Templanza económica | El flanco productivo
Por Marcial Arenas
11/06/2026.- El flanco productivo de toda sociedad define su grado de desarrollo. Es uno de los vértices más importantes para la defensa: producir internamente los bienes necesarios para la vida social. El nuestro adolece de un mal perfectamente descrito por la categoría capitalismo rentístico. El rentismo es la ausencia de desarrollo real de las fuerzas productivas debido a la dependencia de una fuente de recursos con tal rentabilidad que inhibe el desarrollo de otros sectores.
La forma limitada de aprovechar la riqueza petrolera nos mantiene atrapados en el modo incipiente del capitalismo mercantil: exportamos minerales y compramos afuera todo lo esencial y lo suntuoso, de acuerdo al nivel de ingresos externos. Un signo de este fenómeno es que disfrutamos como sociedad la bonanza de los jeques y pasamos a sufrir carencias extremas, dependiendo del punto que ocupemos en el inestable ciclo de los precios del commodity. Aun así, en los días de menor ingreso petrolero, el aparato productivo responde, casi espontáneamente, sustituyendo la importación de alimentos. Pero rubros como insumos, repuestos y bienes de capital continúan restringidos por las limitaciones que impone el cepo rentístico.
Esa vulnerabilidad económica es la rendija por donde se nos está yendo el esfuerzo revolucionario que respondió a la oleada popular del Caracazo y otras decepciones acumuladas en la lucha del pueblo. Es más: el sacrificio de los combatientes que custodiaban al presidente el 3E es muestra de la valentía guerrera de nuestros soldados. No es allí donde nos están venciendo, ni siquiera en el funcionamiento de los dispositivos electrónicos de defensa militar. No es allí donde encontraron nuestro talón de Aquiles. Es en el papel de meros consumidores que el neocolonialismo estadounidense ha impuesto, por distintas vías, desde tiempos de Guzmán Blanco. Los gringos desplazaron los modos europeos y han decidido sobre nuestro modelo socioproductivo y de vida.
Estamos en la ventana liberadora que abrió Chávez y poco a poco nos la han querido cerrar. Más allá de la diplomacia de paz, debemos profundizar la resistencia mediante la consolidación de un modo productivo propio, pero direccionando el esfuerzo. No es el mercado el que debe marcar la pauta, porque dirigirá el ingreso nacional a las importaciones bajo el trillado argumento de que importarlo es más barato. Y la conseja popular nos dice que lo barato sale bien caro.
¡Produzcamos para vencer!
Por ejemplo, desarrollando las cadenas de nuestros recursos más abundantes: tenemos el tercer mayor caudal de aguas en el río Orinoco, el lago de Maracaibo y el lago de Valencia. Hidrocarburos líquidos y gaseosos. Carbón. La tercera reserva mundial de hierro. Bauxita y capacidad de reducción de aluminio. Torio, coltán y otras tierras raras. Oro. Diamantes. Hidrógeno y azufre asociados al petróleo.
750 mil km² de mar en la zona económica exclusiva. Recursos pesqueros. El bosque inducido de pinos más extenso del mundo en Uverito. Paisajes turísticos únicos. Una ventana demográfica favorable: 60% de población joven y educada. Así que, al caudal de capital disponible, producido y no producido, debemos sumarle la economía del conocimiento.
¿Qué nos impide, entonces, ser la Venezuela potencia de las consignas?
Hay que pasar a los hechos utilizando de forma consciente la obligatoria coordinación de políticas macroeconómicas. En primer lugar, hace falta construir un impermeable frente por la defensa de la producción nacional, dirigido desde la presidencia con todos los factores nacionalistas. Fomentar la participación de la población en el hecho productivo. Nuestra arma defensiva debe ser la producción local. Debemos desarrollar el mercado interno de oferta y trascender a los mercados adyacentes. La política cambiaria debe ser herramienta para proteger lo producido acá y desincentivar las importaciones masivas. En lo productivo deben trazarse líneas rojas para preservar las divisas y fortalecer las reservas internacionales. La política fiscal debe sincronizarse con los objetivos productivos.
En cuanto a la producción, es posible aumentar el ingreso nacional con acciones como cesar la exportación de chatarra ferrosa cortada en vez de alimentar el complejo siderúrgico nacional para exportar esa misma chatarra convertida en palanquillas o rubros de mayor valor agregado. Este commodity de la industria siderúrgica quintuplica el precio internacional de la chatarra simple. Todo el plástico desechado debería orientarse hacia un ciclo cerrado de recuperación, dedicando alguno de los módulos de la industria de refinación, tal como se ha documentado la recuperación de desechos de empaques laminados mediante destilación. Con iniciativas de este tipo, generamos divisas o, al menos, las ahorramos cambiando su percepción de desecho sólido a activo de la economía circular.
El enemigo a vencer es, primero, nuestro apego por lo hecho en otras latitudes; y en segundo lugar, el temor a la independencia productiva. Cubierto ese flanco, podremos construir las fortalezas necesarias para echar una vez más al colonizador. En palabras de Alí Primera: "Que después se volvió gringo y hasta al español jodió".
Queda construir la fortaleza para enfrentar al depredador de nuestra riqueza. Sabemos que la ruta productiva la dejó trazada el Libertador en dos documentos fundacionales: la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura. Chávez y Maduro la pusieron en práctica.
Hoy, 211 años después, sigue siendo materia pendiente el modelo productivo independiente y liberador. Esa materia es propia del frente nacional de liberación productiva a construir.
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