Caracas, 06 de julio 2026
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Araña feminista | El trofeo y el cerrojo


Por Eduvigis Boada

06/07/2026.- Hoy no vengo a hablar de las desigualdades y las inequidades que marcan la vida de las mujeres, sino de las que estamos viendo todas y todos en las pantallas gigantes o pequeñas por este mes.

Imaginen que les cuentan esto hace no tanto: que una selección entera, clasificada para un Mundial, tendrá prohibido dormir en el país que la recibe. Que entrará la víspera del partido y saldrá esa misma noche, como quien cumple una condena con horario. Que su bandera quedará vetada en las gradas. Lo habrían tomado por delirio. Pues es Irán en 2026, durmiendo en Tijuana porque el imperio de al lado no lo quiere bajo su techo, y aun así sacándole un empate a Nueva Zelanda y otro a Bélgica, con once tipos que juegan, literalmente, de paso.

Mientras tanto, arriba, en el palco donde se reparten las cosas importantes, la FIFA inventaba un premio. La Paz, nada menos. Y se lo colgaba a Donald Trump en el Kennedy Center, un edificio que el propio galardonado preside desde que reorganizó la junta a su gusto. Le dieron un premio a la paz en su propia casa, menos de un día después de otro bombardeo en el Caribe. Sin jurado, sin criterios, sin nominados: el trofeo apareció ya grabado con su nombre, como esos goles que se cantan antes de que salga el córner. Infantino, que multa a un futbolista por enseñar un mensaje en la camiseta, le ajustaba la medalla al cuello al hombre que llama "agujero" a países enteros. La neutralidad, ya saben, es una asignatura que solo se les exige a los de abajo.

Y aquí está lo bonito y lo cruel del fútbol, todo junto. Porque abajo, en los noventa minutos, el decreto no sirve. México lidera; Marruecos, Cabo Verde y Egipto compiten de tú a tú; Ghana asusta, Argentina pasea. "La periferia" da la talla en el único territorio donde el poderoso no puede firmar el resultado de antemano. Por un rato, la pelota desordena el mapa.

Por un rato. Porque cuando llegan los octavos y luego los cuartos, el dinero recupera la palabra. Repasen la lista de campeones del mundo: ocho países en casi un siglo. Ocho. Y desde 1966, ningún debutante ha levantado la copa: hace sesenta años que el club no admite socios nuevos. Marruecos puede tocar una semifinal y emocionarnos a todos, como en Qatar, pero el trofeo vuelve siempre al mismo armario europeo, con alguna visita sudamericana de las grandes casas. No es que jueguen mejor: es que tienen ligas, academias, continuidad, plantillas hondas. Capital acumulado, que es lo que de verdad gana los torneos largos.

De modo que el Mundial se mira en dos pantallas a la vez. En una, el césped, donde por unas semanas cualquiera sueña y el de Tijuana le planta cara al anfitrión. En la otra, la estructura, que reparte premios a los suyos y mantiene el cerrojo echado para los demás. El fútbol es lo más parecido a la justicia que tiene este mundo durante un partido, y lo más parecido a este mundo durante todo lo demás.

Ya veremos quién queda en pie cuando se vacíe el bombo. Pero háganse a la idea: la fiesta es de todas y todos, la copa es de muy pocos, y ese reparto no lo decide la pelota.