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En El Manicomio convivían locos y cuerdos
IMG_1599_JC24 de noviembre de 2009.-Cuando se tienen 102 años de edad, los recuerdos inmediatos se alejan y los lejanos se acercan. Es el momento en que los hijos de Juan Ortiz aprovechan para pedirle que cante el pasodoble Rubito o el vals Las Brumas del Mar, lo cual hace sin olvidar una sola letra.En 2007 le hicieron todos los exámenes y sus valores estaban “perfectos de acuerdo a la edad”, según los médicos. Pero 2008 fue un año de susto. Se fracturó la cadera y ningún médico se arriesgaba a intervenirlo.

Quien tomó la temeraria decisión fue su sobrino, Jesús Ortiz Borges, traumatólogo. La operación fue más que un éxito. Fue una hazaña que toda la familia recuerda con impagable agradecimiento.

Su visión es normal, su mirada es todavía vivaz y su rostro exhibe una gran placidez. Nació el 7 de febrero de 1907 en Valle Guanape, Anzoátegui. Llegó adolescente a El Manicomio, compró un rancho de Aguacatito a Quebrada número 22 y empezó a echarle plomo a la vida. No es retórica. Trabajó 35 años como plomero en el Ministerio de Sanidad, pero también hizo historia reparando tuberías en las casas de las pocas familias que poblaban el barrio, entonces cubierto de monte y envuelto en la neblina de El Ávila.

GALÁN Y TROVADOR

Aunque era cantante aficionado y bailador, siempre de flux o “liqui-liqui”, sombrero de hongo y bastón -más para presumir que para apoyarse- siempre estuvo al lado de su esposa, Ana Mijares de Ortiz, (fallecida en 1998, cuando ya rebasaba los 90 años), sus cinco hijos, Alicia, Jesús, Jaime, Héctor, Joel (médico), sus 19 nietos y 17 biznietos.

Aunque se desconoce la fecha precisa de su fundación, el sólo nombre del barrio El Manicomio indica que nació con la construcción del Hospital Psiquiátrico de Caracas, en 1892, como última fase de una iniciativa del presidente Guzmán Blanco, empeñado en crear un Departamento Especial para “locos”, (término utilizado por el “Ilustre Americano”, según relata el investigador y dos veces presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría y Neurología, Manuel Matute). El centro, construido sobre los actuales terrenos del Hospital General “Jesús Yerena”de Lídice, fue todo un acontecimiento social por lo novedoso, pero sobre todo como experimento científico en un país donde prácticamente no existían profesionales de esa disciplina. Por eso no extraña que entre sus directores figurara el doctor José Francisco Torrealba, el famoso “sabio Torrealba”, quien no era psiquiatra, pero realizó valiosos aportes a la salud mental de los venezolanos.

EL GRAN BARRIO SE ENCOGE

La conformación poblacional y territorial de El Manicomio y otros barrios aledaños, debió tener su origen en la última década del siglo pasado, cuando el Concejo Municipal “donó las tierras que van por el norte, la fila del Ávila, por el sur la Carretera Vieja, o sea, la Avenida Sucre y por el este y el oeste las dos quebradas: la de “Agua Salud” y la de “Gato Negro”, según Matute, con el fin de que fuesen arrendadas por el hospital para mantenerse. En 1936, tentado por la iniciativa autogestionaria, su director, Pedro González Rincones, creó una panadería que alimentaba a toda Catia y a varios hospitales. Intencionalmente o no, las autoridades del hospital permitían el contacto entre los pobladores y los llamados “locos pacíficos”. Hasta los últimos años del gobierno de Pérez Jiménez y ya bien entrada la llamada era puntofijista, los pacientes menos agresivos, identificados con uniformes grises y alpargatas blancas, visitaban frecuentemente los hogares en busca de comida o periódicos y revistas para entretenerse. Ese privilegio no lo tenían las pacientes femeninas, aisladas en un anexo, pegado al cerro El Ávila, que los muchachos escalaban para observar su inocente desnudez.

EL HOSPITAL COMO ESPECTÁCULO

La picardía popular dividió en dos la población de El Manicomio: los que vivían “del lado adentro” y los que vivían “del lado afuera” de la edificación, en parte amurallada por ladrillos rojos y en parte rodeada por una cerca de alambres y tupidas plantaciones de bambú, que fácilmente burlaban los chiquillos, y no pocos adultos, para disfrutar las ocurrencias de los pacientes.

Contrariamente a lo que uno imagina en una comunidad en la que se mezclaban cotidianamente los “locos” y los cuerdos, no se recuerdan acciones de violencia entre unos y otros. Según Juan Ortiz, El Manicomio fue siempre una colectividad pacífica, a pesar de que algunas de sus calles y esquinas conservan nombres tan belicosos como “Tanque”, “Cañón” y “Pistola”. El Manicomio y muchos otros sectores se fueron concentrando y desconcentrando hacia Catia y La Pastora. Hoy el barrio tiene otro nombre: el de Simón Rodríguez, cuyo natalicio se celebra este 28 de octubre, una fecha que no es difícil encontrar en los libros de historia. Pero el año fundacional y la historia de El Manicomio todavía siguen en el misterio. Habrá que rastrear en la memoria de esta leyenda viviente llamada Juan Ortiz, cuando lo permita su próxima oleada de recuerdos.

*Biografía miníma


Nació el 7 de febrero de 1907

en Valle Guanape, Anzoátegui.

Llegó adolescente a El Manicomio, compró un rancho de Aguacatito a Quebrada número 22 y empezó a echarle plomo

a la vida. No es retórica. Trabajó 35 años como plomero en el Ministerio de Sanidad, pero también hizo historia reparando tuberías en las casas de las pocas familias que poblaban el barrio, entonces cubierto de monte y envuelto en la neblina de El Ávila.

Raúl Pineda/Especial Ciudad CCS

Foto Jesús Castillo/Ciudad CCS


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