Caracas, 20 de junio 2026
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Aquí les cuento | El primer diyei (y 4)

Por Aquiles Silva

No llores más, Nube de Agua.

Silencia tanta amargura,

que toda leche da queso

y toda pena se cura.

Simón Diaz

Tonada del cabrestero


20/06/2026.- La salita de la casa se llenó de música esa mañana. El Vale Pedro colocó sobre la mesita, que hacía juego con los muebles de paleta, el tocadiscos Philips.

Empezó a probar los LP que había comprado.

Los tres hijos menores se sentaron, como sombras, en el mueble grande, a escuchar las canciones que se interrumpían cada vez que, satisfecha la necesidad de saber, el Vale pedro iba cambiando las circunferencias de acetato.

Quedó en el recuerdo la primera canción: El superbloque. Luego se supo que quien cantaba era Simón Diaz.

(…)

Un super bloque es lo mejor

para poder vivir.

No vayas a decir

que hay algo superior.

Por eso busca un novio de otro lote.

Yo no te cambio por mi superbloque.

Y siguieron las canciones. Recuerdo que una de ellas era la que decía:

Que risa me da
el que se suicida,
dejando lo bello
que tiene la vida.
Con seguridad
que el que así termina
de gallo no es na
y mucho es gallina.

Desde luego, no podían faltar entre los éxitos Los Corraleros del Majagual, invitando al décimo quinto festival en Guararé. Por cierto, ese evento, realizado en el pueblito colombiano, debe ir cerca de los cien festivales, si no los ha superado ya.

De los veinte discos, el único que no le gustó al Vale Pedro fue uno en la lengua de los musiús, que repetía en casi toda su extensión aquella frase desconocida que decía:

Leri bi,

leri bi,

o leri bi...

El hombre se levantó, dio cuatro pasos hasta la puerta del patio y lanzó el disco hacia donde estaban las gallinas picoteando, ya que la noche anterior había caído el primer aguacero y estas salieron para salvarse de la inundación de sus cuevas.

En el carro de Leopoldo

se embarcó doña María

y en el camino decía:

"¡Ay, comadre! ¡Mire qué polvo!".

En la penumbra del fogón, la Morocha le dio el abundante café. Lo recibió y bebió. Luego, sin decir palabras, montó en su caballo y, sin despedirse, salió a la calle.

El tocadiscos iba envuelto en una percha de lona, arrebiatado sobre el burro cano. Partía de nuevo, quién sabe por cuántos años más…

El Vale Pedro llegó a El Danto, donde tenía su rancho de vara en tierra, el chinchorro, un par de silletas de cuero y la tinaja con agua del único manantial que no se secaba, bajo los jobos de la cercana quebrada.

Gastó tres pares de pilas haciendo sonar el picó. Las canciones, llevadas por la brisa, alcanzaron los oídos del pequeño caserío. Era toda una novedad.

Los primeros cantos de gallo de la madrugada se abrazaban en el campo con las canciones que permanecían entre el follaje.

Nadie precisa cuando empezó, con su pequeño milagro sonoro, a amenizar los bailes, en El Danto y en aquellos caseríos circundantes: El Cinco, La Aguada del Muerto, La Aguada del Cielo, Uveral y hasta Las Trincheras, o en cualquier casa desagregada de las que, como cabecera de quebrada, se encuentran en remotos parajes de la montaña.

—¡Ese señor ni siquiera cobraba. ¡Solamente le daban el dinero suficiente para comprar las pilas!

Se ubicaba en un rinconcito, sobre una mesita colocaba el tocadiscos y toda la noche cambiaba, cada tres minutos, los discos.

La señora que bajaba de El Amparo, cada sábado, a vender el mejor casabe, me abordó con la pregunta:

—¿Usted es hijo de don Pedro Silva? ¡Mucho gusto, profesor!

—¡Mire —continuó la mujer—, yo me comprometí con mi esposo en un baile donde el don Pedro ponía la música! ¡Y me aprendí todas esas canciones! Un día de estos le presento a mi esposo y nos reunimos para que, entre los dos, le contemos toda esa historia

Cincuenta y cinco años después ya las calles del pueblo, igual que la carretera, están asfaltadas y para llegar a la capital del estado existe una flota de cómodos autobuses que viajan, a cada hora, en ambos destinos. La carretera que conduce a Barcelona es una autopista.

El viejo murió hace cuarenta años y, amortajado de caqui, se llevó su silencio.

—¡Ay, mi profe! ¡Mire! ¡Todavía resuena en mi cabeza aquella canción que mi esposo y yo bailábamos y que decía:

Para el campo para el campo

la paloma ya se fue.

De pronto se va volando,

de pronto se va volando,

dejándome a mí una pena...

¡Esa canción se llamaba La paloma guarumera! A propósito, ¿sabe usted qué significa esa palabra, "guarumera"?

—¡Verdaderamente, mi amiga, yo tampoco sé!