Caracas, 20 de junio 2026
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Letra fría | La vuelta al día en ochenta mundos

Por Humberto Márquez

20/06/2026.- La vuelta al día en ochenta mundos es un libro de Julio Cortázar publicado en 1967. El título es un juego de palabras con La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. El libro homenajea las influencias literarias de Cortázar mientras narra los nuevos desarrollos en el mundo de la música durante la década de 1960, el arte moderno, el dadaísmo y el surrealismo, por ejemplo. Sin embargo, la imagen que en mí se forma es la de muchos viajes en un día, como la de muchos "paisitos" empujándose para entrar en modo día, o ver a los cronopios de don Julio columpiándose en las lámparas de cristal de L'Olympia de París, en el concierto de Louis Armstrong. Una manera de vivir viajando, como si se tratara de un sueño literario para no volver, o seguir viviendo en "modo viaje", como dicen ahora.

Viajar, con todas sus letras, es una cosa, y turistear es otra. El turista sabe cuándo sale y cuándo retorna; el viajero, a veces sí, a veces no. Yo pasé tres meses en París —y perdonen la entrepitura—, y no subí a la Torre Eiffel; en tanto que a Tokio tuve que ir obligado porque mis anfitriones, instruidos por mi amigo el embajador Jutaro Sakamoto, agregaron un poco de turismo occidental a mi itinerario de templos, bibliotecas y periódicos. Sin embargo, lo que es por mí, esos monumentos son materia vista, aunque —aclaremos— el punto no son los monumentos; los museos tienen su encanto y las maravillas del mundo también.

En el suplemento número 59, titulado "Viajar", de los Libros UNAM (Universidad de México), se afirma:

El viaje es el tema original de la literatura. Los desplazamientos de los seres humanos de un lugar a otro crean un conocimiento de contrastes, miradas refractarias, rutas iniciáticas que documentan nuevos talantes y ponen en tela de juicio apreciaciones preestablecidas sobre el entorno. Viajar es movimiento y reconocimiento; viajar es saberse distinto, distinta, a la vez azar e identidad. Al viajar se construyen las coordenadas del intervalo recorrido, de los pasos dados que adquieren los mapas de nuestras epidermis, que matizan las cartografías del alma. Los viajes se respiran en profundidad y se exhalan para construir una memoria cercana a la felicidad perpetua: una manera honesta de acompañar un paisaje inabarcable que se convierte en un constante cambio de piel.

En esa onda se inscribe la visión viajera de don Alberto: "Visitar otras latitudes toda la vida, conocer otras culturas, conocer lugares nuevos, por lo que puedo decir que soy un apasionado de los viajes". El viaje es transportarse a otras latitudes, descubrir territorios ignotos, conocer culturas inesperadas. O, a lo mejor, también podríamos hablar de esa otra posibilidad llamada los "viajes interiores", los cuales podrían resumirse en ese extraordinario título de Julio Cortázar La vuelta al día en ochenta mundos. Esos que, como diría el gran Robert Louis Stevenson cuando hubieran pasado unos años, podrían sentirse como "el maravilloso placer que proporcionan los recuerdos".

¡Ey!, pero no es que el lunes sea puente y esté maquinando irme de "finde" a Choroní o Margarita (destinos adorables, por cierto). El cuento es que a los Vollmer de Marcellus se les dio la posibilidad de darle la vuelta al planeta en el barco de pasajeros más grande de toda la bolita del mundo, concebido para sustituir al Île de France y al Liberté, dos viejos buques que debían ser sacados de circulación para construir dos nuevos. Sin embargo, por intervención de Charles de Gaulle, quien fue partidario de hacer solo uno, las cosas cambiaron.

El France, célebre trasatlántico de la Compagnie Générale Transatlantique, fue botado al agua por la esposa del mandatario, Yvonne de Gaulle, como madrina de ceremonia. Ella habría conminado a Christine a estar a bordo cuando el buque diese la primera vuelta al mundo, un sueño que pudo cumplirse diez años más tarde, incluyendo la deliciosamente ociosa triple escena de ver el Taj Mahal en la puesta de sol, con luna llena y al amanecer. Por entonces, don Alberto se hizo cronista de viajes con el seudónimo de Antonio José Vergara, acorde con sus iniciales (AJV). En una parte aérea de la vuelta, ya en la India, tomaron un avión en Madrás para ir a Katmandú (Nepal) y reencontrarse luego con la nave de la French Line en Bombay. También fueron a Delhi, donde vieron el Taj Mahal, descrito por el poeta Rabindranath Tagore como "una lágrima en la mejilla del tiempo". En 2007, este monumento fue designado una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno.