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Libros libres | Teresa de la Parra y el alma femenina en la historia

Por Gabriel Jiménez Emán 

17/08/2026.- Sería útil revisar hoy, cuando se valora cada vez más el rol de la mujer en la sociedad, un opúsculo de tres conferencias dictadas por Teresa de la Parra en Bogotá: "La influencia de las mujeres en la formación del alma americana" (1930), donde la autora, en un ensayo novelado, desarrolla aspectos relevantes del rol de la mujer durante la conquista, la colonia y la independencia, con una soltura estilística admirable. Sin acudir a recursos culteranos o eruditos, nos ofrece una panorámica sobria, dinámica, elegante, de los papeles de la mujer, acudiendo a ejemplos concretos de féminas que, de manera individual o gregaria, han asumido sus compromisos históricos, sociales y familiares.

En la conquista, las mujeres serían dolorosas crucificadas por el choque de las razas; las de la colonia serían místicas y soñadoras; las de la independencia, respiradoras y realizadoras. En esta Edad Media criolla que, según Teresa de la Parra, es la colonia, la naturaleza catequiza a los nuevos bárbaros, mientras ellos catequizan a los indios. En nuestro caso, el Diario de María Eugenia Alonso sería volteriano, pérfido y peligrosísimo en manos de las señoritas contemporáneas; en él se percibe un mariposeo mundano y frívolo, con un trasfondo de incomprensión, el cual tiende a un esnobismo criollo naturalizado en el extranjero, dando pie a un feminismo naciente y propiciando de paso el bovarismo en Hispanoamérica; es decir, la Madame Bovary de Flaubert se pasea campante por algunos espacios nuestros, víctima de traiciones, llena de culpas y oscuros presagios.

Mientras en el convento las monjas viven entre libros, la mantuana soñadora se halla encerrada eternamente en casa; las mujeres envejecen solteras y se ponen más maternales que sus propias mamás. Estas son para Teresa de la Parra las creadoras de nuestro típico sentimentalismo criollo, que aman siempre con dolor. Durante la colonia, la mujer aparecería ingenua y feliz, como los niños y los pueblos sin historia; la mujer se encierra dentro de la iglesia, la casa o el convento, en una sociedad que madura en silencio. Nuestra autora asume su nostalgia de lo colonial como punto de partida para crear Ifigenia. Allí se conforman los vestigios de esta época para dar forma a una patria que la independencia solo alteró de manera externa; de ahí también que nuestra escritora hable de la "aristocracia pobre" de Caracas, o considere a las monjas como precursoras del moderno ideal feminista.

La mención a la Ifigenia griega clásica es apenas postrera y funciona solo como símbolo, tal la presenta el gran trágico Eurípides en su obra Ifigenia en Áulide. Hija de Agamenón y Clitemnestra y hermana de Electra, vengará a su padre después de la Guerra de Troya. Para ello se debe sacrificar a Ifigenia, mientras la nuestra se ha sacrificado simbólicamente como mujer, para que los suyos sean felices, aun cuando esa felicidad tampoco sea posible.

"¡Sí!, como la tragedia antigua soy Ifigenia, navegando estamos en plenos vientos adversos, y para salvar este barco del mundo que, tripulado por no sé quién, corre a saciar sus odios no sé dónde… es necesario que entregue en holocausto mi dócil cuerpo marcado por los hierros de muchos siglos de servidumbre. Solo él puede apagar las iras de ese Dios de todos los hombres en el cual yo no creo y del cual nada espero. Deidad terrible y ancestral; Monstruo Sagrado de siete cabezas que llaman: sociedad, familia, honor, religión, moral, deber, convenciones, principios. 

»Divinidad omnipotente que tiene por cuerpo al egoísmo feroz de los hombres; ¡insaciable Moloch, sediento de sangre virgen en cuyo bárbaro altar se inmolan a millones las doncellas!".

La simbología es un tanto forzada, pero válida; funciona como una suerte de metáfora universal. Lo relevante aquí es otra cuestión: el despliegue de una sonda íntima, de una condición humana de varias facetas conflictuadas en pos de una visión cosmopolita. Se trata de una obra vanguardista —conceptual e históricamente hablando—, osada en el sentido experimental del término, por cómo se va gestionando su trama de lo externo hacia lo interno; se va reduciendo su corpus histórico y epocal hasta convertirlo en un débil manojo de sentimientos o impresiones fugaces de la existencia. El contexto histórico sigue estando impregnado por las dos guerras mundiales de Europa en el siglo XX y por los conflictos externos e internos que configuraron esa refriega.

Desde un espacio de intimidad y perplejidad, nuestra gran escritora logró narrar latencias, sentimientos, intuiciones y dudas, más que demostrar tesis o certezas; consiguió narrar desde la interioridad femenina —y de todo lo que ella involucra— para construir un sentido múltiple de temperamento, ánimo y exaltación perdurable. Gracias a su sensibilidad transgresora, conquistó así un lugar de excepción en la literatura venezolana y latinoamericana de cualquier tiempo.