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Al derecho y al revés | Medio término

Por Domingo Alberto Rangel


04/11/2026.- A falta del mejor camino para superar las dificultades, como es el trabajo, empujados por otros intereses, la opinión pública recurre a los milagros que, por definición, pocas veces ocurren.

Y no perdemos oportunidad para corroborar esta hipótesis: por ejemplo, las elecciones gringas del “medio término”.

Esta elección que se lleva a cabo al tiempo en que escribo estas líneas trae merced a los medios, pero también a que la política en los Estados Unidos se ha polarizado como si el país imperial fuese una republiqueta bananera, la idea de que es más importante para el mundo que para los votantes yanquis.

Y no lo es ni siquiera en el caso nuestro, donde desde el 3 de enero, fecha en la cual perdimos una guerra que no acaba no solo porque no se haya firmado un tratado de paz, sino porque los propios venezolanos no nos ocupamos de las graves consecuencias que nos trajo, como para que comencemos a resolver lo que se pueda.

Las posibilidades de perder estas elecciones para un personaje como el Barril con Patas, que en mala hora preside a EE. UU., están claras.

Donald Trump las pierde bajo cualquier resultado en el abanico de posibilidades perdedoras.

La Cámara de Representantes volverá a ser demócrata y quizás el Senado también, pero eso no cambiará para nosotros los venezolanos que vivimos en nuestra patria y tampoco para los emigrados, a pesar de las bolserías que se escuchan en las redes de algunos y algunas alimañas que viven en EE. UU.

Si pierde la Cámara de Representantes, Trump podrá ser investigado por los robos de su camarilla entre amigotes y familiares.

Si pierde la del Senado, se acaban sus políticas, aun cuando, sin la mayoría calificada, los demócratas no podrán manejar el país “desde el asiento de atrás”.

Y el ansiado “impeachment” o defenestración podrá ser, o no.

Todo dependerá de los intereses de lo que en EE. UU. llaman “el Estado profundo”.

Trump, a pesar del dinero que entre él, su esposa y la familia han ganado aprovechándose de la presidencia, como buen cobarde, le teme a la cárcel.

No es ni de lejos un Mandela o siquiera un Nicolás Maduro que, secuestrado en Nueva York, se mantiene dentro de los parámetros de lo que se llamaría “dignidad presidencial”. Y eso hace temer que llegasen sus abogados a un acuerdo poco razonable con los demócratas en caso de que perdiera por “tsunami”.

Pero tampoco los demócratas son tontos como para dejar de lado, en caso de que tuvieran que negociar con Vance, el asunto Venezuela.

Si Trump sale, no somos los venezolanos, aún humillados como lo fuimos el 3 de enero, quienes debemos celebrar o estar asustados porque nada va a cambiar.

El único que tiene algo que perder, apartando a Trump y su clan y a Marco Rubio, es el ciudadano Betancourt, beneficiario de varios contratos petroleros.

Para los demócratas, salga o se quede Trump, por las razones que sean, desde una orden judicial que lo declare loco u otra que lo destituya, no existen razones para abandonar Venezuela, que, como dijo Trump, es el botín más barato que han logrado.

Gastaron en movilizar barcos, soldados y aviones, pero para controlar la riqueza del país realmente no han invertido mucho.

Los muertos los pusimos nosotros en cuanto a pescadores que acusaron de narcotraficantes, sin pruebas; a internacionalistas cubanos que tomaron en serio sus trabajos, y algunos militares venezolanos de los que aún se desconocen los nombres.

Y las consecuencias no van a cambiar hasta que nosotros no cambiemos.

El petróleo lo administrarán quizás otras manos distintas a las de la familia Trump o Rubio.

De cuentas secretas saldrá la nómina de Delcy, los gobernadores y los alcaldes, y se pagará en parte con proventos petroleros y en parte con devaluación.

¡Y eso es el mismo panorama que estamos viviendo!

Cambiar implica una “transición hacia el trabajo” en vez de vivir de las rentas, como viene siendo, a pesar de los discursos para producir algo más que petróleo.