en el sótano de Chacaíto.

El cuento bueno es cuando me contrata un amigo muy querido, pero por política se perdió esa gran amistad. El pana vasco me cita al Juan Sebastian, donde íbamos muy seguido a ver a un joven pianista que hoy triunfa en Los Ángeles, California. Me habla del proyecto La Noche, y me dice: “Nosotros no te podemos pagar lo que tú ganas en Mavesa”, y me da una cifra que triplicaba lo que yo ganaba en lo de la guitarra clásica, y yo ganaba muy bien. Total, que me puse las botas, y no solo eso, sino que propuse ser director asociado de unos encartes agroindustriales y eso fue otro palazo comercial. ¡Imagínate, yo venía del Ministerio de Agricultura con coles y, como director de la revista de Cavidea, yo levantaba ese teléfono y ahí venían páginas de publicidad! Fui conversando con todos los operadores y les duplicaba el salario día a Julio Cabello, que era jefe de información y una firma importante en la materia. Le pregunté su sueldo al mes, que eran 27.000 bolivares, ok, eso es en un mes, yo te lo pago por redactar 4 páginas en un día. Nos reuníamos un sábado a las 9 de la mañana y a golpe de tres, cuatro de la tarde, ya eso estaba listo. Aparte de eso, el primero fue un diciembre, recuerdo, y les horneé un pernil, compré hallacas, panes de jamón, rones Gran Reserva y una caja de cervezas. Y con todo y eso, me quedaba una buena plata después de darle la mitad al periódico.

Aparte de eso, el gordo José Tovar, fotógrafo de sociales, me hacía las fiestas aniversarias de La Noche, que eran de película. De pana que yo disfruté mucho esas épocas, pero eso no era nada, lo del club de fumadores fue genial. Un día, el patrocinante me pidió hacer una fiesta de 15 millones de bolívares, y yo me monté a hacer mi vaina, ¡porque para hacer fiesta que me busquen! Por algo me llaman Rumberto, jeje. Hablé con el portugués de Pal’s, que era amigo, aunque no recuerde su nombre, y me dijo que cómo me iba a cobrar, con todas las promociones que yo hacía todas las semanas; igual la gente de Chivas Regal me puso muchas botellas de whisky 18 años, tampoco quiso cobrar y Santa Teresa menos. Yo fui presentador de La Noche y no me cobré, jeje, pero puse dos orquestas: Pecheche y su Melao, alternando con Cadáver exquisito, pasajes por avión para poetas de Maracaibo y Barquisimeto, habitaciones en el Santa Fe Suites Garden, incluida la suite para el “after hour”; compré 4 lienzos grandes y mis amigos pintores pintaron un set de televisión y todo lo que significa una gran fiesta, tanto que cuando llegó el representante del patrocinante, me advirtió: “Humberto, te dije que 15 millones; aquí hay más de 25 millones”. Tranquilo, dije yo, que, si falta, lo ponemos nosotros, pero, por supuesto, que sobró, aunque la facturación real sí habría pasado los 25 palos. Esa fue la mayor de las fiestas del club de fumadores; otras memorables fueron las de Epicur, una tienda de tabacos que quedaba en la avenida Francisco de Miranda por El Rosal, o las presentaciones de la revista Fumador, incluyendo una grande en lo que fue el Bar de Kiko y Eduardo Guzmán en Altamira.

Lo bueno de Las Mercedes era que yo me movía más en el este de Caracas, y ya mi hijo Marcel se había pacificado en Rondalera, porque a ese muchacho sí le costó coger juicio en los colegios, pero cuando llegó allí se sintió en su elemento con otros hijos de escritores y otros artistas. Alfonsito Garmendia fue uno, bueno, y Altagracia, La Negra, y el propio Salvador, aunque ya había fallecido. Yo casi que les pagaba a los muchachos para que no salieran de noche y bebieran en el apartamento, y cuando yo llegaba tipo dos o tres de la madrugada, les cocinaba y les abría mis mejores botellas. Aparte de que yo despachaba en las mañanas en La Casa Brioche y en las tardes-noches en el Hereford Grill, ambos desaparecidos.

Humberto Márquez 


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