Letra fría | De Rayuelas y bares
Por Humberto Márquez
06/11/2026.- La otra tesis sobre la República del Este —también de la Católica— es Una Rayuela que se borra y se vuelve a dibujar cada día, de Verónica Rodríguez y Carla Valero (2012). Es muy similar a la anterior en cuanto a la narrativa de la derrota de unos guerrilleros que mataban el despecho ideológico cayéndose a tragos en los bares de Sabana Grande. En mi opinión, ambas tesis yerran en la premisa, pero, a decir verdad, dan en el clavo de la parranda. Aunque no fueran tan evidentes en los motivos, sus trabajos son elocuentes.
En el caso de la primera, confieso que fui cautivado y hasta terminé siendo de la fanaticada de Lissy de Abreu Gallego y Aline Dos Reis Albuja, las flamantes autoras de La patria bohemia que nació derrotada. Semblanza de grupo de la República del Este. Sin ánimos de compararlas —que siempre es odioso—, sí debo decir que Lissy y Aline van a la fuente y desmenuzan a esos poetas, incluyendo a las mujeres. El trabajo con Miyó Vestrini es notable, sobre todo por contar con la fuente clave de Elisa Maggi, "la Negra Garmendia", esposa de Salvador. No se quedán atrás con Baica Dávalos, el Chino Valera Mora, Luis Guevara Moreno, Orlando Araujo, Ludovico Silva, Mary Ferrero y Salvador Garmendia. Significa que las tesistas sí hicieron la tarea, porque hurgaron en las verdaderas raíces, en los poetas emblemáticos; en tanto que Verónica y Carla se diluyeron un poco y hasta metieron a un tal Grupo Guaire que, junto a Tráfico, pretendió erigirse en el salvador de la literatura venezolana, la cual —según ellos— los grandes autores habían puteado cayéndose a palos.
Por lo demás, se nutren del ensayista Arturo Almandoz y su obra La ciudad en el imaginario venezolano, y de mucho de Michel Foucault, para confundir el personaje —que en cualquier caso es Caupolicán Ovalles y su banda—, personificando a Sabana Grande como protagonista, que ciertamente es la locación donde ocurren los hechos —aunque no toda en abstracto—, tanto que el capítulo 1 es "La República de las artes y las letras" y el capítulo 2, "Sabana Grande comercia cualquier cosa". La idea no es mala: siempre he sido cultor de las ciudades como novias y, como buen geminiano, mi corazón se divide entre Maracaibo y Caracas. Adoro la canción Preciosa del puertorriqueño Rafael Hernández, u otra, que pongo mañana en la radio, del también boricua Jerry Rivera, Mi isla del encanto, para no hablar de Felipe Pirela con el Puerto Cabello de Pizzolante... pero, bueno, "ya me fui del tema", como decía mamá. Claro que la Sabana Grande que conocimos fue agradable, aunque tuviera sus ingratitudes. Por algo lo de Almandoz vino por el lado de la Fundación para la Cultura Urbana. Más allá del pelón de la locación generalizada, ¡me encanta el trabajo que hicieron!
En lo que sí coinciden —y lo celebro— es en Pancho Massiani, aunque no sale muy bien librado en su primera aparición, escuchando una bossa nova, un poco opacado por su tos seca de fumador y la sentencia: "Sin cigarros, no hay cuentos", y sin vino, tampoco. Lo ubican por los días de recibir el Premio Nacional de Literatura con su novela Piedra de mar, que le había encargado Simón Alberto Consalvi, aunque en su opinión ese premio lo debió ganar su padre, el doctor Felipe Massiani. El premio lo agarró lejos de su casa de La Alta Florida, en una habitación de una casa de reposo en Prados del Este, con lo básico: la cama donde se la pasaba acostado buena parte del tiempo, un televisor, un reproductor de DVD con sus respectivas películas y, por supuesto, la imprescindible máquina de escribir para crear poemas de madrugada, al son de su magnífica reflexión: "Para escribir, tú dejas detener el tiempo (...) no existe ni presente ni futuro; es un momento en que vas persiguiendo palabras iluminadas, y uno pasa a ser eterno".
Yo nunca he sido fan de la República del Este; de hecho, como Frente Cultural de Letras, mantuvimos distancia —si se puede llamar así a la que existe entre las mesas de un bar—. "¡Coño, menos mal —dirían mis amigos—, porque estás escribiendo un libro sobre ella!". Desde el principio expliqué que primero fue un encargo que se quedó en el camino, pero a raíz de reencontrar la maqueta, me dio por contar que existía, y ¡heme aquí!, escribiéndolo por entregas. Además, me gusta historiarla y recolectar recuerdos amenos o "las vainas de Caupo", como les decía Pancho, y en eso andamos ahora.
Sin embargo, como decía, una cosa es no ser de la fanaticada de un movimiento que ni siquiera fue literario, y otra es descalificarlos como una pandilla de "borrachines", como los tildara Fausto Masó en ese tono despectivo, típico de un cubano gusano como él. Aunque nada debe extrañarnos, porque ese es el tono general de la tesis. Hay un pasaje donde un grupo de poéticas de esos comeflores —para no decirles comemierdas— encuentra un bulto de hombre tirado en las escaleras y piensa que es un borracho indigente, y resultó ser el poeta Ramón Palomares. ¡Carajo, hay que ser bien HDP para vilipendiar así a uno de nuestros grandes poetas!
Cuando hablo del tono general de la obra, debo decir también que algo que nació mal, mal iba a terminar. Lo digo por la escogencia de los entrevistados y de los autores citados. No se les ocurrió revisar, por ejemplo, los textos de Igor Delgado Senior, Mary Ferrero o la propia Miyó Vestrini, en vez del gusano Masó, Barrera Tyska, un tal Osio Cabrices u Oscar Marcano —mis respetos con ese señor, que fue curador insigne de la biografía de don Alberto Vollmer, pero ¿quién carajo vio alguna vez a Marcano en un bar de Sabana Grande? ¡Si acaso en La Candelaria, con el protector de sus inicios, el gallego Gonzalo Rodríguez!— o, para el remate fatídico, el renegado de Rodolfo Izaguirre, para no recordar al Grupo Guaire, que de haber ido a La Bajada habrían entrado con un pañuelo en la nariz.
Tengo que cerrar, porque esta máquina se está colgando feo; parece que se recalienta y ya casi está echando humo. Bueno, lo de Rayuela viene por José Pulido, quien entrevistó a Julio Florencio Cortázar en El Gran Café allá por los años setenta. Mi querido José, sin embargo, tampoco fue hombre de bares; él estaba dedicado a su bella Petra, a su trabajo periodístico y, en secreto, a su poesía —de la que me enteré muchos años después y resultó ser uno de los grandes autores del género—. De seguro bebía encapillado, pero en La Bajada no lo recuerdo.
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