Letra fría | El joven Alberto J. Vollmer
Por Humberto Márquez
29/05/2026.- Por el afán de no hacer el cuento tan lineal y por meterle bolero a este cuento, llegué rapidito a la historia de amor entre Alberto y Christine, y me salté la educación en casa, las institutrices, la inglesa, que habían contratado en casa de los Rothschild en París, y la francesa, madame Mathieu, que les enseñaba francés dos o tres veces por semana. También su afición por los Yankees de Nueva York, su equipo favorito en las Grandes Ligas, a cuyas finales asistió muchas veces, a excepción de la serie del 60 (menos mal que perdieron ante los Piratas de Pittsburgh), porque conoció al amor de su vida en la Gare Saint-Lazare, la estación para abordar el tren de la ruta París-Le Havre, puerto en la región de Normandía, al norte de Francia, donde abordaría el buque Liberté para ir a Nueva York. Ahí se fue cocinando aquel hermoso enamoramiento que culminaría en feliz unión matrimonial el 22 de agosto de 1961, en ceremonia celebrada por uno de sus profesores del colegio San Ignacio de Loyola, el padre Luis María Arrizabalaga.
Su hermano Gustavo ingresó al colegio San Ignacio, y él siguió estudiando en casa, hasta que presentó examen del cuarto grado en una escuela que quedaba al lado de la iglesia San Juan, y en el sexto grado, finalmente entró al colegio jesuita a los 10 años. En el colegio, no es que fuera una lumbrera, pasaba con 12, pero pasaba; ya en cuarto año fueron a presentar un examen de lapso, con autoridades del sector público y el examinador era Luis Beltrán Prieto Figueroa, y como venían del San Ignacio, ¡los raspó a toditos! Y tuvieron que ir a reparar en Maracay. Aparte del padre Arrizabalaga, recuerda de sus profesores a los jesuitas Dionisio Goicochea, Modesto Arrazola y Genaro Aguirre, a quien muchos años más tarde conocí en Maracaibo, en mi colegio Gonzaga, también de jesuitas. A pesar de los pequeños tropiezos, se graduó de bachiller a los 16 años.
Don Alberto cuenta que su adolescencia fue muy feliz; pasaba las vacaciones en la hacienda Santa Teresa, con buena parte de su familia; de hecho, el encargado era su tío Jorge Herrera Uslar, hermano de su mamá, casado con Mora de La Sota (me imagino que hermana de Concha o pariente). Muchas veces, la tía Quirina, viuda de Roberto Guzmán Blanco, hermana de su mamá, se quedaba en la hacienda. Ella había conocido a un piloto italiano, bien parecido, Oscar Molinari, que fue traído a Venezuela para entrenar a pilotos de la Fuerza Aérea y, prendado de la tía, volaba de la base aérea de Maracay y se iba a hacer piruetas sobrevolando la hacienda para enamorar a Quirina. Finalmente, se casaron, se la llevó a Italia, nació el primo Oscar Molinari Herrera, y un día, probando aviones de guerra, se estrelló, dejando a la tía Quirina viuda por segunda vez.
Los estudios continuaron con un curso en la Phillips Academy en Andover, Massachusetts, cerca de Boston. Allí fue compañero de George H. W. Bush, presidente de Estados Unidos desde 1989 hasta 1993, y fueron muy buenos amigos. Terminaron el curso el 30 de junio de 1942, y Bush se alistó en la Armada como aviador naval, y antes de desarrollar su carrera política, vino a Venezuela a abrir una sucursal del banco del cual era gerente en Houston, y mientras conseguía residencia, se quedó un mes en casa de los Vollmer. (Me imagino que en la casa grande al lado de la Universidad Simón Bolívar). Conocieron mucho a su esposa Bárbara y a su hijo Jeb, quien fue gobernador de Florida. A quien no conoció fue a George W. Bush, quien fuera presidente de Estados Unidos por dos períodos consecutivos.
El joven Alberto José Vollmer soñaba con ser ingeniero químico en la Universidad Central de Venezuela, pero no había esa carrera; pensó en hacerla en Cornell University, pero la Segunda Guerra Mundial no lo permitió y debió conformarse con Ingeniería Civil en la UCV. Eran 100 estudiantes, 99 hombres y una mujer, María Luisa Silva, quien se casó con el Fico Rivero. De los profesores recuerda a Blas Lamberti, quien era miembro de la Junta después de la caída de Pérez Jiménez; Santiago Vera Izquierdo, quien llegó a ser rector de la UCV, además de ministro de Minas e Hidrocarburos, y Horacio Soriano, entre otros magníficos ingenieros.
Si bien en bachillerato fue alumno de 12, en la universidad mejoró un mundo, hasta graduarse con 18. Al salir de la universidad, sacó un título de especialización en Ingeniería de Suelos y Mecánica en Rensselaer Polytechnic Institute, la universidad tecnológica más antigua de Estados Unidos y la primera en ofrecer la carrera de ingeniero ambiental. Al cabo de un año, se graduaron en la UCV, por fin, en 1947, porque ya habían cumplido 21 años, y sin ese requisito no era posible. Después regresó a Estados Unidos y pasó un año trabajando ad honórem en obras de riego en los estados de Texas y Colorado, porque le cautivaba la idea de trabajar en las haciendas, canalizando ríos y haciendo represas.
Interesadísimo en el riego, tuvo la suerte de toparse en Nueva York con el doctor Pedro Ignacio Aguerrevere, que no solo era ingeniero y amigo de la familia, sino también agregado de la embajada de Venezuela en Washington, quien lo puso en contacto con un funcionario de apellido Corfitzen, encargado de las aguas y obras de ingeniería desde el Mississippi hasta el Pacífico, quien, a su vez, lo contactó con el Bureau of Reclamation, a cargo de la recuperación de tierras muy áridas o muy húmedas, y de unas 300 o 400 represas grandes. La experiencia fue magnífica; estuvo en Wyoming, Montana, Washington, California, Nevada, Nuevo México, Colorado y Texas. Un día le dio por pilotar aviones, hasta el día que el instructor lo puso a volar solo, y casi ocurre una tragedia: “Hasta el sol de hoy”, dijo, y se dejó de eso.
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