Caraqueñidad | El doble impacto telúrico: en lo personal y...
en lo colectivo
Por Luis Martín
06/07/2026.- Apenas van doce días del doble terremoto de San Juan, evento cuyas asesinas dimensiones nadie pudo vaticinar —a pesar de que muchos expertos dicen que se veía venir—, ni mucho menos sus consecuencias, las cuales han dejado un surco indeleble en lo individual y en lo colectivo.
En medio de tanta tragedia y tanto dolor, pero también de tanta voluntad, cada día vemos más acontecimientos que impactan y no dejan de sorprender.
Pero ahí vamos, entre un montón de héroes anónimos y alegría por las personas y mascotas rescatadas, haciendo una nueva piel y entendiendo que —cero eufemismos o recursos literarios, mucho menos los odiosos y muy politizados eslóganes— solo el pueblo salva al pueblo.
En este inmenso duelo, ya pasamos de la etapa de la negación a la de la aceptación. Vemos con frustración e impotencia que la inevitable miseria humana sigue mostrándose en algunos lugares y en conductas ante las cámaras. Sin embargo, hay que hallar fortaleza, porque corresponde iniciar la reconstrucción desde lo moral, desde lo íntimo y desde lo colectivo; también desde lo económico y lo social. Experiencias ajenas hay por montón y estas nos comprueban que las fórmulas mágicas no existen.
Ahí vamos, con nuestro temple de puro ADN venezolano, con la característica voluntad de ayudar y sentir que tu problema es mío. Transitamos lentamente —sin maquinaria pesada ni instrumentos de búsqueda modernos, a puro brazo, sudor y lágrimas, entre ensayo y error, pero con la convicción de que pa'lante es pa'llá— hacia un futuro que ya es presente, porque el pasado nos golpeó duro y, aunque no lo negamos, habríamos deseado que no ocurriera.
¿A quién no se le han humedecido los ojos en estas dos semanas, así no tenga fallecidos ni afectados directos en su entorno? ¡Es que somos una gigante y resistente familia!
¿A quién no le afectó la muerte de los chamitos de los Criollitos de Venezuela y de las familias de los peloteros profesionales? ¿Y la desaparición del capitán de la selección de voleibol, y de la taekwondista, de los futbolistas y de las niñas de gimnasia? ¿Y Pedro, Ana, Antonio, María... y todos? Porque no tenemos muertos de primera y de segunda. Todos nos duelen, ¿o no?
Aunque es un transitar rudo y sin prisa, vamos por lo nuevo que nos ofrecerá el destino. Ahora, más que nunca, desde cada amasijo, desde cada huella del desastre, se alzan voces de un pueblo que no se amilana, que no se arrodilla, que no se rinde cuando la causa individual se entiende como parte de un todo, cuando los deberes y los derechos se desnudan en acciones. Haz lo tuyo, que yo hago lo mío, pero, ¡eh!, hazlo, porque todos somos necesarios. Yo debo, pero me debes, y te reclamo y no te temo y te lo exijo. Ese es el grito ensordecedor en cada escena de terror desde el más profundo de los silencios. Por supuesto, se agradece cada abrazo y cada apoyo, venga de donde venga, pero hay heridas y cicatrices que se profundizan ante cada inacción, ante cada petición no cubierta, ante cada necesidad no satisfecha, ante cada derecho vulnerado y no cumplido. Al respecto, hay selfis que quedaron en el sumario histórico. Nadie podrá negar lo que hizo ni lo que dejó de hacer.
De ello hay constancias, hay pruebas.
La acción ante el pueblo, para el pueblo y por el pueblo se antepone a discursos y promesas. El que hizo, hizo. Y ahora es cuando queda por hacer.
La gente es sabia y ha sido testigo y protagonista de su propio renacer.
Con innegable solidaridad mundial y con espontánea resiliencia popular, entre héroes anónimos y mascotas bondadosas nos seguimos rescatando. Seguimos apareciendo cual piezas extraviadas de un rompecabezas que entre todos vamos armando, a manera de nuevo mapa, cargados de ovarios y bolas para gritarle a la comunidad internacional, al más fuerte de los cataclismos y a nosotros mismos —a todos los sectores—: ¡Aquí está Venezuela! ¡Así se rediseña un país!
Con indoblegable carácter, sin miedo de ningún tipo —solo el instintivo—, sabremos pararnos de la nada para dejar de sobrevivir e iniciar de una vez, como merecemos, la búsqueda de la plenitud, con justa distribución y aprovechamiento de todas nuestras riquezas naturales; porque así como mis muertos son tuyos, y viceversa, las bondades de esta generosa patria no son individuales ni de unos pocos. Son de todos. Este doble terremoto movió las capas del alma, del justo y honesto reclamo, del sentimiento y del derecho, que van de lo individual a lo colectivo.
En esas andamos.
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