Letra veguera | Los que se van primero
27/05/2026.- "Uno se pregunta: ¿qué harán los amigos que parten, pero que siguen en este territorio digital?". Le escuché decir a mi antigua amiga Daniela Triay. Se les oye de noche hablar desde las grietas que van dejando en el viaje y a través de sus letras y memorias dejan constancia. ¿Qué son esas sombras, esos destellos que nos despiertan de madrugada? Para mí, son sus sombras que desbaratan las cifras que son los contrafuertes de esos arcanos que, más allá de la vida silvestre, existen alrededor de las pátinas que pueblan las cenizas o los huesos nacientes. Son enunciados de la literatura, de los esotéricos signos de la cultura universal que algunos sabios conocen o interpretan para darle sentido a la poesía y el arte.
Algunos son poetas, Blas Perozo Naveda, Eddy Pérez, el pintor Luis Moros; otros, periodistas, historiadores, campesinos que hablan solos y de vez en cuando con piedras e interpretan petroglifos, y también viajan sin tantos protocolos.
Uno de ellos me preguntaba por mi padre, que aún permanece en fotos, palabras, pinturas, comentarios y todo lo guarda este espacio cibernético, que ya no es posible que la muerte sea un viaje eterno.
Dicen que se fue Manolo Silva. Ayer temprano. Vuelvo a recordar lo que escribió con un dejo de irremediable nostalgia mi querida Danielle Triay en su Facebook, que evocaba a Kloriamel Yépez Oliveros.
Ese mismo día, Manolo Silva, entrañable amigo mío, lanzó una recordación que a los camaradas de Kloramiel Yépez Oliveros, como yo, nos conmovió, no solo porque en esa fecha la inolvidable Mafalda (como se le decía a ella con afecto y animosidad, estaba de cumpleaños de nacimiento), sino porque desde que partió hacia el infinito, regresa de sorpresa como un recuerdo sonoro y un silabario de huesos, de protestas ("hormonales", como ella decía que era de la banda de comunistas que dirigió Saramago) y de rabietas que a ella misma le causaban risa.
Manolo la recordó diciendo que esa genial mujer ya no estaba entre nosotros. Y yo recuerdo y huelo las palabras de Manolo, que se fue ayer al carajo viejo.
¿Cómo pueden estar ausentes una mujer y un guaro cuyos pensamientos y escritura eran y siguen siendo armas nada convencionales?, me digo.
A mí me ocurre con Kloramiel lo que a Danielle con sus amigos, que lucen vivos en ese aposento invisible del parnaso sideral.
En un sentido aleccionador para ambos, el Elefante Bocarriba, aquel blog personal que permanece enconchado, sin su mirada e incluso sin su silencio, no hubiera podido llegar hasta donde llegó sin Manolo Silva y sin Mafalda.
Una vez me envió un artículo muy pugnaz y, por lo tanto, muy bueno, abordando la burocracia e indolencia del INTI y el tema de la "burguesía revolucionaria" de Castro Soteldo, y yo le dije: "Yo escribí algo ya, vamos a dejarlo para luego, que la masa no tapa bollo ni tapa nada".
Lo entendió. Del otro lado del teléfono no me pidió explicación, pero tampoco hizo silencio: ya se sabe que cierto modo de exhalación del acto de respirar es un modo de decir, de expresar sentimientos y hasta argumentos lógicos y de aceptación compartida.
A Manolo lo extraño tanto hoy, en este país ocupado.
Un frasco de cocuy que le había regalado un catador de la sierra que estuvo en las montañas colombianas combatiendo en filas de las FARC ayudó en lo sucesivo a conocernos más a fondo de lo que siempre creímos.
Ese día del cocuy hablamos en Guachirongo y se lo dedicamos al tema de los intelectuales de pacotilla, y a Alfredo Maneiro y a Hugo Chávez, como pensadores del siglo XXI.
Manolo se lleva su temperatura: esa de ser ateo, de los rebeldes, los del filo de la palabra sincera, pero su corazón se queda como una hortaliza en el huerto de los amigos y de su hermosa familia.
Federico Ruiz Tirado
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