Caracas 01, de Junio de 2026
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Micromentarios | Se nos murió Karim

Por Armando José Sequera 

02/06/2026.- La semana pasada se nos murió Karim, uno de los cuatro gatos que la vida nos regaló como compañeros de ruta.

Para algunas personas, Karim sería una mascota. Solo una mascota. Pero para nosotros —mi esposa y yo—, él fue un hijo, un ser al que no solo lo quisimos, sino al que amamos como si hubiese nacido de nuestro matrimonio.

Hay quienes sostienen que a una mascota o un animal de compañía no se le puede conferir tanto amor como a un descendiente nuestro o un hijo humano adoptado.

Tales personas nunca han tenido a su lado a un gato que se introdujo en tu corazón, tu cerebro y tu alma con tanta fuerza que le proporcionas todo tu cariño, todo tu amor y toda la atención que amerita alguien cercano.

He conocido y he leído sobre hombres y mujeres para quienes los seres que llevan a sus casas son meros adornos u objetos de los cuales hacen ostentación.

Los animales de compañía no son ni jamás serán cosas a las que puedes colocar en un lugar de tu vivienda, ni seres desechables de los que puedes prescindir cuando te dé la gana.

También he leído y sabido por amistades, de individuos —hombres y mujeres—, que abandonan a una mascota, bien porque cambian de domicilio, porque alegan que el dinero no les alcanza para comprarle comida o, simplemente, porque se cansaron de tenerla a su lado.

A muchos perros los abandonan en una autopista, con el cruel objetivo de que los atropelle un auto y los haga desaparecer de una vez por todas. Es horrible ver a tales canes correr tras el vehículo del que acaban de ser echados, creyendo que si lo alcanzan serán de nuevo admitidos en las familias que los han expulsado.

He visto a gatos que son dejados en la calle, una calle, por cierto, alejada del hogar donde han residido hasta entonces, solo porque han dañado con sus uñas un mueble o han llenado de pelusas la sala de una casa.

Uno se pregunta: ¿para qué querías tener un ser vivo en tu casa, si no estabas dispuesto a concederle la libertad de ser? ¿Qué esperabas de él? Si anhelabas una compañía aséptica, ¿por qué no adoptaste a un jarrón, una escoba o a un robot?

Los gatos y los perros no son algo desechable ni algo que puedes tener o deshacerte de ellos por capricho. Son elementos que la vida ha colocado cerca de ti para que, a la par de brindarte amor intenso y paliar tu soledad, tú cuides de ellos.

Ningún ser vivo que está un tiempo contigo merece ser echado a un lado como un mueble deteriorado que estorba. Pensar de esta manera es tan cruel como condenar a muerte o a la miseria más miserable a un hijo porque te cansaste de él o ella.

Para mi esposa y para mí, los gatos que nos han acompañado tienen la condición sagrada de los hijos engendrados. Sé que habrá quienes tilden tal hecho de exagerado y hasta ridículo, o de herejía, al comparar un felino con un fruto genético de nuestra unión.

A tales personas les tengo lástima. Nunca han tenido a alguien que los ame con la pureza con que lo hace un amasijo de pelos, garras y dientes que se restriega contra tus piernas o tus manos, que te hace reír con sus acciones, que te demuestra cuán feliz se siente al vivir y dormir a tu abrigo.

Karim fue todo eso y más. Todas las personas que lo conocieron se enamoraron de él, pues fue un gato que se hizo querer con tanta fuerza como para llorarlo días y más días —lo que hemos hecho—, después de su inesperado fallecimiento.