Letra desatada | Cuando dos amigos se van
Por Mercedes Chacín Díaz
07/02/2026.- Mientras se movía la estructura, la mole de un centro comercial en Caracas, esperaba el fin. El fin no llegó ese día. No nos llegó a Héctor ni a mí. Con el pasar de las horas y teniendo la dimensión de la situación de mi familia, compañeros de trabajo y amigos más cercanos, esperaba un zarpazo. El primer zarpazo se tradujo en un nombre el día 29 de junio: Carlos Silva Amarista. Nos habíamos reencontrado en cariño y propósito apenas hace dos semanas. Por alguna razón, no tenía guardado en mi teléfono su número y no lo felicité en su momento por su nueva responsabilidad gubernamental como presidente del Metro de Caracas. Lo vi activado, entusiasta, feliz y empoderado de su labor. Carlos era de las personas que no le importaba la tarea que se le asignara. Se entregaba en cuerpo y alma del boy scout que nunca dejó de ser. Su experticia era la informática, pero bastaba que se le diera una orden para cumplirla. Nos encontramos en Hidrocapital en el año 1999, donde lideraban una amiga y dos amigos: Jacqueline Faria Pineda, Alejandro Hitcher y Cristóbal Francisco.
Le perdí la pista unos tres años, pero hace dos semanas comprobé que eso no importó. Le mandé un mensaje diciéndole que quería hablarle. No exagero cuando digo que no pasó un minuto cuando ya estábamos conversando. Seguíamos siendo amigos y compartimos la necesidad de hacer una alianza informativa entre Ciudad CCS y el Metro de Caracas. El beneficio mutuo era obvio. Conversamos sobre redes informativas, de reportajes, de exclusividad, de las carteleras del Metro y el uso que le podríamos dar. Hablamos de sus hijos y de mi hija. Estábamos contentísimos del reencuentro y nuestras ideas se atropellaban. Queríamos vernos pronto. La semana pasada. Pero ya estaba en camino el zarpazo.
Creí verlo en algún video del Litoral. No era él. Su muerte me llegó de repente, verbalmente. Yo que tiendo a enterarme antes que muchos de las muertes y vivo para contarlas, no me dio tiempo de escribir su obituario ni de anunciar la noticia en los grupos. Lo leí con susto deseando que se tratara de un error, y aunque la evidencia era cierta —pues me enteré por el obituario del Metro de Caracas—, yo deseaba con fuerza que no lo fuera. Tras enterarme de su partida, llegó otra noticia, otra ausencia: el ingeniero Moisés Carpio, un gran amigo, y su hijo fallecieron en el Litoral Central de Venezuela en su apartamento.
A Moisés me lo encontré muchas veces en la calle, en la batalla, en las marchas, en las concentraciones y, hace un par de años, en la remodelación de mi emprendimiento. La empezó y no la terminó. Siempre caballero, siempre amable, siempre coincidiendo en el tema político, siempre nostálgico, siempre respetuoso, diciéndome carajita (aunque hace tiempo dejé de serlo) “contigo no voy a discutir”. Y no discutimos.
Mi fin no llegó ese día, les llegó a muchos, a demasiados. Pienso en ellos y siento esa sensación extraña, como la de un hueco en el pecho, que me duele y me agobia. Estamos de luto y tristes. Pero le tengo malas noticias a las hienas de siempre: nos volveremos a levantar. Ya estamos recogiendo sus banderas, que son banderas de amor y paz. Es lo que queremos en Venezuela. De la mezquindad, de los rumores, de las narrativas criminales, me ocuparé pronto. Primero vaya hasta los familiares de Carlos y de Moisés y su hijo, todo mi cariño y consideración. Fueron hombres de bien. Despidámoslos con orgullo. Y a través de ellos a todas las víctimas de esta catástrofe humanitaria. ¡Mucha fuerza! Sigamos.
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