Punto y seguimos | Del Diego para la humanidad
Por Mariel Carrillo García
23/06/2026.- Hace 40 años, el 22 de junio de 1986, se disputó el partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en el estadio Azteca de Ciudad de México. Apenas cuatro años antes, la guerra de Malvinas, en la que murieron más de 600 jóvenes combatientes argentinos a manos de los ingleses, teñía el enfrentamiento deportivo de algo más. No iba a ser un simple juego de fútbol. La sombra de Malvinas y la luz de Diego Armando Maradona se encargaron de ello.
El Pelusa fue el protagonista indiscutible del hecho histórico. Cuatro décadas han pasado y aún se debate si el primer gol, en el minuto 51 —hecho con “la cabeza y con la mano”, como diría el mismo Diego— fue una trampa o una picardía. La respuesta, dicotómica si las hay, siempre revela la percepción del mundo y la posición ideológica (lo sepa o no) de quien la ofrece. Hoy en día, el recuerdo del gol representa una afrenta para los ingleses, quienes no se recuperan de la “injusticia”, una postura que suele ser defendida también por los amantes del orden y las reglas aplicadas solo a los de abajo.
Por otro lado, para los argentinos el gol fue justicia poética. Una picardía del Dios del cielo, ejecutada por Dios en la tierra. La revancha simbólica, de una injusticia por otra, solo puede ser entendida de ese modo por quienes están acostumbrados a sufrirlas sin recibir nunca reparación. El pueblo argentino, el Sur Global y los que tienen un alma en el cuerpo han entendido de esta forma ese gol que todavía causa pesadillas al arquero Peter Shilton.
Sin embargo, ese acto no fue realmente la cumbre de esos 90 minutos gloriosos para el fútbol y para la historia. Cinco minutos después, Maradona, eliminando cualquier atisbo de desmerecimiento, hizo un recorrido de fantasía en el que dejó en el camino a Hoddle, Reid, Sansom, Butcher y Fenwick, para coronar eludiendo a Shilton y definiendo con la zurda el tanto que hoy conocemos como el “Gol del Siglo”. La narración de Víctor Hugo Morales, a la altura del acontecimiento, aún resuena en los oídos, acompañando a la imagen maravillosa de los 11 segundos de carrera del Diego segando ingleses a puro talento.
Después de aquello, con un estadio Azteca y un mundo rendido a sus pies, quedaba clara una cosa: Maradona era el mejor jugador de la historia del fútbol y había vengado, simbólica y quizá no tan brevemente, con ingredientes muy latinoamericanos (pícardía, ingenio y destreza) a los millones de seres humanos víctimas de la injusticia estructural del imperialismo, el que se expresa en ejércitos invasores, sancionadores y también en equipos y mundiales de fútbol.
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