Xin cháo | Đổi mới: golpe de timón (I)
Por Ángel M. Bastidas G.
No se puede cambiar el pasado, pero el futuro será nuestra responsabilidad.
Nguyễn Phú Trọng

25/09/2026.- Sin pretender copiar modelos, a propósito de la disyuntiva por la cual transita la Revolución Bolivariana, haremos una parada en un acontecimiento inédito que marcó el viraje del proceso vietnamita ante un panorama sombrío, interno y externo, en el preciso momento histórico en que colapsaba la experiencia socialista europea de inspiración soviética.
"Golpe de timón" fue el término de la línea trazada por el comandante Hugo Chávez, cuando el proyecto bolivariano reclamaba urgentes cambios ante la bestial ofensiva de la derecha venezolana y su amo del norte, la cual había afectado seriamente la economía del país. Ese proceso equivalente al golpe de timón chavista para enfrentar un momento crítico —de los tantos que ha transitado la patria de Bolívar— se denominó en Vietnam đổi mới o renovación. Cuarenta años después del triunfo de la revolución y a veinte años del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Vietnam y Estados Unidos, el para entonces secretario general del Partido Comunista de Vietnam, Nguyễn Phú Trọng, de visita en la Casa Blanca en 2015, afirmó frente a Barack Obama: "No se puede cambiar el pasado, pero el futuro será nuestra responsabilidad", una expresión que nos recuerda una de las obras de Lenin: Un paso adelante, dos pasos atrás (1904).
El minado camino
A once años de haber derrotado en una larga resistencia armada al invasor extranjero, Vietnam se encontraba atrapado en una posguerra que sumía al país en la miseria, pero, nuevamente, bajo la conducción del Partido Comunista, fue capaz de dar el salto estratégico apropiado luego de un intenso debate de la dirigencia revolucionaria y su base popular.
Durante la Revolución de Agosto (1945), el pueblo vietnamita comprendió que estaba listo para emprender la lucha libertaria frente al colonialismo francés. En el interín, Hồ Chí Minh se juramentó en la plaza Ba Đình como presidente de la República Democrática de Vietnam (RDV) el 2 de septiembre de ese año, pero, en realidad, la lucha frente a los europeos apenas comenzaba. Se necesitaron nueve años más para sellar la derrota del colonialismo francés en la batalla de Điện Biên Phủ, el 7 de mayo de 1954.
El inicio de la Conferencia de Ginebra un día después de la victoria vietnamita —cuyos acuerdos se firmarían en julio— parecía rubricar la paz duradera en toda Indochina, donde había flameado la bandera gala por 96 años.
La geopolítica aparentaba tranquilidad tras el fallecimiento de Iósif Stalin en la Unión Soviética (URSS), donde se hablaba de distensión internacional, mientras que la República Popular China abogaba por el fin del conflicto en la península de Corea. Sin embargo, Estados Unidos, que había subsidiado con importantes sumas de dinero y armamento a los franceses, se alistaba para ocupar el lugar de su derrotado aliado europeo al violar descaradamente lo firmado en Ginebra. Abría así otro sangriento capítulo en la historia de la humanidad.
Esa misma historia les pasó factura a los cowboys del Pentágono el 30 de abril de 1975, no sin antes asestarles otros determinantes golpes en el terreno militar, como la ofensiva del Tet (1968) y la batalla de Điện Biên Phủ en el cielo (Hanói, 1972).
El atolladero
Así como la odisea de Điện Biên Phủ (1954) y la Victoria de la Primavera (1975) les habían dado calor a las luchas populares anticapitalistas, sobre todo en África y América Latina, en Indochina se avecinaba una etapa tan difícil como la misma guerra. Se trataba de un país destrozado, sin escuelas ni universidades, con los hospitales por el suelo y la industria colapsada, producto de masivos bombardeos, además de miles de hectáreas contaminadas por el agente naranja (dioxina) en el 10% de los territorios del sur.
Como si esto resultara poco, Estados Unidos y sus aliados, como Tailandia, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda y Filipinas, entre otras naciones, se plantearon aislar y hundir en el caos a la nueva república socialista con un profundo bloqueo económico que golpeó fuertemente a Vietnam por más de veinte años. Mientras, alentaban a las pandillas, que se aprovechaban del hambre y la miseria del pueblo vietnamita, sobre todo en Saigón, donde la burguesía —esencialmente los hoa (vietnamitas adinerados de origen chino)— se beneficiaba de la crisis a través del mercado negro.
Esa dramática etapa de la crisis ocasionada por la guerra y el posterior bloqueo comercial de Estados Unidos y sus aliados, descrita en detalle en 1980 por el periodista y escritor colombiano Gabriel García Márquez en el reportaje "La mentira y la verdad del éxodo vietnamita" para un medio español, muestra una fase de una revolución que parecía perdida luego de una larga lucha nacional que había dejado en el campo de batalla más de dos millones de muertos y unos cuatro millones de afectados por el agente naranja (dioxina).
La propaganda imperialista pasó a ocupar el lugar de las armas derrotadas, sustituyendo los blindados y superaviones por una gigantesca confrontación mediática, en la que eran retratadas las barcazas frente a las costas de Hong Kong y Malasia repletas de migrantes que, supuestamente, huían del "infierno comunista".
El panorama internacional no era nada alentador para la joven revolución, que en ese momento ya no contaba con el apoyo de la República Popular China, se encontraba frente al derrumbe de la Unión Soviética y en general del campo socialista europeo apoyado por Moscú, que mostraba los primeros síntomas del colapso definitivo que tomó cuerpo entre 1985 y 1991.
Al otro lado del mundo, en el continente americano, se escuchaban consignas esperanzadoras, pero que eran solo eso, gritos que se llevaba el viento, porque el imperio estadounidense apretaba el puño, sobre todo en la Perla del Caribe, la pequeña isla de Cuba, además de Venezuela y Nicaragua, sobre las cuales el imperio también afincaba dramáticamente la bota. Más cruel no podía ser el panorama de la pequeña patria liderada por el Tío Hồ en 1945, que había mostrado con orgullo, en la plaza Ba Đình de Hanói, su primera bandera libertaria, aquella de azul y rojo y estrella amarilla, que años después, en 1975, se convertiría en la tela batiente de color "rojo, rojito" y de estrella dorada, cuyo emblema llama al optimismo: "Decididos a combatir y vencer".
Consultas
Nguyễn, P. T. (2005). Vietnam en el camino de la renovación. Editorial Thế Giới.
Nguyễn, H. T. (2010). Vietnam, guerra de liberación (1945-1975). Editorial Thế Giới.
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