Las dos orillas | Sine Nobilitate
El noble arte del pantalleo para no pasar vergüenza
Por Armando Carrieri Hernández

18/10/2026.- En algún punto del camino entre la búsqueda sincera de conocimiento y la simple convivencia social, la humanidad perfeccionó un deporte peculiar: el arte de impresionar a los demás; o, para decirlo con mayor precisión, el culto a la pantallería. Ya lo señalaba con cierta ironía el filósofo Paul Feyerabend al afirmar que existen dos motivos centrales para intentar comprender una teoría: el primero por el valor genuino de su contenido y el segundo para deslumbrar en una fiesta. En esa segunda categoría, guiada por la exhibición superficial más que por la curiosidad, habita la figura inconfundible del esnob.
Etimológicamente, la palabra posee una ascendencia atrayente. Surge como una contracción de la locución latina sine nobilitate (“sin nobleza”). En la Inglaterra de siglos pasados, las listas y registros de vecinos solían acompañar cada nombre con el oficio o el rango correspondiente. Aquellos que carecían de linaje o distinción de cuna quedaban catalogados bajo ese sello. Sin embargo, con el tiempo, el concepto sufrió una mutación semántica reveladora. Dejó de describir la falta de linaje para caracterizar a quien profesa un respeto desmedido y servil por la alta posición social, la riqueza o el prestigio ajeno. El esnob moderno no reconoce el mérito real; solo rinde culto al reconocimiento externo y a la etiqueta de valor comercial o académico.
El ámbito de la cultura y la creación artística constituye el terreno donde este sifrinaje intelectual alcanza sus picos más elaborados. En su ensayo sobre la estética del esnobismo, Arthur Koestler ilustra este comportamiento mediante una anécdota singular. Koestler habla de una mujer que mantenía romances exclusivamente con escritores famosos, sin pararle la menor bola a su edad o a su aspecto físico. El único requisito indispensable era que hubiesen vendido más de veinte mil ejemplares de sus obras. Su justificación era casi médica: sostenía que le resultaba imposible experimentar satisfacción alguna con autores de escaso éxito comercial. En este caso, el deseo no respondía a la empatía o al atractivo individual, sino a la validación cuantitativa de un catálogo de ventas.
Lo popular y el terror al free jazz
El esnobismo artístico opera, primordialmente, por vía de la negación. Su primer mandamiento consiste en despreciar todo aquello que resulte accesible, popular o masivo. Reclama aborrecer la televisión comercial o las bebidas de consumo popular por considerarlas expresiones vulgares, mientras se refugia presuntuosamente en manifestaciones inaccesibles. Declara sentir fascinación por composiciones musicales que carecen deliberadamente de melodía o ritmo, cuadros completamente abstractos o interminables y soporíferas novelas decimonónicas de difícil lectura.
El mundo de la música, y en particular el free jazz, ofrece un escenario privilegiado para este tipo de impostura. Si al esnob de guardia se le indaga sobre John Coltrane, figura pionera del género, jamás admitirá desconocerlo. Ante la duda, mete un embuste sin pestañear: “Por supuesto, lo debo conocer”. La simple posibilidad de confesar ignorancia ante un nombre consagrado por la élite crítica representa un riesgo inaceptable, que no es otro sino el pánico absoluto a pasar pena. De igual modo, afirmará que solo disfruta del cine en la sala a oscuras o de la música en vivo en un auditorio, calificando de sacrilegio escuchar un concierto en la cocina mientras prepara la cena. Se convierte, así, en el principal promotor de obras que son un verdadero hueso y que ninguno de sus amigos disfruta realmente, pero que todos simulan adorar por el temor compartido a ser etiquetados como ignorantes.
El pavo real académico y sus títulos barrocos
En el terreno puramente intelectual, la dinámica no es muy distinta. Aquí, el esnob no busca entablar un diálogo fructífero ni enriquecer la perspectiva de su interlocutor. Su objetivo es apabullar. Cita autores de renombre cada tres oraciones no porque sus ideas aporten claridad al debate, sino como una manera de exhibir el volumen de sus lecturas. Es la versión académica del pantallero echándose mucha pinta: un despliegue de erudición sobre temas tangenciales o irrelevantes, pensado únicamente para acallar al otro y demostrar superioridad.
Incluso en la elaboración de trabajos escritos, esta inclinación resulta transparente. En lugar de titular un estudio con fórmulas sencillas y directas sobre la realidad cotidiana, el académico esnob prefiere enunciados interminables, laberínticos y recargados de jerga pretenciosa. Cuanto más pequeño e insignificante sea el objeto de estudio, más extenso y barroco resultará el título, hasta el punto de que la tesis central termina perdiéndose en un mar de abstracciones inútiles.
En última instancia, la comedia del esnobismo revela una profunda inseguridad. Detrás del desprecio por lo popular y de la cita bibliográfica a deshora, no hay una búsqueda sincera de la belleza ni de la verdad. Lo que habita allí es el miedo primordial a la vulgaridad y el deseo angustioso de pertenecer a una élite, aunque sea una élite sostenida únicamente por apariencias.
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