Tejer con la palabra | Montañas múltiples, atávicas, libertarias

01/03/2026.- Mientras la madrugada del 3 de enero transcurría de forma atroz en el nocturno cielo de espasmos rojizo-amarillentos de Caracas, en Boconó, mi esposo y yo, bajo otro cielo frío, dormíamos a pierna suelta. Amodorrados aún, a las seis de la mañana encendimos el celular para ser presas del espanto que corría a mil por hora, atacando el sistema nervioso de cada uno de los venezolanos y venezolanas con escasa, mediana o amplia consciencia política y social, que no nula. Eran las seis de la mañana y el estrés de nuestros familiares y amigos, que habían intentado comunicarse con nosotros por todos los medios para saber si estábamos bien, momentáneamente cesó al saber que estábamos en el pluvial paraíso trujillano.

Algunas horas después, me hallé inmersa en una rara paradoja, de sentirme allí tan resguardada y en tan profunda calma —en medio del silencio y el verdor de las montañas andinas— al tiempo que gran parte de mis coterráneos se encontraban viviendo el impacto de aviones, helicópteros y drones sobrevolando, bombardeando y disparando distintos puntos del mapa territorial: Caracas, La Guaira, Miranda y Aragua.

Entretanto, seguíamos guarecidos en la habitación, imaginando alguna fuga milagrosa por parte de nuestro presidente, hablando discretamente, buscando y luego confirmando la noticia del secuestro de Maduro y Cilia Flores, leyendo mensajes que iban y venían por las redes y que aún más embarullaban nuestros pensamientos. Hablábamos a un volumen bajo para no despertar a nuestros anfitriones. Sin embargo, el hogar que nos alojaba crecía en susurros de frases interrogativas, pequeñas estridencias sigilosas que nos hacían dudar de si sería conveniente salir o continuar amparados en ese universo seguro y confuso, entre almohadas y colchas sin hacer.

La familia que nos daba albergue no es afecta al proceso revolucionario que junto a Hugo Chávez se inició hace 25 años en el país, pero es familia sembrada en el corazón. Eso nos hacía movernos con cautela, casi petrificados.

Yo imaginaba a mis conciudadanos defendiéndose de las ráfagas de disparos, luchando por sus vidas, sufriendo la injusticia y la incertidumbre, corriendo descalzos por caminos enmarañados de humo y pánico, planeando protestas en torno a Miraflores. Salimos de nuestra habitación, cual si fuera una trinchera, como si nada hubiese ocurrido, disimulando un sobresalto que era cada vez más un pavor sin posibilidad de ser nombrado; así, optamos por el silencio y el estupor, y por la huida.

Una vez desayunados, salimos en nuestro carro a transitar pasajes y veredas junto a las espoleadas vacas que cruzaban calles y detenían el casi inexistente flujo de vehículos. Rodeamos una plaza Bolívar impertérrita y desolada, que seguía el paciente ritual cotidiano de un pueblo calmo —pero con cierto temor—, que a la vez me perturbaba, al pensar que puede vivirse lo más apacible y lo más feroz a un mismo tiempo. La paz y la guerra convergen en un mismo instante dentro de nuestro país sabio y generoso; la tristeza y la dicha —sí, en ese aciago momento había quienes sentían felicidad y celebraban— me hacían sentir con una inquietud que me estremecía hasta la médula. Intranquilos, vimos cómo la gente se fue agolpando progresivamente a las puertas de las tiendas de comida. También observamos cómo crecía una cola en las cercanías de la bomba de gasolina, lo cual no era ninguna extrañeza en tierras donde este combustible aún en esos tiempos escaseaba.

En Caracas hubo explosiones, atentados, secuestro del presidente y su esposa, incursiones extranjeras en contra de nuestra soberanía y estabilidad político-económica. Los caraqueños se defendían, enfrentaban atropellos y desasosiego y protestaban cerca de Miraflores —algunos celebraban, también es verdad—, y aquí en Boconó la vida transcurría en una sinigual mezcla entre lo campestre y lo citadino, que terminaba imponiendo serenidad a mis entrañas fragmentadas.

En realidad, no sabía cómo vivir ese horroroso capítulo de mi país, porque sentí el repiqueteo de los tambores de la guerra haciendo arder de cólera mis vísceras y escuché en mis sesos el clamor de las trompetas que llamaban a defender mi patria, al tiempo que un follaje fecundo en verdes me envolvía en su furor de paz inusitada. De un momento a otro, decidí hundirme en el sopor del rocío frío y glauco entrelazado con los rayos solares. Resolví postrarme ante los cafetales enhiestos. Me animé a confiar en las empinadas cumbres para sentir mi patria en esas montañas múltiples, atávicas, libertarias, que engulleron años de tropelías con la sabia espada de nuestros libertadores, empuñada en la victoriosa batalla de Niquitao.

 

Rosa Elena Pérez Mendoza

 

Rosa Elena Pérez Mendoza

Licenciada en Letras (UCV, 1991). Hizo una maestría en Literatura Latinoamericana (USB, 1997). Realizó un doctorado en Artes y Culturas del Sur en la Unearte. Ha publicado los libros Que hacer es de amar (poesía, 1996); Juanita Poulin y otras crónicas (crónica, 2006); Caracas, desvíos y extravíos (crónica, 2010); Conjuro (poesía, 2016) y La crónica como oficio. Irreverencia, polifonía y creación (ensayo, 2022). En 2006 recibió el Premio Nacional del Libro, mención Libro de Crónicas, por su texto Juanita Poulin y otras crónicas, así como en 2010 obtuvo una mención en la Bienal de Poesía Elena Vera con el poemario Conjuro. Actualmente lleva adelante la Cátedra Libre Rómulo Gallegos del Celarg.


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