Image

Trinchera de ideas | A 80 años de los Juicios de Núremberg...

la justicia sigue siendo una quimera

Por Sergio Rodríguez Gelfenstein

01/10/2026.- Este 1.° de octubre se cumplen 80 años del fin de los Juicios de Núremberg, una serie de procesos que se había iniciado el 20 de noviembre de 1945 en esa ciudad alemana con el objetivo de juzgar los crímenes cometidos por los jerarcas nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

En Núremberg se procesaron crímenes de guerra y contra la humanidad, lo que estableció por primera vez que los individuos pueden ser considerados responsables penalmente fuera de sus países. Este criterio marcó el inicio de la justicia internacional moderna y sentó las bases del derecho penal internacional actual.

Este tribunal militar transnacional, en el que fueron acusados 24 líderes principales, funcionarios y militares del régimen nazi, de los delitos de conspiración y crímenes de guerra, contra la paz y de lesa humanidad, fue creado por las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y la Unión Soviética.

El tribunal dictó 12 condenas a muerte por ahorcamiento a Hermann Göring, ministro del Aire y segundo al mando del régimen, quien se suicidó con cianuro la noche antes de su ejecución; Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores; Wilhelm Keitel, jefe del Alto Comando de las Fuerzas Armadas; Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Oficina Principal de Seguridad del Reich; Alfred Rosenberg, ideólogo nazi y ministro para los Territorios Ocupados del Este; Hans Frank, gobernador general de la Polonia ocupada; Wilhelm Frick, ministro del Interior; Julius Streicher, propagandista y fundador del periódico antijudío Der Stürmer; Fritz Sauckel, plenipotenciario para el programa de trabajo forzoso; Alfred Jodl, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas; Arthur Seyss-Inquart, comisario del Reich en los Países Bajos, y Martin Bormann, secretario privado de Hitler (juzgado y condenado en rebeldía (en ausencia), ya que había tratado de huir de Berlín y fallecido, pero su destino fue un misterio durante varias décadas).

Asimismo, el tribunal emitió 7 penas de prisión. Tres de ellas fueron a cadena perpetua para Rudolf Hess, adjunto de Hitler; Walther Funk, ministro de Economía; y Erich Raeder, gran almirante de la Marina. Las cuatro condenas restantes recayeron en Baldur von Schirach, líder de las Juventudes Hitlerianas, y Albert Speer, ministro de Armamentos (20 años cada uno); Konstantin von Neurath, protector de Bohemia y Moravia (15 años); y Karl Dönitz, almirante de la flota y sucesor de Hitler como presidente (10 años).

Finalmente, 3 procesados fueron absueltos: Hjalmar Schacht, ministro de Economía y presidente del Banco Central en la etapa previa a la guerra; Franz von Papen, excanciller y diplomático; y Hans Fritzsche, funcionario del Ministerio de Propaganda.

Sin embargo, es importante decir que ya en el desarrollo de los juicios se exteriorizaron las diferentes visiones que cada país tenía desde el punto de vista ideológico, político y jurídico. Aunque compartían el fin común de condenar las atrocidades del nazismo, tuvieron fuertes contradicciones en cuanto a las definiciones de las prioridades y la metodología legal. Ello permitió que el nazismo no fuera exterminado de manera definitiva y que resurgiera hoy, ochenta años después, de diversas formas y con distintas manifestaciones.

Mientras las potencias anglosajonas (Estados Unidos y Reino Unido) se negaron a utilizar testigos que verificaran los crímenes que se cometieron, Francia introdujo un enfoque de carácter sociológico y ético. Redefinió los crímenes de lesa humanidad al denunciar que las transgresiones del nazismo no eran meros excesos de guerra, sino el fruto de un "crimen contra el espíritu", alimentado por una doctrina deliberada de odio racial y deshumanización sistémica. Mientras tanto, el fiscal soviético, Roman Rudenko, con la utilización de abundantes testimonios gráficos y filmaciones de los campos de exterminio liberados, se propuso que hubiera una condena pública a la barbarie nazi.

Los juicios celebrados en la ciudad alemana de Núremberg sentaron las bases jurídicas que todavía modelan la forma en que la comunidad internacional entiende los delitos más atroces: crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Además, contribuyeron al desarrollo posterior del concepto jurídico de genocidio. Las sentencias definieron por primera vez categorías legales que no solo aparecen en los manuales de derecho, sino que se aplican en tribunales, informes y debates políticos hoy en día. Todo esto ha permitido construir el entramado de la justicia penal internacional moderna y consagrar el principio de que ningún gobernante o individuo está por encima de las normas internacionales de derechos humanos.

La justicia internacional, tal y como se entiende en la actualidad, existe porque en Núremberg se proclamó algo esencial: son los individuos concretos, no los Estados, quienes deben responder por sus actos ante la ley. Esta y otras enseñanzas resultan fundamentales a la hora de abordar conflictos como el de Ucrania o Gaza, o cualquier discusión que se tenga sobre impunidad, rendición de cuentas y derechos humanos en el siglo XXI.

Estos procesos dejaron algunas lecciones que deberían ser aplicables en el presente. En primer lugar, tipificaron el crimen de agresión (clasificado en Núremberg como "crimen contra la paz"). En segundo lugar, consagraron la responsabilidad penal individual, estableciendo que nadie está por encima de la ley. Asimismo, se hizo jurisprudencia en torno a que obedecer órdenes de un superior no exime de responsabilidad y, finalmente, instituyeron que la violación de los derechos humanos debe estar acompañada de mecanismos reales de sanción, ya que sin castigos efectivos la norma pierde toda su eficacia.

