Letra invitada | ¿Cómo tratar el trauma ocasionado por la tragedia?
Por Pedro Grima
30/06/2026.- Lo que sentimos no es un signo de debilidad, es la prueba de que somos humanos. Esa sensación de que el piso sigue moviéndose, ese sobresalto con el ruido de un camión, el insomnio, la irritabilidad... no estamos "locos", no estamos "exagerando". Nuestro sistema nervioso hizo lo que tenía que hacer: nos puso en modo de supervivencia ante una amenaza real y, para muchos, la más aterradora, porque la tierra, lo que creíamos más sólido, se convirtió en algo traicionero.
1. La regla de los "primeros auxilios" para la mente.
En la fase aguda, la que estamos viviendo, no se trata de "procesar" el trauma en su totalidad. Eso sería como querer operar una fractura en medio de un derrumbe. Lo que necesitamos es estabilizar. Pensemos en estas acciones como un torniquete emocional:
—Anclarse al presente: cuando la ansiedad nos desborde y sintamos que estamos reviviendo el temblor, usemos la técnica de los "5 sentidos". Nombremos 5 cosas que podemos ver, 4 que podemos tocar, 3 que podemos oír, 2 que podemos oler y 1 que podemos saborear. Esto obliga a nuestro cerebro a salir del bucle de miedo y volver al aquí y ahora.
—Hablar, pero sin forzar: compartamos lo que vivimos, pero solo si sentimos la necesidad. No nos obliguemos a dar detalles. A veces, un simple "estoy en shock" es suficiente. La compañía de otros seres queridos es la medicina más antigua y efectiva. No nos aislemos, aunque tengamos ganas.
—Controlar la dosis de información: estar informados es importante, pero estar pegados a las noticias 24/7 es como volver a tomar el veneno. Las imágenes de devastación y las cifras de muertos y heridos son durísimas y, al repetirlas, nuestro cerebro las procesa como una amenaza continua. Pongámonos límites. Busquemos información solo en momentos puntuales del día.
—Recuperar pequeñas rutinas: el acto de despertarse, lavarse la cara, prepararse un café o un té, aunque sea en medio de los escombros, es un acto de rebeldía contra el caos. Las rutinas le dicen a su cerebro que aún hay orden, que aún hay un mañana.
2. El trauma en los más pequeños: una atención especial
Con los niños, la cosa es diferente. Ellos no tienen palabras para todo lo que sienten. El miedo se les manifiesta en el cuerpo y en la conducta: se vuelven más pegajosos, tienen pesadillas, pueden orinarse en la cama o mostrar rabietas. Lo que más necesitan es sentirse seguros en su adulto de confianza.
—La validación es clave: no le digamos "no tengas miedo" porque lo tienen. Digámosle "sé que tuviste mucho miedo, pero aquí estoy yo, contigo. Estamos a salvo".
—Usemos un lenguaje claro: expliquémosle qué pasó con palabras que entiendan, sin entrar en detalles técnicos ni en imágenes terroríficas. "La tierra se movió mucho, fue un terremoto, pero ahora estamos bien".
—El juego y el arte: dibujar, jugar con bloques, hacer muñecos... son sus formas naturales de procesar. No los interrumpamos ni los corrijamos. Dejémosle expresarse. Y si podemos, el gobierno ha activado grupos de psicólogos a través del Programa de Convivencia Democrática y Paz para atender esta necesidad tan específica. No dudemos en buscarlos, porque el estrés tóxico en la infancia puede tener efectos a largo plazo si no se atiende a tiempo.
3. Esto no es una carrera, es una maratón
Tengamos esto muy presente: el impacto emocional de un desastre como este no es una línea recta. Los especialistas en salud mental, como los del Hospital Vargas, ya nos están advirtiendo que ahora, en el "modo supervivencia", la gente puede sentirse fuerte, pero que el dolor real, la angustia y la depresión pueden aparecer en las semanas o meses siguientes, cuando la adrenalina baje y se enfrenten las pérdidas. El doctor Gilberto Aldana, jefe de Psicología del Hospital Vargas, lo explicó muy bien: el sufrimiento emocional no siempre aparece de inmediato; puede manifestarse después, cuando el ruido se apaga y la magnitud de lo perdido se hace tangible. Es en ese momento cuando más se necesita apoyo.
—No esperemos a estar "rotos" para pedir ayuda. El Hospital Vargas de Caracas está ofreciendo atención psicológica y psiquiátrica gratuita y presencial. Esa es una oportunidad de oro. No la dejemos pasar.
—La solidaridad es buena, pero no basta. Hemos visto y vivido la solidaridad más hermosa: vecinos removiendo escombros con las manos, cadenas humanas, donaciones. Eso es conmovedor y salva vidas. Pero también sabemos, porque lo estamos viviendo, que esa solidaridad no reemplaza la coordinación que quizás tuvo fallas, los recursos que no aparecieron con la inmediatez requerida o la ayuda internacional que quizás no llega con la premura necesaria. Esa es otra herida, una herida de desconfianza, que también duele y que igualmente deben procesar. Reconocer esa falla, esa que se abre entre el Estado y el ciudadano, también forma parte del duelo y de la búsqueda de una nueva estabilidad.
Recordemos una cosa: la resiliencia no es anestesia. No es "aguantar sin sentir". La resiliencia es sentir el dolor, reconocerlo, compartirlo y, a pesar de todo, decidir seguir adelante, un paso a la vez. No se exijan ser inquebrantables. Llorar, temblar, tener miedo, es nuestro derecho. Sanar no es olvidar que la tierra tembló; es lograr que ese miedo no nos secuestre el futuro. No estamos solos; cuídense, y, sobre todo, cuidémonos los unos a otros. Esa es la verdadera reconstrucción que está por venir.
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