Punto y seguimos | Volver la vista atrás
Por Mariel Carrillo García
Que el poder y la cultura están vinculados, no se puede negar. La discusión sobre este tema es de larga data y bastante se ha teorizado sobre ello, de modo que, paradigmas para explicarlo o para insertarse, hay varios (Industria cultural de la escuela de Frankfurt, Hegemonía cultural de Gramsci, el capital cultural y la violencia simbólica de Bordieau, el poder y saber de Foucalt, etc) sin embargo, basta apenas observar con ojo atento el presente que nos toca vivir, para notar los ejemplos vivos del problema central que los teóricos se han preocupado en estudiar: cómo danzan el poder y la cultura y cómo quedamos las personas con esos complejos movimientos.
En el caso local – donde observamos y participamos- Venezuela está atravesada por rasgos de la cultura estadounidense. Décadas de explotación petrolera y nuestra condición de reservorio energético en su área de influencia geográfica han sido factor primordial de la asimilación de modos e idearios que no nos pertenecen – no originalmente, al menos- . La visión de progreso y modernidad instaurada en la sociedad venezolana desde principios del siglo XX está atada al “american way of life”, y a pesar de los esfuerzos durante la Revolución Bolivariana, de recordar que no solo poseíamos ya una propia (doctrina del Libertador) sino que además el llamado era a la construcción endógena de pensamiento (inventamos o erramos); nunca se rompió del todo esa influencia.
En Venezuela es imposible no notar que, como quien recae en una antigua maña, se ha vuelto a dar el más alto valor estético a los productos que se diseñan y crean en Occidente, pero sobre todo en los Estados Unidos. La jerarquización de lo norteamericano como el criterio máximo de lo eficiente, lo bueno, lo bello y lo deseado en una parte importante de la sociedad, reproduce la violencia simbólica del poderoso e inevitablemente mina el valor que se otorga a lo propio. En la cultura y en los ideales de belleza y bondad es donde perdemos la gran batalla.
Si bien la cultura popular venezolana tiene una gran capacidad de resignificación, adaptación y resistencia (aunque esto último parezca contradictorio) de los símbolos y productos externos vinculados al hegemón; lo cierto es que , en el fondo, cuando en una sociedad, lo que se acepta y lo que se anhela es el reflejo de una identidad ajena, mezclada y medio transformada con lo propio, el resultado es siempre un algo carente de sustancia, que tiende a aceptar la asimilación en lugar de la creación. A seguir corrientes y no a abrir caminos. A ser “follower”, ocasionalmente “influencer” pero nunca el dueño de la plataforma. Defender lo propio y evitar caer en la tentación de volver a las ruinas circulares*, es tarea de todos.
*Tomado del cuento del mismo nombre, de Jorge Luis Borges.
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