Letra fría | Muerte anunciada y seductora
16/01/2026.- A principios del siglo pasado, era moda la publicación de obras literarias por entregas. Mark Twain, por ejemplo, publicó muchas de sus obras "por entregas" (en revistas o periódicos) antes de ser recopiladas en libros, siendo un ejemplo clave su Autobiografía, publicada en 25 entregas en la North American Review entre 1906 y 1907, y sus famosas novelas como Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn también aparecieron inicialmente en fascículos, una práctica común en la época para serializar historias y generar ingresos constantes, especialmente cuando enfrentaba problemas financieros hacia el final de su vida. Lo que equivale a decir, muy práctica para todas las épocas.
Para mí es como una escritura prefabricada, lo que llamamos escaleta o ayuda memoria, y que finalmente puede ser ampliada o reducida, según sea el caso, a la hora de la publicación final. Traen consigo también situaciones imprevistas o coyunturas que se van dando de acuerdo a fechas celebradas casi planetariamente, como la Navidad y el Año Nuevo. Por eso fue muy grato recordar nuestras aventuras del año 93, en Nueva York, con el poeta William Camacaro, a propósito de “Noches buenas 1 y 2”, cuando cronológicamente tocaba contar mi paso fugaz por la Facultad de Veterinaria y otras peripecias de mis movidos 17 años.
Lo que nunca pude imaginar era que iba a morir el 31 de diciembre de 2025. ¡Que no pasó de vainita, porque Dios es más grande que una mata de coco! En los días anteriores descubrí que la muerte seduce, no como hembra exótica, sino como una presencia envolvente que te va convenciendo de la entrega total. El domingo 28 amanecí bien constipado; la flema era inmensa. Ya el lunes, sentía que mi alma estaba más allá que de acá, y lo peor es que no me preocupaba, sino que comencé a percibir cierta paz, en que había llegado la hora de irme. ¡Morir era una opción!
La muerte estuvo ahí, convincente. Me sentí como un conejo encandilado. Recuerdo los viajes nocturnos a la hacienda Bogotá, en las montañas de Sierra Azul, en un jeep descapotable apertrechado con potentes faros de cacería en las esquinas del parabrisas, que eran las propias armas paralizantes para cuanto conejo osara atravesarse por la carretera de tierra y quedar ejecutado como tiro al blanco o botín de caza de mi padre y sus amigos. Así me sentía yo, en la más severa crisis respiratoria de mi vida, sentir que te falta el aire como en un cuento de Howard Phillips Lovecraft, más conocido como H. P. Lovecraft, escritor estadounidense, autor de relatos y novelas de terror y ciencia ficción.
Lovecraft exploró el tema de los entierros en vida y la no muerte en relatos como Los amados muertos (necrofilia y reanimación macabra) y La exhumación (un entierro fingido que sale terriblemente mal, con cuerpos intercambiados). Sus cuentos a menudo mezclan el miedo a ser enterrado vivo con horrores cósmicos, la ciencia pervertida (Herbert West), la locura y la idea de que la muerte no es un final, reflejando su interés en lo macabro y lo paranormal, aunque él mismo murió en un hospital, no enterrado vivo.
Pero esa era la sensación, sentir que te habías gastado casi todas tus respiraciones posibles y que, si no pedías ayuda, difícilmente pasarías del último día del año; era ir entrando en esa suerte de locura que producen los días sin dormir y lo que era peor, el martes 30, ya no pude ingerir alimentos. Ahí sí comprendí que la muerte era inminente, pero lejos de sentir miedo o intentar salvarme, me fui entregando como encantado de culebra, ese mito del encantamiento de las culebras que paralizan a sus escogidos antes del ataque final, y digo mito, porque los reptiles no poseen capacidad alguna para hipnotizar a sus víctimas, pero sí existe un vaho de su aliento que paralizaría al encantado, aunque voces autorizadas afirman que ese poder hipnótico de su vaho es una descripción ficticia o metafórica.
Pero fuera encantamiento de culebra o síndrome de conejo encandilado, lo cierto era que mi razonamiento había entrado en barrena y mis reflexiones estaban muy lejos del sano discernir y del mínimo instinto de supervivencia. Me dio por justificar la muerte, que ya como que había vivido mucho, 72 años eran más que suficientes; era como firmar la carta de despido de la vida, así de gratis, sin dramas ni sufrideras, sin tener que molestar más a familiares y amigos; era como pasar de un sueño a otro. ¿Será que la utopía onírica existe? Ni siquiera mi más ferviente deseo de tomarme una cerveza con mi nieta Isabella a mis 81 años, en 2034, me quitaba la idea de aprovechar la colita de la muerte, sin pasar por go, ni pagar 200. A lo lejos creí oír al demagogo de Rubén, decepcionándome una vez más: “La muerte es el mensajero que con la última hora viene. Y el tiempo no se detiene. Ni por amor ni dinero”. ¡Allá rodaron los muertos!
De pana que no sé quién fue, seguramente Ana Lucía, o mi angelito malo. ¿Qué te pasa Rumberto? ¿Tas agüevoneao o qué? Y me armé de valor, envié un mensaje de voz al chat de la familia pidiendo auxilio y en emergencia de Chacao me empezaron a parapetear con esteroides y me salvaron la vida, así que prepárense, porque este pedacito de pulmón que me queda lo voy a cuidar como el más grande tesoro de mi vida.
Y si alguien está esperando que despotrique del cigarro, siento decepcionarlos. Cuando me preguntan si el síndrome de abstinencia es muy fuerte y que existen parches, no les he dicho, pero les digo: “El peo es que no soy yo quien necesita de él, es él quien necesita de mí”. Si no fuera porque me queda poco espacio pulmonar, seguiría fumando hasta la muerte, pero tengo otras ideas de los días que me quedan. ¡Y nunca olviden que soy presidente vitalicio del club de fumadores!
Humberto Márquez
