Aquí les cuento | Papi Miro
Por Aquiles Silva
Es verdad, uno nunca
debe dejar la arena donde
imprimió su primera huella.
—¡Qué bueno que al fin te volviste a tu lugar, muchacho! ¡Mira que todavía estás joven y puedes aprender lo que se te olvidó del diario existir de la playa!
Fue ese el saludo que acompañó el abrazo de bienvenida, a Alexander. Aquel niño que creció en la playa, que montaba, a caballo sobre los trenes de pesca aprontados al lado del pretil, que contiene la marea donde el bote danza mostrando la popa a escasos dos metros de distancia.
El muchacho fue un regalo de la vida. Llegó con su madre, desde Ciudad Bolívar, a conocer Merito y se quedó junto a ella enredada en la atarraya de afectos lanzada por el fuerte pescador.
En esa costa del interior del golfo de Cariaco, se establecieron las comunidades ancestrales de pescadores; partiendo desde Manicuare, Tacarigua, Mero, Merito, Las Tacuas, Los Cañones, El Turrón, La Conserva, El Ojeo, Salazar, La Angoleta y dale hasta más allá.
Cuánta vida y cuánta historia habita en esta costa visualizada desde la carretera, que conduce desde Cumaná hasta San Antonio del Golfo.
Las casas se miran a lo lejos, mojándose los pies en la orilla. Al pie de los cerros enrojecidos de sol, salpicada de calvas montañas, con pelos dispersos de cardones y milenarios cujíes; sobre un suelo de granito fracturado y regado al voleo.
Alexander había partido una madrugada junto a Licho, un amigo de Tacarigua, uno de los tantos que pateaban la pelota en las tardes, en la cancha de Mero, adonde acudían las muchachas a gritar y a reír mientras se sucedían las partidas.
En un giro del tren, como cuando se lanza la calada a los jureles, había recorrido ciudades de Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, hasta regresar a la tierra que lo vio nacer.
—¡No me lo cuentes todo ahora. Espera que, de ser cierto que te regresaste para quedarte, ya tendremos tiempo, años para que poco a poco me describa cada experiencia vivida en tu paseo por el mundo; de donde por lo que veo solamente trajiste sobre ti: los diez años que se te sumaron y un bolso lleno de ropas, que aquí en la costa no necesitarás para ser feliz.
Cuando Emiro Núñez lo recibió en su casa, junto a la madre enamorada, apenas tenía cuatro años y aprendió a llamarle Papi Miro… de ahí que todos los habitantes de las catorce casas de Las Tacuas, le bautizaran con esa expresión. Pero sépase que el nombre del joven es Alexander Martínez Rojas, nacido en Ciudad Bolívar, y que recaló como tronco a la deriva en esta costa, porque su madre lo trajo a conocer la frescura de las olas y el sabor de la cojinúa frita, acabada de sacar a cordel de la despensa del golfo de Cariaco.
Todos los jóvenes, quienes permanecieron en la comunidad, salieron a saludarlo. Le hacían rueda para escuchar, hasta las diez de la noche, sus experiencias narrables, ya que de las calamitosas nadie debía contagiarse.
"En esos años conocí a mucha gente buena. Amigos, mujeres. Tuve que correr y saltar de un sitio a otro, de trabajo en trabajo, de patrono en patrono. De mucho pan a poco comer. Pero sabes que los venezolanos somos “tiraos palante” y que siempre resolvemos con alegría cada problema que se nos presente.
»Tuve en cada uno de esos pueblos, en cada ciudad, una novia y no puedo saber si se quedaron algunos carajitos por allá en eso cuerpos que visitaran mis instintos. Pero, bueno, eso es parte de la vida. Y en estos países nos parecemos tanto, al menos en la forma de comunicarnos. Pero siempre nosotros estuvimos como arrinconados lejos del alcance de las bondades de cada país. Todo hay que pagarlo, si te da una gripe te cuesta caro.
»Cuando te ofrecen trabajo, siempre te pagan menos de lo que deberías ganar. Por ser extranjero te pagan la mitad. O a veces mucho menos. Pero sabes que la necesidad tiene cara de perro y no pocas veces nos muerde las batatas.
»Cada vez que la tristeza me acorralaba, sacaba olas de mi recuerdo y respiraba el mar, las casa de las Tacuas, el olor de los trenes amontonados, las conversaciones, el sonido del sartén friendo los catacos, las arepas y las tetas de jobito después del fútbol.
»Son tantas las cosas que llevamos como verdadero equipaje, cuando dejamos nuestros pueblos, que todo eso me hacía reflexionar y convencerme de que tendría que regresar a mi comunidad.
»Es verdad, cada uno de nosotros que sale de su pueblo, de su país, tiene, al menos en la lengua, la idea de que va a volver con plata.
»Y también me lo creí, pensaba que regresaría con dinero suficiente para comprar un peñero, trenes de pesca y al menos un par de motores para establecerme como un pescador acomodado y sacar del mar mucho más de lo necesario para vender y capitalizar un proyecto de vida.
»Pero me pongo a ver: Papi Miro está aquí, tan joven como lo dejé al partir. La misma sonrisa, la misma salud, la misma alegría de vivir. ¡Caramba! y no ha tenido que dejar su casa, sus amigos, su gente para irse a buscar nada, más allá de la otra orilla del golfo que le haga sentir mejor.
»Me da risa porque le traje tres pantalones cortos y cinco cachuchas. Y me dijo:
»—¡Carajo muchacho! ¡Me hubieras traído un solo chorcito y una cajita de anzuelos número 13, que se me acabaron esta semana los que tenía! Y en estos días lo que hay es cojinúa por maras, ahí mismo frente al morrito de la Conserva".
Lunes 22 de junio 2026
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