Micromentarios | Hay que poner rumbo a la cotidianidad
Por Armando Sequera
30/06/2026.- La mayoría de los seres humanos nos quejamos con frecuencia de eso que llamamos rutina, que no es otra cosa sino la repetición de lo cotidiano.
Nos perturba advertir que hoy hacemos una seguidilla de cosas, mañana también y cada fecha que sigue igual la repetimos. Sentimos entonces que la vida carece de sentido porque está basada sobre la repetición hasta el infinito.
Es entonces cuando surge la necesidad de entretenernos, divertirnos, pasarla bien, irnos de vacaciones a cualquier lugar donde, sin advertirlo, seguimos haciendo lo mismo de siempre, pero en otro espacio.
La vida, en líneas generales, consiste en eso, en copiar al calco un día tras otro, y son ciertas irrupciones las que, generalmente, en pocos minutos hacen que cada fecha sea distinta.
Nos damos cuenta de que la cotidianidad es asfixiante cuando nos cansamos de tales repeticiones.
Pero un día ocurre algo —una tragedia colectiva, por ejemplo— que rompe con lo cotidiano, con lo rutinario, y de inmediato pasamos a añorar esa repetición que, sin nosotros percibirlo, nos sirve de refugio y nos proporciona seguridad.
Una catástrofe natural como la del pasado 24 de junio rompió con la burbuja de cotidianidad en cuyo interior nos movemos. Y, aunque nuestros cuerpos hayan salido ilesos, nuestra psique y nuestras emociones siguen alteradas.
La inmensidad de los dramas y las tragedias que han ocurrido en el país y en nuestro entorno ha sido de tal magnitud que añoramos volver a la calma, a la tranquilidad, a lo cotidiano e incluso a la rutina.
Anhelamos recuperar nuestra vida de todos los días, nuestros quehaceres de ayer, hoy, mañana y pasado.
Queremos despertar sin el temor a las demasiado frecuentes réplicas telúricas, respirar sin el miedo a que algún nuevo cataclismo ponga en riesgo nuestra existencia.
Deseamos volver a vivir sin sobresalto permanente y tomar de nuevo las riendas de cada día, para sentirnos seguros e incluso volver a hacer planes.
En estos momentos, la mayoría —salvo los psicópatas y los sociópatas— lo que anhelamos es dejar atrás este episodio que por momentos nos parece tan interminable como los dos terremotos que se sucedieron de manera ininterrumpida, sin pausa alguna.
El gran miedo que nos embarga es precisamente a ese temblor desproporcionado de la tierra que duró casi tres minutos.
Los geólogos coinciden en señalar que, después de un par de sismos colosales, como los vividos, solo se producen réplicas de menor intensidad, la mayoría de las cuales son imperceptibles. Es la tierra adaptándose a una nueva posición, una nueva cotidianidad.
Eso debemos buscar también nosotros: un retorno a lo que ya era nuestra existencia, a esa normalidad de la que tanto nos hemos quejado, pero donde, como ya señalé, nos sentimos seguros y en condiciones de afrontar la vida.
Por nuestro bien, es necesario poner rumbo a la cotidianidad y tratar de llenarla de hermosos momentos para eliminarle la etiqueta de rutina. De nosotros depende.
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