Micromentarios | El cementerio de los elefantes
Por Armando José Sequera
15/09/2026.- Tuve amigos para quienes el cementerio de los elefantes resultaba más atractivo que un premio de lotería. Soñaban no solo con hallarlo, sino con traficar toneladas de marfil y hacerse ricos.
Por entonces no se hablaba de extinción y Hollywood presentaba como positivo —igual a cualquier otro negocio— el indigno comercio de colmillos paquidérmicos. A nadie en el mundo del cine y la televisión le importaba cuán nociva era tal idea, tanto para los jóvenes espectadores de sus películas y series como para los elefantes africanos. Los asiáticos no corrían este riesgo, pues carecen de tales dientes externos.
El tema revoloteaba sobre nosotros en los recreos y, en cierta ocasión, se impuso a las restantes conversaciones durante un partido de béisbol. Cada vez que alguno invocaba su espejismo millonario, revivía la ilusión. En los días siguientes, caminábamos por la calle y, al ver algo deseado en una vitrina, pensábamos en la pronta posesión del objeto gracias al rápido hallazgo del elusivo cementerio.
Varios de mis amigos esperaban crecer algunos años para lanzarse a la aventura, sin conciencia, por cierto, de dónde se hallaba la fuente de su pospuesta fortuna. La única pista era que quedaba en África, en algún lugar de África.
Como apenas su nombre portaba seis letras, creían que el continente era apenas mayor que nuestro barrio. Ignoraban que empieza junto al Mediterráneo, desde Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Egipto y Sudán, hasta su cierre en Sudáfrica, entre sardinas, focas y aguas muy frías que llegan de la Antártida.
Para mí, dicho cementerio era un espacio de enorme desconsuelo. De pesadumbre tan grande como los cuerpos que llegaban con frecuencia para residir en él. Imaginaba el recorrido que hacía cada moribundo para calzarse su definitivo silencio y no podía reprimir la tristeza que resbalaba por mi rostro.
Sentía que el trayecto para llegar a él, a sabiendas de que no había retorno —la despedida del cielo, de la tierra arbolada, del viento que tropezaba con las trompas y agitaba las orejas—, se asemejaba al camino hasta el patíbulo; también al adiós del suicida. No ver más, no percibir jamás sonido alguno; abandonar los aromas que portan las plantas y se deslizan sobre la maleza y entre los árboles gracias a la brisa; dejar de comer lo que dictan el deseo o las circunstancias; renunciar a las caricias que se otorgan o reciben; todo eso era peor que el exilio, que el ostracismo, que cualquier castigo humano o de cualquier procedencia.
Mucho después, se comprobó que tal campo mortuorio nunca ha existido. Los elefantes fallecen de manera natural o víctimas de criminales cínicos, furtivos o con licencia —como el exrey de España, Juan Carlos—, y sus cadáveres quedan en el sitio donde cayeron, igual a los héroes de La Ilíada.
Creí en la existencia de esta necrópolis hasta abandonar la adolescencia. Saber que no existía fue uno de los primeros síntomas que percibí de ya ser adulto.
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