Palabras... | Irán de corazón y dignidad

09/04/2026.- ¿Qué sentido tiene la vida cuando no tiene sentido? La eutanasia ya se ha llevado a cabo globalmente cuando nos han desconectado de la vida real para, compulsivamente, conectarnos a la máquina virtual del inanimado internet, para esperar muertos la verdad amañada.

Tal vez no hemos mirado a la muerte con la atención necesaria, excepto en el poder de su chantaje. La muerte no es un combate contra la vida como si fuera un adversario. Es lo que aclara del barro el agua, porque las decisiones en las que aparece en medio la muerte como un chantaje, son donde con exactitud se pierde lo esencial, el trasfondo simple de lo que somos. Y, para que no suceda así, esas leyes las hace cumplir la hipocresía del mismo poder de quien no cumple las leyes contra la muerte masiva, el estamento supremo de la gran impunidad de las guerras y de la lesa humanidad. En tanto que ya no importan los muertos, ni de unos ni de otros, solo liberar los recursos imperialmente para que el trono cumpla el protectorado.

La dignidad pesa mucho en depresión cuando ha sido ultrajada en la conciencia colectiva.

Como la mente es gris, se engaña a sí misma, prepara el pasto para que los hombres de pensamiento imperialista se crean dioses en la malignidad. Y para que el resto del conglomerado de mente en ancas y vertedero del basural se haga una maraña en cuanto intente decidir avanzar sobre las cercas de la verdad incomunicada, negándose contradictorio en los vapores del metano.

El inconsciente te cuenta una historieta curvilínea desde el cordel hacia afuera de tu interior, una narrativa anzuelada desde la determinación total de lo que el mundo cosificado ha instalado como desecho en tu intimidad esencial.

Creyéndose trascender en poder supremo, por asimilar igual la curvatura de la luz, a torcer en crineja el hilo económico con que se amarra la globalización.

Proyectando el territorio de la ilusión, el abecedario de los sueños como si fueran aparentes mariposas orugadas. Ocultando la incapacidad de transformarse en la catacumba transhistórica, del miedo a morir, como excusa personal proyectada en las individualizadas masas y sus fiestas patronales.

Hay algo detrás de la cobardía que no permite ver tras la última capa que organiza lo que somos como existencia social y económica, en tránsito del tiempo que nos corresponde normalmente, para no dar con la transparencia que contiene lo esencial que somos y donde todo el bagaje sobra y deja de obstruir.

Debajo de todo lo que hemos vivido para conformarnos en lo disuelto, está la impresión en que nos hemos convertido, tal vez una imagen o una sensación, pero no una inteligencia afectiva que posibilita detenernos en lo fatal contra los otros cuando nos miramos en el espejo en el que, sin los otros, no somos mundo y menos unidad integral. Para eso desviamos el lugar donde no existe el miedo, la excelsa capacidad interior para decidir, amparada en “la objetividad absoluta”.

Quizás a 100 kilómetros de la Tierra, con el corazón fallando y sin el color del oxígeno, desde donde se parten los azules del horizonte, como fue comprobado científicamente, también deberían haber atisbos de lo brutal y aberrante en lo cual se ha convertido el poder dado por el voto. Seguramente ajeno a esa estética que se siente desde las alturas de lo hermoso que se ve el mundo sin nosotros.

La coincidencia de lo inatrapable en sí mismo, el azar como una bendición, el borde del borde, la consistencia irrenunciable de la eternidad, tal cual como lo abrevió Carl Jung o parodiándolo: ¿Quiénes somos cuando ya no tenemos nada para defender la vida, el llamado prójimo, la injusticia sobre los pueblos que se niegan a ser sometidos? Ahí, ¿qué nos define?, ¿a qué venimos?, ¿a desangrarnos?, ¿qué propósito nos mantiene inertes en el padecer el luto de los acontecimientos arbitrarios en el mundo?

Eso de que existimos todavía después de haberlo perdido todo lo que llamamos perder, hasta donde quede únicamente lo que no puede ser destruido por nada, el lugar del amanecer donde estrictamente ya no hay miedo.

Si todo está unido universalmente, tal vez no hemos mirado la muerte, que es lo más íntimo de lo íntimo que cargamos, con la comprensión y estética con que se mira una flor que muere.  

El final de la continuidad que somos como ADN cósmico, en nuestro contenido, y lo vital, se asocia a lo permanente en cuanto a lo que ha nacido nacerá para siempre, y eso nos conforma. Pero en términos de la raíz desde donde nos desprendemos todos y todo como conciencia evolutiva o como lazos comunicantes, nada hacemos afuera si no va con nosotros lo que nos explica intensamente como corazón.

La ciencia y tecnología sin el corazón no tendrán parque en este mundo. Ni habrá unidad que nos obligue a comprender cuánticamente la mediocridad de la soberbia y la corbata en el funeral.

Imperios van e imperios vienen; son milenios en esas inventivas organizativas sociales del poder y de la miseria humana, que han costado la muerte impune de por lo menos unas tres humanidades. Milenios de imperios, todas las historias juntas, y solo uno, sin justificación alguna, atinó a usar el arma de la comprensión y el respeto a todas las culturas, sus creencias y autodeterminación. Solo ese imperio duró más que todos los que han existido.

No obstante, hoy, lejano de aquel milagro del respeto, por desgracia igual de imperial, espero el anuncio del exterminio de un pueblo que se ha atrevido a dar la cara por la humanidad maltratada y desaparecida en su escondite. En la sala de espera universal me encuentro con la dignidad en harapos. Torpemente espero como si fuera la final de un mundial de fútbol, o la pelea de boxeo del siglo. Vergonzosamente, hasta ahí nos han llevado, a individualizarnos la conciencia colectiva. Irán, pueblo hermano, soñamos en el marasmo mientras, como si fuera una oración, vamos a ti.  

 

Carlos Angulo

 


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