Aquí les cuento | El abuelo Celso (II)
La humanidad no soportará el eterno atropello del brabucón imperial que se cree dueño del mundo.
10/04/2026.-
—¡Ah, vaina, chico! Yo que te lo digo: ¡esos riales siguen ahí!
La incredulidad es normal ante tanta charla de la gente. Sobre todo en estos pueblos donde la gente se la pasa tan tranquila en el chinchorro y vive rascándose los ruyiruyis con las cabuyeras. Se levantan solamente a comerse los frijoles y regresan a mirar los tuqueques correteando por las paredes, haciendo gala de su velocidad y equilibrio, para comerse cualquier oruga que aletea entre las viguetas que sostienen el techo de zinc.
¡Ah, pero eso no borraba del rostro el interés por seguir escuchando el cuento del abuelo! El Ñato prosigue su relato.
—¡Han pasado entre noventa y cinco y cien años de esos sucesos! Yo no logro precisar exactamente, porque no quedó ni un papel, una carta, ningún rastro, y porque, de aquellos viejos, ninguno sabía leer ni escribir. Todo quedó en la memoria, y esa historia ha venido pasando de generación en generación.
Ya te digo que eso de ir a hacer el mandado de la cuartilla se repetía, por lo menos, tres veces al año. Yo nunca veía, ni nadie me explicaba, cómo el amo de la hacienda Las Palomas de Arenas le regresaba a don Arcadio aquella cantidad de dinero, en oro puro, que le prestaba cada vez que el abuelo Celso iba a hacer los mandados.
Acuérdate de que era todavía un muchachito, y en aquello de las cuentas no tendría que meterse nunca, ya que no era su problema. Por otro lado, lo mejor que podía hacer era mantener la boca cerrada y no comentar nada. Mira que para los viejos de antes eso de ser discretos era lo más valioso. Además, tener palabra cada vez que la empeñaban valía más que un almud de morocotas.
En la hacienda se producía mucho, tanto que la gente decía que el dueño de Las Palomas de Arenas se había hecho rico porque tenía pacto con el diablo.
Primero se molía con trapiches movidos por bueyes; luego, agarraron unos caballos viejos, de los que ya no servían para el pastoreo de ganado, y los pusieron a mover las masas de los trapiches. Siempre un muchacho se encargaba de llevarlos de las riendas y girar y girar durante todo el día, más o menos hasta las tres de la tarde, cuando ya dejaban de sacar el guarapo para echarlo a las pailas.
Ese trapiche era toda una ciencia, toda una técnica hermosa. Ahí no se perdía nada. El jugo de la caña se convertía en papelón y el bagazo era lo que se usaba para alimentar los fogones que quedaban debajo de las pailas, donde había un hombre encargado de cargarlos y mantener aquel candelero vivo, mientras los otros, arriba, estaban pendientes del punto de la melcocha para hacer las panelas.
Los muchachitos nos acercábamos a comer de la hueca caliente y el templón que hacíamos con aquella pella de panela que nos daban los peones. Aquello era cosa de gusto mirar la cantidad de panelas que salían, durante todo el año, en los arreos.
Es como todo: a pesar de que el amo de la hacienda no había estudiado nada (que se supiera), él mantenía todo en orden, arregladito, y cada quien hacía lo que tenía que hacer. Eso funcionaba como una de las empresas organizadas de hoy en día, donde cada departamento tiene una función y cada uno de los trabajadores sabe qué hacer en cada uno de los espacios y cuáles son sus obligaciones. Además de la producción de la panela, uno veía que al menos tres veces al año salían arreos de novillos de un solo color hacia la parte oriental, por el mismo camino que mi abuelo tomaba para ir a la hacienda de don Arcadio, a buscar la cuartilla de morocotas que le mandara el amo.
La hacienda tenía una casa principal, que era donde el amo vivía. No tenía mujer ni hijos en todo ese territorio. La fama de solterón empedernido lo acompañaba y las consejas referían que una vez estuvo casado y que la esposa, una muchacha muy joven llamada Mireya, le había saltado la empalizada junto con un tal Luis Parucho, que era coplero reconocido en todas esas parrandas campesinas. Precisamente, había asistido a una celebración de velorio de cruz de mayo en la hacienda que al amo Facundo Almada se le ocurrió hacer, para que los peones, sus familiares y algunos vecinos vinieran a tributarle afectos y buenos deseos para su prosperidad. Ocurrió que, entre palos de ron, carne asada, carato, chicha y sancocho levanta muerto a la amanecida... bueno... la muchacha no resistió los versos y tantas flores que le regalara el poeta campesino y se huyó.
El Facundo era un hombre de mucha calma. No gritaba ni peleaba con nadie. Acudió donde Ciriaco Pérez para que le echara unas cartas y caracoles y cuanta pepa'e guácimo pudiera, para que le indicara el rumbo que habían cogido el par de velorieros. Dicen que armó a dos de sus caporales, a Pedro Tenepe y a Honorio Maitan, y se fueron en sus tres caballos y una mula blanca con avío suficiente para una semana, al término de la cual ya habían regresado.
Nadie comentó nada, pero en el copete del sillón de la mula del avío estaba enrollado y bien amarradito el vestido blanco con flores de cayena que Mireya utilizaba la noche del velorio de la cruz. Eso sí, las cayenas del vestido eran rojas, como las que la muchacha llevaba ajustadas al cabello, sobre la oreja derecha, al igual que el color de sus labios, que esa noche no ahorraron la pintura de onoto tierno que enmarcara aquella hermosa camada de dientes.
Aquiles Silva
