Araña feminista | Primero la vida
Por Alejandra Laprea
07/09/2026.- No se puede estar más de acuerdo con que el primer deber de todo Gobierno es preservar la vida de la ciudadanía. Se necesita vida para seguir luchando y, por supuesto, para seguir soñando y construyendo el futuro. También es cierto que llegado un momento es necesario preguntarnos qué tipo de vida.
Alguna vez oí de una feminista que no luchamos por tener simplemente vida, que luchamos por tener vidas con dignidad, vidas que merezcan las alegrías de ser vividas y no la pena de vivirlas. Y sí, alegrías, luchamos porque el tránsito por este mundo no sea una carrera de obstáculos, sino un camino que nos permita desarrollarnos plenamente en lo que decidamos libremente, y construir la mayor suma de felicidad posible en armonía entre nosotres y el resto de los seres que habitan este planeta (la última frase es realmente importante para deslindar la propuesta del individualismo, nuestra felicidad no significa la opresión de otres, humanos o no humanos).
De las cosas más revolucionarias que hemos planteado los venezolanos y venezolanas, en boca de nuestros máximos líderes Bolívar y Chávez, está la “máxima felicidad posible”.
Para Bolívar, la felicidad no era un concepto abstracto, sino un objetivo político concreto. La independencia, la libertad y la justicia eran medios para alcanzarla. Para Chávez, el objetivo último del socialismo del siglo XXI es la suprema felicidad que no era un fin individualista, sino el resultado de un esfuerzo colectivo. La vía para lograrlo era trabajar unidos para "construir un mundo de justicia social, igualdad y hermandad”.
El año 2026 es el más duro que nos ha tocado enfrentar desde que decidimos reanudar el proyecto histórico de nuestra independencia, cuyas primeras líneas se esbozaron en el discurso de Angostura cuando Bolívar nos muestra la utopía: “El sistema de Gobierno más perfecto” es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social, y mayor suma de estabilidad política. Y por el cual volvimos a apostar en 1998 cuando le dimos la presidencia a Chávez y emprendimos el camino de la revolución bolivariana socialista y feminista.
Desde hace ocho meses parece que solo sobrevivimos. Entiendo las decisiones de quienes nos lideran, como decisiones tácticas, necesarias para defender la vida en un momento de extrema vulnerabilidad. Un momento que se ve agravado con los terremotos; pero igualmente me pregunto en qué momento empezaremos a trazar las líneas que no solo estén destinadas a sobrevivir.
Queremos una vida digna y la dignidad no es solo garantizar lo material, también tiene una dimensión simbólica y subjetiva importantes. Preservar la vida tiene un fin, luchar por un futuro.
Las dimensiones simbólicas y subjetivas de esta vida digna están ligadas a la identificación que tenemos con el proyecto político y las soberanías que buscamos construir: soberanía territorial, comunicacional, tecnológica, alimentaria, cultural, energética; tanto como el deseo de las personas de aportar y defender el proyecto político.
Las bombas no dejaron de caer el 3 de enero siguen cayendo en los campos de batalla de lo simbólico y subjetivo, en el campo de las ideas y disputa del sentido común.
Esta guerra por el sentido no puede quedarse solo en argumentos o principios, debe traducirse en hechos reales, como apunta Fidel: “… Batalla de ideas no significa solo principios, teoría, conocimientos, cultura, argumentos, réplica y contrarréplica, destruir mentiras y sembrar verdades; significa hechos y realizaciones concretas”. (La Habana, 2004).
El 3 de enero perdimos una batalla en un campo en el que las asimetrías de recursos son devastadoras, pero muchas y muchos pensamos que ganábamos un día más para luchar y esto significa muchos frentes.
Tenemos que luchar en lo material, en lo diplomático y también en lo simbólico. Reanudar relaciones con el Gobierno genocida de Israel, aceptar que el oro venezolano sea trasladado a EE. UU., o que el petróleo sea saqueado por EE.UU. son derrotas en lo simbólico y subjetivo que nos hace preguntarnos ¿qué clase de futuro nos espera? Estas dudas no son falta de confianza en los liderazgos que están en el Estado y que evidentemente están limitados por las amenazas bélica.
En este nuevo contexto es necesario un puente entre los liderazgos que están en el Estado y los liderazgos que están en lo comunal, en los movimientos sociales que tienen otros límites y pueden desarrollar otras tácticas para que colectivamente pueblo y gobierno y pueblo organizado demos la batalla en lo subjetivo y simbólico, y sigamos caminando hacia la utopía.
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