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Punto y seguimos | El día que llegó la luz

Por Mariel Carrillo García

04/08/2026.- En Playa Verde, la electricidad nunca ha sido un servicio estable. De hecho, en los últimos años, ha lidiado con fallas múltiples que la han dejado —a pesar de estar justo al frente del aeropuerto— con un historial de largas horas de calor, mosquitos y oscurana. Un punto de oscuridad en las noches, rodeado de las luces de Mare, Playa Grande y hasta donde alcanzara la vista. El asunto se concentraba en un trecho particular de varias cuadras, que sufrían corte tras corte sin piedad. Los vecinos bromeaban diciendo que si se dañaba un transformador en Tucupita, Playa Verde se quedaba a oscuras.

En casi la totalidad de esas veces en las que el servicio "se iba", tenía yo una rara rutina: asomarme hacia el oeste, desde donde se veía, erguido y orgulloso en su pequeño acantilado, el edificio El Jurel, de la vecina Playa Grande. Siempre tenía luz. No sabíamos si contaban con una planta o si simplemente estaban en el circuito eléctrico de los afortunados. Todas las veces, los veía con incredulidad y con un cuestionamiento mezquino: ¿por qué a ellos no les falla? ¿Por qué siempre somos nosotros?

El día del terremoto, al salir de mi casa y en medio de una polvareda marrón y salvaje, miré al este, donde la casa de mis vecinos, de tres pisos, yacía hecha pedazos. Aturdida, giré la cabeza al oeste. El Jurel, roto, aún chorreaba el agua de su piscina, que ahora colgaba del acantilado como papel mojado. La casa de mi vecina me dijo que había una emergencia; el Jurel me informó que era una tragedia.

Los días inmediatos al 24, y especialmente las noches, viven en mi cabeza como una única y larga pesadilla de gritos, motorizados, ladridos, falsas alertas de tsunami y tormentas desgarradoras, pero también de susurros, réplicas y ratos de silencio que helaban el aire. Cuando al quinto o sexto día se restableció el servicio eléctrico en Playa Verde, estaba atardeciendo y se oyó el estruendo de alegría de una comunidad que al fin recibía una buena nueva.

Casi por instinto, salí y miré hacia la izquierda. No había luz en El Jurel. Por primera vez, yo tenía luz, y ellos no. Y no ha pasado un día desde entonces en el que no ofrezca mis lágrimas o mi culpa a cambio de que quienes quedaron allí tengan luz para toda la eternidad.