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Tinte polisémico | Sendos temblores y desnuda oscilación


    Héctor Eduardo Aponte Díaz

09/10/2026.- El sacerdote preside el servicio religioso; sus expresiones faciales y miradas lascivas lo delatan al observar las siluetas con cuerpos de Venus que destacan bajo los atuendos de aquellas jóvenes que llegan rezagadas al templo.

Ellas buscan acomodo a través de las filas de los asientos, dan la espalda al púlpito al atravesar y eludir las piernas de los asistentes ya acomodados, evitan caerse y, al esquivar, se montan con sus pies sobre los largueros de madera que sirven para arrodillarse cuando la liturgia lo demanda. Tratan así, diligentemente, de ubicar puestos y evitar interrumpir lo mínimo posible la misa, pero de esa forma, también exponen sus caderas y posaderas a la atenta e incisiva mirada del cura.

A la atmósfera religiosa contribuye la presencia de las damas mayores asiduas, quienes tampoco pierden detalle alguno de la escena. Todas se persignan, pero algunas de ellas, no precisamente por las santísimas palabras del sermón dominical que escuchan de la boca del presbítero; la indignación sobrepasa la prudencia y una de las asistentes le comenta en voz baja a las otras contiguas a ambos lados de su ubicación, con aire de beata: "Mi esposo me dijo haberlo visto en el restaurante que frecuenta, con una acompañante de dudosa reputación y en actitud muy alegre, vestido de paisano, consumiendo desaforadamente tragos". Y le responde una: "El hábito no hace al monje, es su conducta"; la otra, con ojos desorbitados, expresa: "¡Ave María Purísima! ¿En manos de quién estamos?".

Súbitamente, se escuchan estruendos, la estructura de la iglesia cruje, todo se estremece, los lampadarios oscilan, las estatuas de los santos se tambalean y caen, los vitrales de las ventanas se desprenden, se estrellan contra el piso y terminan por fragmentarse en miles de pedazos; reina la confusión, estallan gritos, llantos y el terror general se apodera del espacio; todos los presentes, dada la intensidad y duración del temblor, miran fijamente con angustia hacia arriba, a las bóvedas del recinto. Todos creen que se les derrumbará el techo sobre sus cabezas.

Han transcurrido solo segundos que se han convertido en una eternidad; se desata entonces un caos, unos corren y huyen desesperados; otros se arrodillan y oran; hay quienes simplemente están paralizados, entran en shock; los más serenos observan y evalúan por dónde evacuar desde el lugar donde se encuentran. El pastor, sin dudar, abandona su puesto, olvida a sus ovejas y su rol de conductor y guía espiritual; ejecuta un singular salto atlético desde el altar, cae en el pasillo central del templo y deja el lugar vociferando: ¡Terremotoooooo!

En su estrepitosa huida, la holgada sotana se le enganchó y enredó en uno de los ángulos de un banco. Debido a la potencia y velocidad con la que escapaba, la prenda se rasgó y se le desprendió un gran pedazo, dejándolo al desnudo desde la cintura hasta los tobillos. La mitad inferior de su cuerpo quedó al descubierto, para gran sorpresa de los asistentes que le observaban: no llevaba ni pantalones ni ropa interior. Su virilidad y voluntades al aire libre se mecían alternativamente a ambos lados sin restricción, impulsadas tanto por la veloz escapada como por el telúrico movimiento del suelo que hacía difícil mantenerse en balance y en pie.

Quedó grabada en la mente de la feligresía la imagen a contraluz de un hombre en retirada por el portal principal de acceso a la iglesia desde la calle, corriendo desesperado, agitando los brazos al cielo con los glúteos al descubierto.

Pasados los días, no se supo más del paradero del padre. En una conversación entre diácono y monaguillos surgió el siguiente comentario:

“La Providencia cuenta con la sabiduría infinita y sus formas misteriosas de manifestarse en circunstancias y oportunidades particulares, como cuando las entrañas de la tierra desatan su furia para poner en evidencia a las criaturas que no cumplen con sus designios y las expone al escarnio público sin contemplaciones al desnudar las oscilaciones de sus campanarios y sus sentaderas”.

Culminado el comentario, reina un breve silencio reflexivo. Los que asistían al padre se miran a las caras con cierta picardía de complicidad y espontáneamente, al unísono, se descargan y desembocan en una colectiva y estruendosa carcajada.


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