Punto y seguimos | El problema es tu marco teórico
Por Mariel Carrillo García
01/09/2026.- La Tierra, como ente vivo en el cual los humanos habitamos de manera irrespetuosa y dañina, está reaccionando. Siempre lo ha hecho, pero al profundizarse la alteración de la naturaleza, las consecuencias pasan a ser más visibles y a afectar de manera más "impactante" la vida humana. Los científicos llevan décadas advirtiendo sobre los efectos de la extracción indiscriminada de los recursos naturales, la contaminación de los ecosistemas y el cambio climático. El capitalismo, al romper el ciclo de intercambio entre la naturaleza y el hombre/mujer y catalogar el suelo y sus recursos como una fuente gratuita de materia prima para elaborar mercancías y mantener en funcionamiento el círculo de acumulación infinita con materia finita, nos ha condenado a vivir la reacción de la madre tierra.
La filosofía occidental —como aquella que se impuso en la forma de ver, entender y tratar el mundo— no explica a la naturaleza como un ente vivo y sujeto de derechos (mucho menos como una entidad superior), sino que estructuró un modo instrumental y de dominio en el relacionamiento con ella (la superioridad de la razón, la propiedad como derecho natural, etc.). En cambio, en otras sociedades y filosofías, como por ejemplo la de los Andes suramericanos, la naturaleza no es un objeto susceptible de consumo y dominio; es un sujeto vital y sagrado con el que se interactúa en términos de ayni (reciprocidad) para buscar el sumak kawsay (buen vivir), que no es otra cosa que el equilibrio y la complementariedad con la naturaleza.
Los defensores del capitalismo a ultranza suelen alegar (cuando pueden) que ese tipo de visiones son incompatibles con el progreso. Ciertamente, el avance en los términos técnicos y del desarrollo de las tecnologías que hoy conocemos (comunicaciones, producción, exploración espacial) no sería posible —ni de tan rápida evolución— sin considerar la Tierra como un depósito de materia prima. Sin embargo, esto no significa que la humanidad no pudiera haber desarrollado otro paradigma tecnológico. Muy probablemente se habría avanzado en la biotecnología, agroecología no invasiva, ingeniería hidráulica u ordenación territorial en armonía con los espacios y ciclos naturales, tecnologías de captura de energía ambiental —la extracción del subsuelo o del Uku Pacha habría sido un sacrilegio— y almacenamiento de energía cinética o gravitacional. En fin, el "avance" en armonía con el espacio que habitamos sería posible.
El sistema imperante es una condena, pero más para el mismo ser humano que para la naturaleza, que, sabia y poderosa, tiende a reordenarse y sobrevivir. Los parásitos —léase nosotros— bien podríamos desaparecer. Sería una interesante lección para aquellos que creyeron en el dominio eterno de la "razón".
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