Retina | Los juegos del hambre
Por Freddy Fernández
@filoyborde
08/06/2026.- En algunas distopías asistimos a mundos dominados por personajes del show, que viven para el espectáculo, inmersos en un perfomance hiperbólico, dedicados a su representación y ajenos a su condición de personas.
Son mundos crueles en los que una vasta población está sometida a los caprichos de estos pocos seres elitistas. Mundos en los que los oprimidos parecieran hipnotizados por la exhibición omnipresente que marca sus vidas desde la pantalla.
Un carnaval permanente se ha instalado en el centro de la vida. El Rey Momo —ese personaje improvisado cada año para servir de válvula frente al poder, pues, es un monarca de quien nos podemos burlar, empujar, mojar y emborrachar—, se convierte en poder real y, sin dejar de ser grotesco, pasa a dictar leyes reales.
Creo que no se trata ya de distopías. El uso masivo de la telefonía celular ha sumergido a la humanidad en un show global permanente y le ha permitido a un grupo selecto, muy pequeño y muy rico —los dueños de las empresas dedicadas a manejar los grandes flujos de datos— administrar la política, entendida esta última como los anhelos y las esperanzas de todas las personas en el mundo, con capacidad de captar estos sentimientos de forma individual y unir esas apetencias en eficientes mensajes personalizados para obtener resultados claramente definidos.
Los juegos del hambre, La isla, 3% y The maze runners son algunos ejemplos de estas distopías en las que el poder aparece como una función realizada por hiperbólicos individuos burlescos. Es el carnaval como realidad constante de la sociedad.
El carnaval fue siempre una suerte de válvula que permitía unos días de mayor libertad e igualdad, una especie de ilusoria venganza colectiva, un momento de desconocer a las autoridades e imponer un ser risible como monarca desechable y carente de poder real.
Hoy la élite multimillonaria explota ese espíritu de venganza reinante en el carnaval para imponer una política carnavalesca permanente. El Rey Momo se las ha arreglado para hacer que la gente no entienda de qué va su acción política, mientras permanece como personaje histérico y alocado, aparentemente impredecible, con anhelo de perpetuidad, que no oculta sus nexos con los nuevos señores feudales del planeta, como Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos, entre otros.
La distopía ya está aquí. Miren a Trump, miren a Zelenski, vean bien a Milei, y verán cómo es el desempeño de Momo cuando obtiene el poder real.
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