Caracas 01, de Junio de 2026
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Aquí les cuento | Maraisa

A los cuenteros organizadores del

 Primer Encuentro Sur-Oriental

de Narración Oral.           

Liderados amorosamente

 por el maestro Enrique Valles.

del 14 al 17 de mayo 2026.

San Félix, Puerto Ordaz, Ciudad Bolívar.

 

22/05/2026.- Hacer planta en la madrugada. Respirarse las olas que pasan rozando los senos y el vientre de la vivienda que, a diferencia de la tortuga Arrau, no deja huella sobre la arena blanca de las mil playas que, en igual número de brazos, abrazan la desembocadura del padre mayor: el Orinoco.

Los botes a remo se internan en los caños, donde el azar no permite volver al puerto de partida.

Solo los hermanos mantienen, hasta en la íngrima oscuridad, todos los retornos celulares.

Los nuevos pobladores aprenden de los hermanos primigenios a oler los manglares y reconocer, a contraluz, las siluetas de los dormitorios de las garzas para orientarse de regreso.

Muchos se han perdido al desobedecer la guía natural de los ancianos.

La cacería mayor ha arremetido contra los indefensos. Ha sido la historia. Hombres y bestias han llegado en su oscura misión de exterminio.

Los manatíes aprendieron a eludir la muerte disfrazada de arpón y de silenciosa sombra. Estos huyen de las propelas que marcan los lomos. De las explosiones y el mercurio, que no deja de hacer trazas en el agua.

¡Tiene siete sabores!

Afirman al referirse a la carne de esta bestia, que carga los años en su extraña y voluminosa fisonomía.

El indio lo sabe. Porque escuchó y aprendió de los abuelos que, en esa enorme panza, se afianzó la vida de los primeros pobladores del Delta. Quienes, en primera actuación, fueron dejando huellas de aletas, que se trocaron en plantas y luego definieron tarsos y dedos, mientras se adentraban erguidos en la espesura.

Los gobernantes nunca entendieron al pariente. Le enseñaron a votar solamente. A disfrazar su esencia para hacerla apetecible en los mercados. Muchos abandonaron su selva. Huyeron en los amaneceres, prendidos de las patas de las garzas o en camiones sin retorno en pos de una promesa.

Los viejos eructan las bebidas coloreadas del plástico que escupen al moriche. Aunque no quitan la mirada del río y no dejan de comerse la luna en cada torta de casabe, mientras la draga vomita arena del canal, para que no se varen los grandes barcos cargados del hierro que produce la tierra.

Ven, Maraisa. Dame la mano y ayúdame a levantar para tomar el bote y canaletear juntos por los caños.

 Te mostraré las islas y las pocas comunidades donde aún no ha llegado el Big-Cola ni el Sun-Cola.

Aunque existan entre los escombros de los altares alguna botellita de Coca-Cola, traída por los primeros frailes capuchinos. Aquellos que intentaron, durante siglos, asesinar a nuestros dioses.

Ellos que nos robaron nuestros nombres y nos herraron con su apellido.

Nosotros, aquí en la selva, aprendimos de los abuelos que cada árbol, cada pájaro, cada pez y cada hierba con que convivimos en la Madre Tierra son nuestros hermanos.

Son seres con sentires, con la capacidad infinita de amar que los humanos hemos ido perdiendo poco a poco en la misma medida en que asumimos los valores de tener sobre el ser.

Y ese ser, que nos enseñaron, está emparentado íntimamente con el respeto y el agradecimiento de todo cuanto nos rodea.

Somos criaturas de este universo que estuvo en un tiempo en perfecto equilibrio y que hoy está amenazado por la insensatez con que se conduce la humanidad, persuadida de ser mejor que el resto de los habitantes del planeta que nos soporta.

A ti, que vienes de visita, tendré que decírtelo lo más simple posible:

Maraisa, sé que no podrás aprender nuestra lengua en poco tiempo. Pero también sé que no hará falta el discurso de los libros, ni sagrados ni profanos, para que comprendas que, en nuestra piel, en las arrugas de nuestros rostros, en esas manos que tejen, que hacen el bote después de agradecer al árbol el tronco que nos entrega, permanece un grito, un canto profundo que reclama, en el lenguaje de los pájaros, respeto por lo que fuimos, por lo que no dejamos de ser en esencia: humanos del río, con el alma libre de las garzas y la verde sangre de la selva recorriendo el universo interior de nuestra herencia.

Hoy es el primer día. Para ti he preparado los aparejos de pesca: Las flechas, la atarraya y los anzuelos con el nylon que compramos a los chinos.

Saldremos al atardecer.  En los tranquilos caños conocerás la oscuridad más espesa que hayas visto y tomarás agradecido lo que la selva te obsequie esta noche.

Hunde con delicadeza el remo que te entrego. Cuídalo, mira la huella del tiempo tatuada en la madera. Imagina la edad que tiene.

Esta canoa es pariente de los caños, amiga querida, de los remansos donde se reproducen las especies que habitan el río.

Los cordeles son sencillos; los anzuelos recogerán del cristalino fondo lo necesario para llevar al fogón del amanecer tu alegría.

Aquiles Silva