Aquí les cuento | Bucéfalo (y 3)
Rock and Roll.
Siempre habrá imbéciles que aplaudan
los discursos del emperador genocida.
El dios de la muerte tiene
su propio trono celestial: la Casa Blanca.
27/02/2026.- No me podía quedar sin contarte el pedacito del cuento que tiene que ver con uno de los compañeros venidos a menos, pero con una extraña suerte, al final de todo.
Ya te dije que los sobrenombres no pelaban a nadie. Hoy me diste la noticia de que en el liceo del pueblo, donde enseñas poesía, está de portero otro de mis viejos compañeros de trabajo allá en las caballerizas. Claro que lo conozco y me conoce. Es Mosca Verde, que así lo llaman; es un hombre pequeño, y en aquella época era un hombrecito retaquito, fuerte y muy agradable de trato.
Esos terrenos cercanos al hipódromo, en las avenidas que vienen de Coche y las calles que bajan de Tazón, de La Mariposa, por ahí empezaron a construir negocios. Era mucho el portugués que montó sus bares y panaderías. Esos lugares se los pasaban llenos de gente.
Del hipódromo acudían los jugadores y muchos de los trabajadores que pasaban por allá a comprar pan todos los días y otros se echaban sus cervezas. Imagínate, en esa época la polarcita, que era la que más se vendía, costaba un real, y había una grande llamada media jarra que uno pagaba un bolívar y con dos se llenaba el estómago de cerveza. Y era cerveza de la buena, hecha con cebada. Ahora la hacen con yuca, con ocumo, con topocho y con cuanto vegetal puedan conseguir para hacerla.
Rock and Roll era uno de los caballericeros que, sin uno saber los problemas que tenía, empezó a echarse palos cada día, hasta que fue dejando de cumplir con sus obligaciones y ahí, en ese trabajo, los encargados, que son los mismos entrenadores y caporales, no tenían miramiento para botar a cualquiera que se portara mal. Y como todos ellos se conocían en el gremio, quien metiera la pata en un trabajo o fuera irresponsable lo echaban.
Rock and Roll quedó pelando. Pero, como tampoco tenía casa a donde irse, se quedó en el hipódromo y comía aquí, allá, y dormía en una cuadra un día y otro día en otra. Así pasó los años, haciendo algunos trabajitos, y nosotros le dábamos algunas monedas para completar la botella y pudiera seguir en su eterna borrachera.
Aquel pobre hombre era rechazado por los jefes: por los capataces, por cualquiera que tuviera autoridad y le conociera; siempre le decían que se fuera a echar vaina a otro lugar, o a buscar un oficio diferente de estar pegado a una botella de ron.
El hombre comía de lo que le dábamos y a veces se perdía durante algunos días. Y era que las borracheras no lo dejaban moverse hasta las cuadras.
Un día apareció con la noticia de que tenía una línea imperdible para el 5 y 6 del domingo y que era un dato que le había dado el jinete JL. Carpio.
Ese jinete dateador no había ganado una carrera en su vida, era uno de los aprendices recién autorizados para montar, y aquel caballo que correría el domingo tenía como nombre Resplandor. Y era la línea de la primera carrera, según el jugador. Claro, era un caballo sin posibilidades ante la evidencia de la estadística y sus movimientos en los traqueos de la semana.
Cuánto le costó a Rock and roll conseguir los ocho bolívares necesarios para sellar aquel cuadro de caballos.
Al final de la jornada, aquel caballo, por quien nadie apostaba una puya, ganó de punta a punta, completando los seis ganadores. Rock and Roll estaba muy alegre. A pesar de saber que “cuando el pobre lava, llueve”, tenía el pálpito de que, dada la línea de aquel burro que no tenía chance, el cuadro acertado podía depararle unos buenos cobres.
Lejos estaba el menesteroso de saber que estaba en posesión del único cuadro que en Venezuela lograra acertar todas las carreras. Se acercó a la Loba, a Mosca Verde y a Trompa de Zorro; todos estos amigos de las cuadras, y les dijo que había pegado los seis y que le prestaran para una botella de ron. Bueno, entre los tres le dieron doce bolívares; esa cantidad le alcanzaba para tres botellas de Trago Bueno y, como si nada, siguió su rutina de echarse palos todos los días.
El día lunes, despertando de la resaca sobre los cartones que cubrían las pacas de pasto, Rock and Roll estiraba los brazos, se levantó y salió a comprar el Meridiano para comprobar lo que sospechaba, ya que la línea de Resplandor en la primera válida se le había venido de punta a punta y había pagado un realero a quienes apostaron a ganador en las taquillas.
¡Qué vaina es esta!, exclamó al ver que solamente había un cuadro ganador y el diario Meridiano felicitaba al nuevo millonario creado por el azar equino en Venezuela.
Aquiles Silva
