Caracas 01, de Junio de 2026
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Punto y seguimos | Coincidir con el Papa (I)

Por Mariel Carrillo García 


02/06/2026.- No son las instituciones eclesiásticas ni sus representantes, santos de devoción de quien escribe. Por el contrario, el cuestionamiento acerca de cómo las iglesias (de cualquier religión) han contribuido (y no marginalmente) a la profundización de asimetrías del poder, las desigualdades y la discriminación de millones de personas en el mundo, es un tema de análisis y revisión constante. Podría admitirse incluso una suerte de fascinación por entender las complejidades de la fe humana y la administración que de la misma han hecho las religiones a lo largo de la historia, porque, a diferencia de la interpretación de textos y discursos religiosos de manera literal y anacrónica, sin considerar contextos o el hecho de que fueron escritos por personas y no deidades, pensar la fe como parte esencial de la humanidad requiere el uso más elevado de nuestras capacidades cognitivas.

Es así como el interés por la Iglesia como institución parte aquí de una posición crítica y de revisión, que incluye también la admisión de las contribuciones que han hecho a la humanidad, pero sin caer en posiciones complacientes. En términos generales, la mayoría de las instituciones apelan a la defensa de los valores de sus respectivas religiones, en las que suelen coincidir la verdad, la paciencia, la compasión, la piedad o el amor. También encontramos inequívocamente la adoración y la sumisión a quien se considera la fuente de dichos valores. Demás está decir que normar la fe tiende a generar tanto fanatismo como rebeldía, y un dilema moral para los hombres que construyen o interpretan dichas normas, siempre tan cercanos al poder que esto otorga.

Esta larga introducción pretende solo poner en evidencia desde qué lugar se lee, en esta columna, un texto como la encíclica papal de León XIV publicada el pasado 26 de mayo. El documento de la máxima autoridad de la Iglesia Católica Apostólica Romana es un llamado a la defensa de la humanidad y una advertencia al mal uso de la técnica. Asegurándose de no caer en las posiciones más retrógradas de la milenaria institución, el Papa se sitúa epistemológicamente en la corriente de la Doctrina Social de la Iglesia, que su predecesor León XIII expresó en el Rerum novarum de 1891, donde planteó los desafíos de la Revolución Industrial. León XIV retoma este marco y lo actualiza, diseccionando el peligro que representa para el ser humano la tentación de caer en la soberbia de la superioridad de la tecnología ante la creación de Dios.

En una bella analogía, Magnífica Humanitas insta a la sociedad a construirse sin negar la ciencia, pero elevando siempre al hombre, tomando el camino de Nehemías (la reconstrucción comunitaria de Jerusalén) y no el de la Torre de Babel, donde la tentación de unificación llevó a la disgregación y al totalitarismo. La encíclica advierte duramente contra la deshumanización, el descarte de las personas en cuanto su calificación como errores de sistema, los criterios de eficiencia del mercado, la sustitución del trabajo que dignifica al hombre por parte de IA’s, la imposibilidad de fiscalización ciudadana en la administración cada vez más cerrada del poder económico/tecnológico en manos privadas, la pérdida de poder del Estado como institución común auditable y, muy especialmente, el posicionamiento de inteligencias artificiales para administrar armas y herramientas de destrucción, las que, al ser máquinas no dotadas de conciencia, ni moral, ni ética, desaparecerían el concepto de “guerra justa”, es decir, de posibilidad de respeto al adversario, diálogo y a la resolución de conflictos que solo los humanos son capaces de sentir, entender y ejecutar.

Es, en resumen, una oda a "la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial". Y como solo el hombre puede creer en Dios, sentir, pensar, amar y vivir en comunidad, resulta un peligro real para la humanidad entregarse a un progreso técnico y atomizador para pocos, que cerca no solo su fe, sino a sí misma y nos plantea —a creyentes y ateos por igual— la necesidad imperativa de definir qué futuro queremos y si estamos dispuestos a dejarlo en manos frías o si, por el contrario, nos abocaremos a trabajar y pensar críticamente nuestra realidad, buscando alcanzar en velocidad a una tecnología que nos va superando, antes de que sea, efectivamente, demasiado tarde.