En un momento en que todavía no existía la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948, y se buscaba construir un entramado jurídico que fijara las normas fundamentales que rigieran el comportamiento de individuos y Estados, el procesamiento de los principales responsables del nazismo fue uno de los primeros ejemplos para sostener la necesidad de proclamar que los derechos humanos deben ser protegidos y que su violación requiere investigación, juicio y sanción.

Hoy los derechos humanos son aplicados selectivamente y de acuerdo con el poder que posea el sujeto individual o colectivo que cometa tales crímenes de guerra, genocidio o crímenes contra la humanidad. Incluso estos criminales no solo no son procesados, sino que mantienen los cargos en sus respectivos países y pueden viajar al extranjero a pesar de las órdenes de detención que haya podido emitir la Corte Penal Internacional.

Más que eso, como hemos visto hace poco, genocidas y criminales como Trump, Netanyahu y Zelenski hablan desde la mayor tribuna del planeta, justifican sus crímenes y se vanaglorian de ellos. Pareciera que en el siglo XXI, la única ley válida para juzgar delitos de guerra y genocidio son las que emanan de Estados Unidos y que se aplican solo a sus enemigos.

Por decisión unilateral y personal, el presidente de Estados Unidos, por ejemplo, consideró que Ahmed al-Charaa, líder de Siria, dejara de ser terrorista y violador de derechos humanos; que Benjamín Netanyahu esté exento de ser juzgado por el crimen de genocidio, al igual que su par ucraniano Volodímir Zelenski; o que incluso un narcotraficante como el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, acusado en Estados Unidos por cargos relacionados con el tráfico de drogas y condenado a 45 años de cárcel, fuera indultado porque era necesario para los intereses geopolíticos de Washington.

Por decisión unilateral y personal, el presidente de Estados Unidos, por ejemplo, ha considerado que Ahmed al-Charaa, líder de Siria, dejó de ser terrorista y violador de derechos humanos; que Benjamín Netanyahu está exento de ser juzgado por el crimen de genocidio, al igual que su par ucraniano Volodímir Zelenski; o que incluso un narcotraficante como el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, acusado en EE. UU. por cargos relacionados con el tráfico de drogas y condenado a 45 años de cárcel, debía quedar indultado porque era necesario para los intereses geopolíticos de Washington.

En fechas recientes, Trump atacó Venezuela y secuestró a su presidente; ha firmado decretos para legalizar el genocidio del pueblo cubano solo porque este ha intentado desarrollar un proyecto propio, popular y nacional; y hasta se ha vanagloriado públicamente por haber influido de manera decisiva para lograr la victoria de José Antonio Kast, un nazi, en las elecciones presidenciales de Chile de 2025. Al respecto, Trump dijo que él "había apoyado a un candidato que no lideraba las encuestas iniciales y que terminó ganando con facilidad".

En los hechos, los Juicios de Núremberg no supusieron una solución definitiva. Estados Unidos y Europa protegieron a los criminales nazis y ahora los aúpan para propiciar su resurgimiento. El militarismo creciente en Alemania y Japón, derrotados en la Segunda Guerra Mundial, parece olvidar que el germen del nazismo y el fascismo está presente en esos países. Los nietos de los criminales de guerra nazis ocupan algunos de los más importantes cargos en el gobierno alemán. Al mismo tiempo, ningún gobierno japonés desde el fin de la Segunda Guerra Mundial se ha dignado ni siquiera a pedir perdón por los crímenes cometidos por su ejército en Asia durante esa conflagración bélica.

En Núremberg, tal como ocurrió durante la parte final de la guerra, líderes con posiciones políticas e ideológicas antagónicas como Stalin, Churchill y Roosevelt fueron capaces de reunirse, mirarse a los ojos y actuar unidos para derrotar el nazismo, enemigo común de la humanidad. En la actualidad, por el contrario, Estados Unidos y Europa promueven, organizan y financian el renacimiento del nazismo y el fascismo o de una de sus vertientes más insólitas: el sionismo, que tiene al ideario de Hitler, es decir, el racismo biológico, el ultranacionalismo y el totalitarismo absoluto, como tronco común. No existe en el presente la voluntad política que orientó los Juicios de Núremberg. La impunidad está por encima de la justicia y el derecho está supeditado al poder, lo que señala la supremacía jurídica de las potencias occidentales y de Japón.

Las lecciones de Núremberg deberían impactar la conciencia de la humanidad decente y sana, que es la mayoría del planeta. Los crímenes de lesa humanidad y contra la paz deberían ser juzgados, porque no existe desarrollo si no hay paz en el planeta. Lamentablemente, eso está en entredicho cuando desde la propia tribuna de la obsoleta Organización de Naciones Unidas, el presidente de la mayor potencia del mundo informa los genocidios que ha cometido y anuncia los próximos que tiene en agenda. A ochenta años, nuevos Núremberg son necesarios.


Te invito a seguir mis redes:

YouTube: @SoySergioRodriguezGelfenstein

Facebook: Sergio Rodríguez Gelfenstein

X: @sergioro0701

Blog: sergioro07.blogspot.com