Palabras... | Mi corazón también está hecho de arena
Por Carlos Angulo
El último gesto del pez.
Fadir Delgado
Colombia
09/07/2026.- A decir de Heráclito, no es posible desatar un nudo bajo el agua, que ya pasó, como no es necesario dar la espalda al arcoíris mirando al horizonte.
Una raya blanca sobre el asfalto guarda la memoria por donde se va al olvido. Los amorosos poco ocultan el brillo de los ojos en las despedidas. Saben que su corazón gitano lleva un pañuelo de ave atado al porvenir.
Bastaba el verso para saberse cada vez más anclado a la distancia. Nada que se haya unido cuerpo a cuerpo tiene por qué ser ajeno a lo esencial, ni por el hecho mismo de recontar los días silvestres en un camino de flores por donde ya no vamos juntos.
Pocas veces quedamos marcados para siempre, como un hierro candente en las sábanas de bella gente y efímeros lugares. Le dio vuelta a la vida, cual si fuera una ola en el Pacífico.
Intenté saber de la promesa entre la comisura del mar Atlántico y el bienvenirán del río Magdalena, pero no era más que otro el espejo de la senda de Okú, que me insistía en el camino hacia el monte Fuji.
Ella pertenece por siempre a la poesía, como el pez al cementerio marino de Valéry; así lo leí en su silencio.
Afortunada la ternura en la piel y el gemir de las sílabas en sus ojos.
Ya no hago más que clasificar la vida para saber del anaquel donde la leo. Las palabras atropellan en su nombre, y se juntan para hablarme, y yo les cuento, gratamente, el solitario saber de lo vivido y de sentirse suficiente.
Ninguna altura alcanza lo que uno quisiera, ni es afán posible borrar ni abandonar las huellas, aunque una ola nos instruya.
Como la muerte nos va ejercitando en prefinales, no creo que sea tan fatal agradecer.
Valdrá afín redundar en los códices de Alejandría un haikú a la belleza, la locura de inventar los pactos bajo el agua, sellados boca a boca en la memoria.
Tampoco nada ni nadie podrá encontrar ni desatar el código de lo que ya se encuentra diluido. Quizás el tormento o lo casual hayan sido una moción de Parménides de Elea o Epicuro de Samos, antes de la señal de la cruz y nuestra era.
Yo, teniendo en el fondo de la imaginación la ciudad de Zapponeta e inundado de un canto lleno de violetas en Venecia, me destino a ir por los laberintos que abre la canción más hermosa del mundo, el Adagio de Albinoni, con la que signo y solamente me reverencio ante Usted.
Nada tenemos que olvidar, porque no somos génesis del barro, sino del recuerdo. Y menos, extraviar las señales del origen a las cuales debemos lo inolvidable.
De donde vengo, el mar es el maestro gitano de los peces, y en el Sáhara, lugar inicial de los símbolos del tiempo, mi corazón se involucra y lucha en lenguaje saharaui, porque de todos estos lugares y tiempos de agua y arena estamos hechos: del profundo azul de la conciencia, de ser libre y beduino por naturaleza y de su acontecer sobre las pestañas que dejan grabadas, ocultas y frescas, las olas orilladas de Salgar.
Julio de 2021
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