Caracas 29, de Mayo de 2026
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Aquí les cuento | El primer Diyei (1)

Por Aquiles Silva

 

A mi Aveluna.

La niña que repara las alas

de las mariposas.

 

29/05/2026.- Corría el año 1962 cuando el viejo Pedro apareció con una novedad. Melquíades era adolescente todavía y aprendía de sus padres el oficio de prestidigitador y bonguero, que lo llevaría a Macondo.

La casa de bahareque y escándulas dejaba filtrar la luz de la luna por los pequeños orificios que, como haces de luz, se proyectaban en la lechada de las paredes interiores del rancho.

Faaacú, faaacúuuuuuu. Sonó la corneta de la pequeña camioneta Mercedes Benz que, conducida por Moncho Dágger, recogía a los pasajeros que viajaban a Barcelona por la carretera de tierra de 170 kilómetros de largo.

Eran las cuatro de la mañana. Se sabía la hora porque los burros rebuznaban puntuales cada madrugada. Y aunque el reloj despertador no cesaba de sonar en la salita, sobre la mesa que hacía juego con los muebles de paleta, no era necesario darle cuerda a la alarma, porque el hombre tenía la necesidad de vaciar la vejiga al pie del roble que alinderaba, al este, el patio con la vecina familia Velazco.

“Don Pedro” había llegado la semana pasada, montado en aquel caballo carteado, finamente aperado. Arrebiatado el viejo burro cano, cargado de las hojas curtidas de tabaco, listas a ser torcidas por las manos de la sumisa y diligente mujer.

Nunca fue un buen padre, decía La Morocha. Pero nadie se explicaba cómo pudo haberle parido once hijos. Algo bueno debía tener. Ella lo explicaba por aquello del amor.

Nunca tuvo ojos en su vida para otro hombre. Refería que, cuando vio a aquel joven montado en esos caballos briosos, que él mismo amansaba, le temblaron las canillas como pollo con moquillo y supo, en ese instante, que él sería quien recibiría la ofrenda de su tierna existencia.

Apenas dieciséis años tenía cuando dije que sí ante el jefe civil. Eso ocurrió en esa casa, que está frente a la biblioteca del pueblo y que era de don Rafael, quien me protegiera durante mi infancia y me entregara en manos de aquel “buen partido”, hijo del honorable inmigrante. Uno de los pocos que sabía leer y escribir en esos primeros años del siglo veinte.

La mujer expresaba: —¡Fui sal en la piedra! ¡Durante toda mi vida fui solo eso: sal en la piedra!

¡Tu pai nunca hablaba!

Cierto era. Ordenaba con su mirada terrible y todos hacían silencio. Hasta las brasas del fogón.

La adustez de su rostro imponía, cual muralla infranqueable, cualquier comunicación; menos la mínima manifestación del afecto ausente. Quién sabría si alguna vez los sintiera, por su sumisa esposa y la numerosa prole de su descendencia.

 Llegaba cuando “le tocaban campana”. Una vez al año se le veía en la plaza saliendo de la iglesia, con el hombro izquierdo soportando la parihuela, donde la patrona del pueblo se mantenía de pie, vistiendo aquel traje negro, el bastón de pastora y un pañuelo blanco en la mano derecha empapado de lágrimas centenarias.

Era, al parecer, su único compromiso. Más de una vez se le vio en la procesión, sin que recalara por la casa. Ausente de la familia por largos períodos: dos años, siete y a veces más.

Había envejecido rodeado de un reverente respeto por parte de los vecinos, quienes le adjudicaban, por herencia, la dignidad, valor real y estima ganada a pulso por su padre, aquel viejo inmigrante que fundó, de la nada, una comunidad y una posición económica estable, que sirvió de ejemplo a muchos hombres de bien de estos pueblos.

Había llegado, como siempre, montado en un caballo con silla reluciente de fino cordobán curtido. Seguramente, de las mejores que hiciera en Guaribe don Águedo Bernáez. A veces, traía un saco de patillas corocoras, que los hijos, después de pronunciar a coro el ritual de “Bendición, papaíto”, comían golosamente.

El hombre esperaba bajo la neblina y el tenue rocío, que le obligaba a llevar las manos a los bolsillos. Plantado en la calle, antes de estacionar la camioneta. Flaco y vestido de caqui, bajo el sombrero de cogollo curtido y la chacara, con las monedas sencillas, para pagar los dos cincuenta que costaba el pasaje.  

Con su equipaje, consistente en los cuatro rollos de tabaco de mascar en longaniza, que las manos de la mujer torcieran.

Una vez al año llegaba hasta La Chica, aquella pulpería visitada por los campesinos de los pueblos cercanos a la capital del estado.

El vale Pedro mascaba tabaco. Era de casi no hablar y poco comer. No tenía que caminar mucho para vender los rollos exquisitos. El dueño de La Chica, al verlo, le saludaba y recibía en el mostrador todo el tabaco que le ofreciera en venta.

En breve negociación cerraban el acuerdo por el precio, satisfactorio para ambos hombres. Ya a las diez de la mañana estaba libre de aquella diligencia.

Moncho Dágger había ratificado, como todos los días, la hora del retorno. —¡Los que se regresan hoy conmigo, no se desperdiguen tanto, que a las dos de la tarde arranco para El Valle!

La corta avenida Cinco de Julio se extiende desde la vieja fuente hasta la plaza Miranda, pasando antes frente a la Casa Fuerte.

Por ahí caminaba, mirando, respirando la calurosa mañana por todos los poros de su piel.

Las voces de los turcos y el natural olfato para captar clientes, compradores de cualquier baratija, inundaban el ambiente.

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